Los últimos 30 años han sido para la poesía en Nuevo León una siembra de abundante cosecha.

A finales de los años 70 y durante la década de los 80, cuando los talleres Caligrama, Tinta Joven, Artefacto y otros espacios en los que textos y poetas pasaban  por el juicio crítico de sus colegas, la poesía era apenas un germen. Ciertamente había una herencia, el legado de quienes integraron décadas antes, las revistas Kátharsis, Apolodionis y Salamandra, pero quienes deseábamos arrojarnos a las aguas de la poesía, apenas sí sabíamos nadar y había qué hacer muchos malabarismos para mantenerse a flote.

Con el paso de los años, los espacios universitarios crecieron, los poetas se multiplicaron y nacieron nuevos foros alentados por los escritores mismos o por promotores que surgían al fragor de la batalla.

Hoy somos parte de una estructura cultural más sólida. La Universidad pública ha extendido el campo de su actividad artística, tanto en su labor editorial como en lo que respecta al trabajo de promoción, extensión y difusión.

Si bien en otros momentos la voz de los poetas de Nuevo León se ha dejado oír a través de ciclos de lecturas, menciono al menos tres momentos importantes: la realización de una serie de lecturas de poesía en la Casa de la Cultura de Nuevo León bajo el título de Poesía por Entregas, la Jornada de Poetas de Nuevo León realizada a finales de los 80 y que tuvo como escenario el espacio al aire libre del Teatro de la Ciudad con la intervención, durante tres meses, de unos 60 exponentes; y los maratones literarios organizados por Conarte hasta hace algunos años.

El programa Verso Norte, impulsado por Posdata Editores y la Secretaría de Extensión y Cultura de la UANL, ha permitido poner al día, bajo un esquema plural y participativo, remunerado además -y esto hay que remarcarlo porque por lo regular la poesía se hace y se difunde por amor al arte-, los distintos momentos de la poesía en Nuevo León.

Poetas con juventud acumulada, poetas de mediana edad y poetas jóvenes, han hecho de Verso norte precisamente una bitácora de voces. Sería injusto no mencionar que ese esfuerzo ha tenido eco debido a la tenacidad de poetas, editores y promotores como José Jaime Ruiz y Zaira Eliette Espinoza, quienes, bajo el respaldado de la universidad, despojan la palabra su calidad de isla y la ponen a dialogar en tiempos en los que impera el monólogo y el discurso viaja casi siempre en línea vertical.

Esta bitácora de voces es más que una memoria; es también un registro de tonos, de estados de ánimo, de malestares, de sentidos de orientación. Es un pulsómetro donde late el verso, la poesía, el ritmo, la emotividad, la fragmentación del discurso, ya no sólo con protagonistas del norte sino que se extiende a otras regiones del país.

Lejos ya de las rosas, el amor, la noche y los lirios que encontraba Gombrowicz en la poesía de cierta época, este diario de lecturas nos ubica en otro momento de la historia de la poesía: por una parte prevalece el sentido formal de hacer poesía, tradicional, por así decirlo; por la otra encontramos aquí voces cuyo leit motiv es la experimentación, la búsqueda, dotando al poema de un sentido lúdico, sea porque hace del lenguaje y del sonido una herramienta útil a los sentidos, o porque irrumpe en el lector desde una realidad nueva.

Este libro es el producto de una serie de recitales. Tomando en cuenta que por lo regular el poeta –salvo excepciones- es un pésimo lector de sus textos, este libro se mueve en sentido contrario a lo señalado por Gombrowicz respecto a las lecturas públicas: “No se les ocurre pensar que en un recital poético es casi imposible asimilar un verso (porque no basta escuchar un verso moderno una sola vez para entenderlo), que miles de libros se compran para no ser leídos nunca, que los que escriben en los periódicos sobre poesía son poetas y que los pueblos admiran a sus poetas porque necesitan mitos”.

Encuentro en este libro al menos las tres formas de entender la poesía que Roland Barthes asumía en El grado cero de la escritura . Por una parte,  voces poéticas que extraen de la escritura artesanal lo mejor de la tradición literaria, basada en estructuras ya creadas y apuntando hacia el buen manejo de los recursos retóricos.  Por otra parte, textos en los que la experimentación y la dislocación de la escritura parecen huir de las formas establecidas y apuntan hacia la “frescura de un estado nuevo del lenguaje”. Y por último, poemas cuya herramienta principal es el lenguaje cotidiano, que busca transgredir la realidad social, bien desde la perspectiva amorosa, bien desde el coloquio con lo social.

Tenemos hoy un libro que si bien su título alude a una región determinada, “verso norte”, sabemos que su contenido y sus autores –algunos lo han hecho ya- buscan en la poesía su propia casa  de tierra, de aire, de fuego, de agua, de sueños, de mañana y de libertad, aunque al fin y al cabo la verdadera casa del poeta, firme sus poemas en tierra propia o en ajena, es el mundo.

 

// Margarito Cuéllar

 

Julio 17 de 2012. Texto para presentación del libro ‘Verso Norte. Bitácora de Voces 2011′, realizada el pasado 18 julio en el Colegio Civil, Centro Cultural Universitario UANL.