La Academia Mexicana de la Lengua rindió homenaje a Nemesio García Naranjo, Alberto María Carreño, Alfonso Teja Zabre, José Rojas Garcidueñas y José Bernardo Couto.

Destacadas personalidades que formaron parte de la Academia Mexicana de la Lengua y dejaron legado a la cultura de este país, fueron reconocidos en una sesión realizada en el Centro de Cultura Casa Lamm, en la cual el académico mexicano Miguel Capistrán dedicó unas palabras a Nemesio García Naranjo, de quien resaltó su actividad periodística y su labor política desarrollada como diputado en tres ocasiones.

La combatividad de García Naranjo, señaló, se manifestó en su producción para la prensa hasta los últimos años de su vida, además de su obra publicada en al menos algunos volúmenes de su nutrida hemerografía. Capistrán manifestó que la labor del homenajeado se desarrolló aquí como en sus exilios, donde fundó publicaciones de amplia difusión en las ciudades con más población mexicana, como en Estados Unidos.

En su oportunidad, Vicente Quirarte, presidente de la Comisión Editorial de la Academia, recordó que Alberto María Carreño fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, diplomático, investigador y escritor infatigable. La vida de Carreño inició en 1875 en Tacubaya; fue longevo y llegó al año 87 de su fecunda edad, unos años más tarde doña Consuelo Carreño mandó grabar en el sepulcro de su esposo la estrofa inicial del soneto de Fray Miguel de Guevara, comentó Quirarte.

Quirarte, también escritor, narró que en el soneto se lee: No me mueve mi Dios para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte, y dijo que “la razón de esta cita obedece a una de las pasiones de Carreño su ser investigador que lo llevó a publicar un libro en que hace minuciosa análisis filológico del poema y demuestra los motivos por los cuales a su parecer se debe a la pluma de Fray Miguel” .

Por esa pasión de escribir libros, dijo Vicente Quirarte, unió Carreño otra, la de hacerlos. En 1921 adquirió los talleres de la imprenta Victoria donde formó e imprimió varias obras de él, así como una rara edición de 36 ejemplares de los estatutos de la Academia Mexicana y abundó “hoy que recordamos el medio siglo de su partida, tenemos oportunidad de decir lo que merece quien da nombre a la biblioteca de nuestra corporación. Lo invocamos al menos cada dos semanas cuando se reúne el pleno de La Academia de la cual fue parte”, subrayó.

Por su parte, Felipe Garrido, director adjunto y presidente de la Comisión de Enlace, comentó que Alfonso Teja Zabre fue elegido miembro de La Academia Mexicana de la Lengua para ocupar la Silla V, que antes había sido José Vasconcelos, el 9 de junio de 1961. No obstante, recordó, ocho meses después a sus 73 años falleció, y no llegó a leer su discurso de ingreso “Vasconcelos y el idioma español en América”, el cual ya tenía listo.

“Hoy convocamos su sombra amiga para rendirle homenaje”, mencionó Garrido, quien a su vez recordó que Don Alfonso nació en San Luis de la Paz, Guanajuato, en diciembre de 1888 y agregó que cuando tenía 10 años ingresó al Instituto Científico y Literario, del estado de Hidalgo, y a los 14 con una beca inició sus estudios en la Escuela Nacional de Jurisprudencia en México, donde obtuvo el título de abogado en 1909.

Posteriormente, recordó, Zabre vivió su adolescencia en Pachuca, Hidalgo, la ciudad en la que transcurre “Alas abiertas”, el tercero de sus libros, la primera de sus dos novelas. Su producción total fue de 26 obras. Destacó que Zabre fue profesor de Historia de México en media docena de instituciones, profesor de Derecho Penal en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y en la Universidad de Honduras, además de ser diputado, embajador en Honduras e investigador en el Instituto de Historia de la UNAM.

De acuerdo con el presidente de la Comisión de Comunicación e Informática, Adolfo Castañón José Rojas Garcidueñas fue un maestro singular, que llegaba a su clase y se ponía a hablar en voz alta sobre el tema o motivo que ocupara en ese momento su mentey dijo que Rojas Garcidueñas se formó cerca de aquellos que fueron discípulos inmediatos de la generación del Ateneo, un grupo sobre el cual él escribiría un útil ensayo “El ateneo de la juventud y la revolución mexicana”.

En 1962 Rojas Garcidueñas ingresó a La Academia en la Silla IV que dejara el internacionalista Genaro Fernández, concluyó Castañón.

 

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