Luis Alberto Arellano participó en el XII Encuentro Nacional de Escritores de Tierra Adentro, en Taxco de Alarcón, Guerrero, donde presentó “Plexo”, sobre el discurso de la poesía mexicana.

Luis Alberto Arellano (Querétaro, Querétaro, 1976) publicó “Plexo” en el Fondo Editorial Tierra Adentro, 2011: la poesía como una ronda que pone a prueba todas las posibilidades de la fonología: acento que edifica un ritmo quebrado; pronunciación oscilatoria: habla que desmorona tradicionales hablas.

En representación de San Luis Potosí, Arrellano participó en el XII Encuentro Nacional de Escritores de Tierra Adentro realizada en Taxco de Alarcón, Guerrero, del 30 de mayo al 1 de junio. Sobre su libro, dijo: “Me interesa una poesía que dialogue con la tradición y que en ese encuentro nazcan nuevos modos de enunciación lírica”.

“Plexo”, poemario dividido en dos acápites (“Mundo lento” y “Plexo”) que manifiestan ese coloquio de retos en pos de una escritura armoniosa que desdiga la consonancia de una música blanda, tierna, afelpada: “Horizontal y pronombre, contracción, tres letras. / El hueco por el que / fugamos todos los pasos / uno a uno / rumbo al llano principio de los metales. / Querer a ciegas como los párpados en llamas / lámpara de sonido y no de luz negra / en este infierno de las manos sobre la mano / cuadriculado, genuflexo”, advierte el también autor de “Erradumbre” (2003).

Ramificación, red, divergencia, trama, disonancia: retículo que absorbe los residuos del polvo en el soplo de la ceniza, inauguración de la ronda en mudanza empalmada, en conmutación, en mirada desafiante: trituración que eclipsa el espejo de tapiz desteñido. La poesía debe apresar desde el cómo todas las posibilidades del qué: cruces y cifra, sustantivos y abismo, redenciones y silencio.

“Caminamos oscuro por el bosque. / Atrás quedó el campamento donde / todos bailan y ríen junto al fuego. / En un claro encontramos un grupo grande de luciérnagas. / Sus cuerpos encienden y apagan un ritmo / pausado que parece un mensaje a los cielos”. Arellano precisa que en las encrucijadas del lenguaje, en los acasos de la sintaxis y en las inmanencias del silencio descansa “El punto de arribo: otra lengua. / Escribir como si fuera otra lengua /dejar los pasmos castellanos / y hundirse en él / lengua el lindero del propio / hundirse, respirar hondo, hundirse”.

“Plexo” o quebradizas insinuaciones que descosen las membranas de la balada huesosa en certidumbres de lenitivo salmo. “Plexo” o circunstancias que aúnan los presagios del aguardo, la consonancia del “muro deshabitado y la certeza”. No olvidar que toda supresión se acumula en la mirada. No olvidar que la muerte es un pasmo que anula el nombre, no el silencio. No olvidar que el humo acrisola todas las conjeturas.

El poeta siempre “dirá” en los preámbulos, siempre levantará sospecha: Luis Alberto Arellano es un receloso de los indicios, un explorador de los alejamientos: “El cielo y sus tropos irresponsables, eso va junto, qué remedio tan grande es” el delirio del tiempo que nos acosa, tanto deseo en la brasa, tanto retumbo multiplicado para regocijo del niño que enciende la lámpara y espera el aguacero. Estamos en presencia de un poeta consciente de que el “mundo y la cosa” difieren en los designios del lenguaje. La tarde es un nombre en la bisagra del día; la noche, culminación que engaña: “oscuro recinto de la luz que se escapa”.

“Plexos” o un ejercicio escritural que va de la hondura al enrarecido espacio de un neobarroquismo que jadea en la precipitación del atisbo, en la conjetura de que “la muerte es la última soledad sonora”. Poemario de alfabetos desafiantes: “Plexos” abre posibilidades para nuevos concilios en la poesía mexicana.

 

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