“Una sala de cine puede ser un laboratorio de actitudes; por lo menos una muestra de este México preelectoral. La escala es íntima pero reveladora.
Así me pareció en días pasados cuando fui a ver ‘Pina’, el documental de Win Wenders sobre la bailarina alemana Pina Bausch”, inicia un artículo de Mónica Lavín sobre el documental actualmente exhibido dentro del Festival Ambulante, que hace gira por la república actualmente. Sigue el artículo.
La sala se llenó poco a poco de un público de edades diversas, no necesariamente especialistas en danza, tal vez disfrutadores de clásicos de Wenders como el inolvidable “Paris, Texas”, escrito en complicidad con Sam Shepard.
Algunos quizás reincidían después de haber visto la función meses atrás en el Zócalo o como parte del festival Ambulante, pero para la mayoría seguramente la experiencia era nueva.
Y los que entrábamos a la función tardía y nos cruzábamos con algún conocido que salía de ver el documental, recibíamos comentarios emocionados, donde se subrayaba el “bailan todo el tiempo”.
Así armados -o desarmados- , asistimos al preámbulo con avances de películas por estrenarse, instrucciones para comportarse en el cine, menú de comestibles (nada económicos), advertencias contra la piratería (que debieran extenderse así, en su proyección masiva, a música y libros), y propaganda electoral.
Nada más y nada menos que del veleidoso Partido Verde, con su propaganda desafortunada en forma y casi siempre en fondo, con el spot telenovelero sobre el secuestro y la cadena perpetua (no que no haya que tomar medidas contra el delito gravísimo) acentuado por las palabras de un actor que habla del Partido Verde.
Para mi sorpresa, este público que venía a ver el documental de un director de culto, soltó abucheos e improperios que fueron subiendo de volumen.
Aquella conducta catártica aumentó cuando un segundo spot idéntico (qué abuso) pero con una actriz que se unía al actor reforzaba el mensaje.
Sus palabras fueron ahogadas por un auditorio irritado. Me pregunté si habría algún adepto al partido entre los que allí estábamos, y si aquello podría servirle para una revisión a fondo de la campaña y de sus principios.
Entre los más aguerridos abucheadores estaba una joven universitaria que se ponía de pie.
Sin duda, nada del romanticismo ecológico que le dio nombre alguna vez al Partido Verde hacía eco entre las generaciones cuyo poco deseo de participar en las elecciones ya ha sido medido.
Alarmante en un país de jóvenes a los que les debemos una noción de futuro. Y un horizonte digno.
Lo que sucedió después es que el documental nos tomó para si, jóvenes y maduritos.
No sólo por la cercanía y relación con el espacio que produce ver la danza en tercera dimensión, sino por las coreografías sin duda originales, urbanas, sensoriales y emotivas que son la escuela de Pina Bausch.
Los movimientos de bailarines de rasgos físicos muy distintos, que como comprobaríamos se expresan en portugués, francés, español, japonés, alemán, entre otros, nos llevan por una danza contemporánea de gestos y actitudes.
Por una desolación donde la uniformidad resulta contrapunto de la excepción; donde el escenario será un café o una explanada de arena o la ciudad viva, donde el monorriel desafiando la gravedad se sumará a los movimientos suaves de una pareja sobre un camellón que respira entre vías y coches.
Después de la muerte de Pina Bausch a los 62 años, cuando se filmaba el documental, Tanztheater Wuppertal decidió continuar y homenajearla junto con su amigo Win Wenders para llevarnos de la mano de la danza y su elocuencia, la música y sus ritmos, las breves frases de los bailarines por una secuencia de emociones donde cuerpo y tiempo, vestidos que flotan, trajes que cubren, rostros de edades diversas, escaleras, cortinas, ventanales en medio del parque, hablan de la ciudad de Pina, o de cualquier ciudad, de los movimientos de los diestros bailarines que improvisan a petición de la coreógrafa y sacan lo mejor o lo especial de sí mismos, de nuestros movimientos.
Las coreografías rebasan la danza y son la danza misma. Son solos y parte de. Como el espectador que al final se siente uno con aquel espectáculo homenaje, con la obra de Pina Bausch, la de Wenders y la de cada uno de los bailarines que está librando su ausencia a base de evocarla e inventar.
Al final aplaudimos. Nadie lo pide, ni hay quien lo atestigüe, solo nosotros. Los mismos que abucheábamos al principio y que hemos sido tocados por la belleza. Por eso espontáneamente participamos. El documental ha movido nuestro ánimo. Somos otros.
Salimos como un bloque de emoción mercurial que se disgrega. Y nos llevamos a cuestas los dos momentos. El desechable y este que perdura por su belleza.
Tráiler oficial de ‘Pina’, documental por Win Wenders. Fuente YouTube.
// El Porvenir


