¿Qué nos impulsa a escribir y pretender publicar lo que escribimos? Plantea un artículo de Olga de León titulado ‘La muralla del espíritu’, cuya disertación sigue.
Algunos hablan de una fuerza sin territorio pero de gran poder, que solo sabe andar hacia delante, empujar y ‘sacar la garra’, hasta que por fin logra ocupar un lugar en el espacio y en el tiempo, gracias a que consigue asirse –a pesar del movimiento ondulatorio y trepidante de la vida- en el sentimiento y las emociones que hermanan a los seres de cualquier nación, a los que tienen en común el sufrimiento y el anhelo de vivir en un mundo mejor.
Son ellos quienes recrean la vida del texto y el aprecio o abandono del autor: los lectores. ¿Qué sería de los escritores si ellos no tuviesen tiempo para escribir ni nosotros para leerlos? ¿Acaso podrían seguir existiendo? Seguramente, sí; aunque su obra sería distinta, no podría tener la forma que hoy conocemos a través del verbo: oral o escrita.
Imagino un futuro de la producción literaria -particularmente-, en el que no se usaría tipografía alguna, sino un flujo de masa virtual e ideal fluyendo de un cerebro a otro en trazos de comunicación corriendo mediante descargas eléctricas y sensoriales, que nuestras miradas y calor de la piel pudieran hacer llegar a la mente, sin lenguaje verbal, lo que en ese mundo futuro de mi loca imaginación sería trivial y común.
Naturalmente, estoy puesta en otra dimensión, en un mundo al que quizá no tengamos acceso nunca, no por inoperante o improbable de que exista sino porque, a pesar de que el hombre parece caminar aceleradamente en sus avances científicos y tecnológicos, igual o con mayor determinación lo hace hacia su propia destrucción.
Y si la carrera la ganan las guerras, los vicios y adicciones, la ambición y el poder hegemónico en manos de unos cuantos, ese mundo de la imaginación a lo más que podrá llegar será a recordar los cuentos como lo más parecido al amor, la felicidad y la añoranza de una realidad que se perdió.
Y especialmente así lo recordará el imperio, cualquiera que sea la denominación cultural y color de piel de sus habitantes.
Cuando tras las peores catástrofes estemos tratando de reconstruir el pasado, porque el presente inmediato recién desaparecido sería inconcebible reproducirlo, habremos de recurrir para ello a las formas elementales del conocimiento: leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir; tanto como a la producción manual y el aprovechamiento de lo que ahora estamos desechando por considerarlo caduco, impráctico y demasiado costoso, no sólo porque es fabricado con productos naturales, sino por el tiempo y la conjunción de capital humano que en la obra producida se invierte, cuando los bienes son solo los que se consumen entre los mismos vecinos de la comarca, de suerte que, además, a la economía la gobernaría el trueque y no la moneda ni el mercado.
Pero esta entrada ha crecido demasiado para pasar por antecedente de lo que hoy me ocuparé: producir un texto literario.
Simple y llanamente rasgar el papel con el carboncillo de un lápiz bien afilado, con el punto fino de un bolígrafo u oprimir las teclas del ordenador y dejar que el cuento fluya.
Entre debates y soluciones. Entretenida en divagar, costumbre mal vista en estos y todos los tiempos del mundo civilizado y moderno, estaba la oruga entre el follaje oculta, reposando sobre una hoja verde y ligeramente húmeda por el rocío de la mañana.
-¿Iré o no iré a la Asamblea?
-Si voy, me cansaré, pues el lugar de la reunión está muy lejos.
-También puede que pierda mi estilo y deje regada por el suelo mi corporeidad, amén de que, siendo tan pequeña e indefensa frente a los hermanos del bosque y la selva, quizá muera aplastada por cualquiera que no me ve ni me distingue.
-¿Qué haré?
Sin darse cuenta, esta última frase se le escapó del pensamiento y llegó hasta los oídos de un lince muy joven, que atinaba a pasar junto a las ramas donde reposaba la oruguita.
-¿Cuál es tu problema, gusanito?, le dijo el lince, ignorante de que aquella oruga no era un simple gusano o, por lo menos, no lo sería para siempre.
-Qué mirada tan profunda y oído tan agudo tienes, lindo gatito, ¿cómo te llamas?
-Lince, soy un lince ibérico y no un lindo gatito como me has llamado. Pero, no has contestado a mi pregunta, en qué dilema estás, pequeño gusano.
-Pues ya que estamos en presentaciones y aclaraciones, déjame que te diga que no soy un gusano cualquiera, mi cuerpo dentro de poco sufrirá una metamorfosis, me volveré: ¡una linda mariposa!
-Bien, bien, en adelante no te llamaré más gusano a secas; te diré mejor: oruguita o gusanito, recordaré así que un día serás mariposa.
¿Te parece mejor?
-Mucho, lindo lince. ¡Tú sí sabes tratar a una dama!
-Bueno, pero mujer, acaba de decirme cuál es tu duda sobre qué hacer y respecto de qué.
A lo mejor yo puedo ayudarte.
-Sabrás -como todos los hermanos que ya están enterados- que hoy es día del Debate, y han elegido un punto que queda bastante lejos de mi casa y de la casa de mi casa… es decir, no tengo modo de llegar hasta allá sin que corra peligro de ser atropellada o morir en el camino, ¡y antes de que me vuelva bella y hermosa, antes de que me transforme en mariposa!
-Imaginas peor destino que vivir cargando tu casa y cuando estés a punto de ver la luz del día y tus alas se abran para remontar el vuelo… entonces, sin más ni más, la garra o pata de algún hermano animal, te aplaste.
¡Oh!, no. Definitivamente, no voy a la Asamblea.
-Pero, ¿solo por eso te agobias y sufres tanto? ¡Vamos!, hermanita, subid a mi lomo, que en menos de diez zancadas estaremos en la Asamblea que para ti está tan lejos y para mí a la vuelta de aquel pastizal.
Contenta con la respuesta y sin pensarlo más, la oruguita se impulsó desde la hoja en que reposaba y, de un resbalón, fue a dar ensartada en el pelo suave del lince casi bebé.
Como ya se sabe, desde el principio de los tiempos, en las Asambleas se escuchan las propuestas de las diversas especies que habitan las selvas, los bosques y estepas de cada región en donde se efectúan las juntas, que para eso son.
Pero, naturalmente, también se espera que alguna resolución se tenga de las propuestas planteadas en las reuniones anteriores.
El lince, quien iba en camino cuando oye el lamento de la oruga, va en el nombre de su padre y su madre quienes habían dejado su propuesta en la reunión anterior.
Y, desde luego, iba con la ilusión de que alguna solución se haya tomado y se ponga pronto en práctica: que muchos más de los esperados han muerto y en el mundo su especie es cada vez más rara, pues la depredación que sufren es intolerable.
-No más de 200 hermanos, tengo en el mundo; le iba contando a la oruga-gusano, que parecía solo escucharlo, pues nada respondía.
Desde que se subió al lomo del lince, la oruguita no volvió a decir: ¡esta boca es mía!
-Preocupado por su pasajera, el pequeño lince detuvo el trote, y girando cuanto pudo la testa, miró encima de su lomo y preguntó: ¿todavía estás allí, pequeña amiga?
-Silencio absoluto. Nadie le contestó al lince.
Impaciente por no ver ni oír a la oruguita, sacude su pelo en espera de que su amiguita caiga a la tierra y él confirme que no murió clavada en alguna de sus púas, que eso parecían no por la edad sino por el género macho, algunas partes de su pelambre.
-En tal tarea se hallaba el lince, cuando siente el vientecillo de un aleteo junto a una de sus orejas:
-¡Oh!, bella mariposa, ¿eres la oruga que traje en mi lomo hasta acá, al Debate?
-¿Oruga?, ¿yo? Qué te pasa, gato del camino, ¡quítate que estorbas mi vuelo!
Bajó la cabeza el lince y continuó a paso lento.
-Si la mariposa que traje hasta acá cuando era solo un gusano -pensaba el pobre lince-, se porta de tal forma, ¿qué puedo esperar de los que ejecutarán las decisiones de los de mi clase en extinción?
¡Reconozcamos el trabajo honesto, tanto como al lobo con piel de oveja y repudiemos por despreciable, el carácter fatuo de cualquiera! Las expectativas son pocas, porque adivinamos resultados, no por artes de magia sino con conocimiento y causa.
Concluye el artículo de Olga de León.
// El Porvenir


