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Por Víctor Barrera Enderle

En un momento de reflexión sobre la escritura, el narrador de Rojo y negro, ese maravilloso artefacto literario de Sthendal, dice: “Las cartas sólo cambian cada veinte años, según el tipo de ocupación que esté de moda. Seguramente eran menos descoloridas en época del imperio.” El modo realista y pragmático que comenzaba a imperar en la década de 1830, en la Francia postnapoleónica, hacía añorar a Mathilde las misivas plagadas de romanticismo y actos heroicos del pasado reciente. Como todos los géneros testimoniales, la literatura epistolar está vinculada de manera directa con la circunstancia de su propia escritura. Hoy, las cartas parecen cosa del pasado; sin embargo, el lenguaje comunicativo recobra fuerza, aunque de manera atomizada, en las redes sociales y las nuevas vías de mensajería digital. El mecanismo es más o menos parecido: establecer un canal de comunicación privado entre dos interlocutores.

En la historia de la literatura latinoamericana moderna existe todavía un corpus inmenso de textos por explorar, en ese peculiar conjunto las cartas ocupan un lugar destacado: son una inmensa red de comunicación privada, donde se exhiben ideas, pasiones, denuestos, intuiciones y teorías que difícilmente se expondrían de manera pública.  Doy un ejemplo que viene al caso. La producción literaria de Alfonso Reyes abarca 26 tomos en sus Obras completas; se estima que su producción privada (diarios y cartas) daría para otra veintena de volúmenes. Y poco a poco ese inmenso continente escritural comienza a ser cartografiado. Ya se ha publicado casi la totalidad del Diario; pero aún estamos lejos de conocer todas las cartas que envío y recibió el escritor regiomontano.

Cada año, sin embargo, aparecen algunos avances. Este 2018, la Universidad Autónoma de Nuevo León publicó Lenguaje y deseo. La correspondencia de Alfonso Reyes y Nieves Gonnet. La escritora Coral Aguirre es la encargada, vía el ensayo, de convertirse en la mediadora entre esta correspondencia y nosotros. Su lectura es ágil e iluminadora: nos describe la circunstancia que envuelve la redacción de estas cartas y nos leva de la mano a lo largo de una dilatada relación epistolar. De ahí que no tengamos en nuestras manos sólo un paquete de cartas añejas y amarillas por el paso del tiempo (sujetadas por una liga o un listón descolorido), sino la recreación de un diálogo íntimo e intenso: la bitácora del encuentro amoroso y pasional entre dos personas de distintas nacionalidades y profesiones. 

Por tercera vez, Coral Aguirre se hace cargo de la literatura epistolar alfonsina, primero fue el cruce de cartas entre Reyes y Borges, luego la correspondencia del regiomontano con Victoria Ocampo, y ahora reflexiona, como ya he consignado,  en torno a las misivas con Nieve Gonnet. El común denominador, además, por supuesto, de su vínculo con Reyes,  de estos ensayos es la nacionalidad de los interlocutores. La relación entre Argentina y México se revela, en distintos grados, en cada uno de los trabajos. No es casualidad: con estos ensayos, la propia Coral Aguirre, argentina de nacimiento,  ha tratado de dilucidar su relación personal con México.

La diferencia entre este ensayo,  que ahora doy cuenta, y  los anteriores, es que Nieves no es una figura vinculada a la intelectualidad o literatura argentinas, sino una suerte de socialité de la vida cultural porteña. Mujer inteligente y sensible que había establecido en su propia casa un espacio alternativo para la formación cultural: las tertulias.

El material con el cual trabaja Coral es inédito, había permanecido archivado en los cajones de la Capilla Alfonsina, durante más de 50 años. Estamos hablando de 30 cartas de Alfonso Reyes y 45 de Nieves; en un lapso temporal que va de diciembre de 1926 a noviembre de 1959 (un mes antes de la muerte del escritor regiomontano).

Coral lo explica desde las primeras páginas: “Nieves Gonnet y Alfonso Reyes en estas cartas tejen entrambos la ética de una escritura signada por lo que va del uno al otro sin avatares pero también sin resguardo ni prejuicio. Es ese el flujo que dispone de los límites el que me interesa tratar.” La ensayista rastrea el inicio de esta relación: la manera en que se conocieron. Alfonso Reyes arribó a Buenos Aires en 1927 para establecer la embajada de México. Permanecería en Argentina hasta 1930 (cuando partió a Brasil), luego regresaría por un breve periodo (1936-1937).

Nieves conocía a Reyes por su trayectoria literaria. Antes de tratarlo en persona ya lo había leído (el gran amigo del escritor regiomontano: Pedro Henríquez Ureña era contertulio de Gonnet). Muy pronto, el trato cortés dio paso a vínculos más intensos: “La argentina Nieves propone el giro desde su pasión amorosa sin tapujos ni ambages.” Aquí empieza la historia que cuenta Coral Aguirre.

Reyes, acostumbrado al flirteo, se ve sacudido por la conducta directa de Nieves, y de eso deja constancia la ensayista: “Lo que sí sé es que la interpelación de Nieves Gonnet conmueve el universo racional de Reyes, lo enfrenta al Otro.”  La “colisión” deja rastros en la obra del escritor: pistas secretas que poco a poco van emergiendo a la luz. 

La literatura epistolar precisa la distancia, la ausencia de los interlocutores para concretarse. Poco queda registrado de sus encuentros furtivos. La partida de Reyes al Brasil detona con mayor fuerza la escritura de las cartas.

En una carta, fechada el 23 de febrero de 1930, Nieves le confiesa a Alfonso: “Hablo mal, escribo peor, atropello, y sobre todo cambio de actitud a cada momento, pero para quien me ha dado el inmenso bien de entrar un poco dentro de mí misma sabe, que una sola cosa interesa y rige mi vida entera, la extrema utilidad, atravesando toda manifestación moral vital de mi vida es una y nada más que una. Querer y que me quieran. Todo lo demás, la inteligencia (manifestación que más aprecio) los talentos, las condiciones físicas, los intereses materiales y económicos, todo al servicio, del único y último interés.” En contraparte, Reyes trata de encausar la relación por otras vías,  más formales: “Nieves querida: Quince días  he tardado en poder escribirte. Y aun ahora, no estoy seguro. No esperes, en todo caso, que de esta vez sea capaz de contestar tu última carta. No puedo por ahora sondear con claridad dentro de mí mismo. El cambio ha sido muy brusco, y el arrancamiento, realmente brutal. Estoy todo desconcertado. No tenía conciencia de ser tan porteño. ¿Qué diablos tiene, pues, Buenos Aires? ¿Qué tenéis vosotros? – A otra cosa, a otra cosa, que no quiero entristecerme más.” La carta es de abril de ese mismo año de 1930.

Lenguaje y deseo explora a profundidad esas dos instancias: sus impulsos de atracción y sus contrastes. El deseo como fuerza motora y el lenguaje como el espacio simbólico donde encausar esa fuerza. La vida alejó para siempre a Alfonso Reyes y a Nieves Gonnet. El primero regresó definitivamente a México en 1939 y permaneció en la capital del país hasta su muerte, 20 años más tarde. La argentina se quedó  en Buenos Aires, haciéndose cargo de su familia y llevando una vida privada. Los hijos crecieron, las pasiones se marchitaron. Pero el diálogo continuó y se convirtió en una larga reflexión sobre la amistad y sobre el arte de madurar y envejecer. ¡Gran lección sobre la vida!

 

Lenguaje y deseo, de Coral Aguirre (Monterrey: UANL, 2018, 304 pp.)