Acaba de estrenarse en México el documental Chavela Vargas (2017) de Catherine Gund y Daresha Kyi. Cuando se vive más de nueve décadas, se muere y renace muchas veces, más de las que uno quisiera. Chavela Vargas había renacido por vez primera cuando huyó muy joven a Cuba y luego a México. Salió de un pueblo de persignados y devotos en Costa Rica, que sancionaban sus galanteos de lesbiana, para acabar en el Tenampa de la ciudad de México, templo de perdición y consagración a un tiempo.

México fue su hábitat salvaje y ahí la ponzoña de la tribu artística la arrinconó a los suburbios del canto de cantina (ella también tenía vocación de marginal) y las cantadas de a peso por canción, una variante melódica de limosnear con la frente en alto.

Si fue novia de Frida Kahlo, da lo mismo; si se colgaba de las solapas de Diego Rivera, y se entequilaba con el sueldo que le daba, la anécdota está de más: Chavela no recibió ayuda de nadie, porque no sabía pedirla, aunque vivió de la caridad muchos años, pero el orgullo la maldecía o estaba tan tomada que perdía la noción de la sobrevivencia. No en balde fue la mayor sobreviviente de sí misma. Y de su éxito fugaz en aquellos años: con la amistad borracha de José Alfredo Jiménez, se vacunó de los celos del gremio, comenzando por los de Lola Beltrán. Luego se fue a Acapulco a engatusar gringuitas.

Nunca fue amiga de cantantes, pero tuvo su fama relativa en piqueras de mala muerte y cabarés de medio pelo, antes de que el regente de la ciudad de México, Ernesto P. Uruchurtu los cerrara casi todos. Se enamoraba de pisa y corre, a ratitos, y decía que nadie se muere de amor, ni de falta ni de sobra. Le gustaba echar bala a las arañas en Tepoztlán. Le placía liar y fumar cigarros malos, puros cubanos y marihuana que siempre tuvo y nunca le faltó. Como la humedad, se filtró en cada rincón de lo real mundano, poco a poco y sin darse a notar.

Pisó varios países vibrando como macha mexicana, y entonando canciones rancheras con una melancolía que se le enquistó en las cuerdas vocales para sustituir con sufrimiento guardado la escasa técnica vocal. Fue una intérprete de nula escuela y desarmante feeling. Escribió “Macorina” y su público esporádico la comenzó a identificar con los personajes de sus canciones como “La Llorona”.

Ganó lo suficiente para apapachar sus excesos y cebar una fama de iconoclasta sin medida. Un modelo de bohemia sin remordimiento. Técnica del tequila que quema el alma, sí, pero sabroso; que mata neuronas, sí, pero dulcemente; que vive una degeneración sin retorno, pero contenta. Poco le duró el gusto: la sombra alargada del aguardiente le cercenó los planes y le cortó con puntas de maguey a sus contadas amistades de ambos sexos. Por más de 20 años fue un espectro vagabundo, un penar de dar lástima, una gloria en un pasado que nunca existió. El alcoholismo se lo extirparon unos chamanes, dijo ella después.

Almodóvar le regaló su último renacimiento, con elogio irónico: “Después de Jesucristo, solamente ella sabe abrir de esa manera los brazos”. Tenía razón. Y hablando de resucitados, en la película La flor de mi secreto, la protagonista (una Marisa Paredes en estado de gracia), abandonada por su esposo militar, intenta suicidarse con pastillas en una bañera pero renace al mundo de los vivos con la voz de Chavela entonando –faltaba más– una ranchera.

Péndulo cristiano de metáfora estéril: en ese morir y renacer constante, de caída y ascenso perpetuo, de altas y bajas en el mercado de valores de la existencia, se purga la vida de Chavela Vargas, la Chamana, la Borracha, la Dama del Poncho Rojo, la Machorra, la Rebelde y la Cabrona. Sin embargo, su sola presencia con o sin tequila, alegraba la pesadumbre de vivir.