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Por Alexandra Ruiz

*Los nombres de los implicados fueron cambiados por cuestiones de “privacidad”.

 

Hace aproximadamente un mes me gané una beca para un diplomado de Emprendimiento de Moda, organizado por una institución de prestigio en el medio. Mi emoción al obtener este apoyo fue enorme, sumando el hecho de que todas las personas a mi alrededor me felicitaron por la oportunidad. Como parte del protocolo de la beca, mandé un correo al contacto de coordinación para organizar la recepción del premio, al cual me respondieron con una felicitación y los pasos a seguir para la inscripción, los cuales llevé a cabo efectivamente. Al pasar los días, comencé a arreglar lo que me llevaría a este viaje de cuatro meses, en el cual tuve que dejar a mi familia, amigos y novio atrás para tomar esta oportunidad de un viaje sola a la Ciudad de México. Además, pedí un préstamo para invertir en materiales, herramientas, comprar mi vuelo, asegurar mi estancia y comida.

 

Al acercarse la fecha del diplomado envié un mensaje a “Juan”, quien organizaba las becas, y que antes me aseguró que no habría de qué preocuparme. El último mensaje de nuestras conversaciones nunca fue respondido, y a pesar de la ansiedad que esto me causó, intenté relajarme, después de todo había tenido una respuesta de confirmación. Quienes me conocen saben que he dedicado este último año a impulsar mi marca, a trabajar duro y crear cada pieza con dedicación al punto de que nunca tenía tiempo de mandar mis cosas a convocatorias o becas que pensaba me ayudarían a crecer. Por esta razón, esta oportunidad con un supuesto “renombre” en la industria, me hizo sentir muy emocionada, y pensé que era el momento indicado para invertir en ella. Pero no fue así: “el diplomado no existe” y ”no estoy en la lista de participantes”. La persona con quien mantenía contacto ya no labora para la prestigiosa institución.

 

Las cosas se dieron así: como no supe más de Juan —pensé en que tal vez se encontraba de vacaciones—  acercándose la fecha del diplomado viajé hacia la Ciudad de México para instalarme y revisar los pormenores. Envié un mensaje a su página de Facebook solicitando el horario y dirección de su sede, en donde me comunicaron con quien me brindaría la información necesaria. Llegué el viernes por la mañana, y con harto cansancio del viaje, pensé en dormir para tomar energía y después dirigirme a las instalaciones de la academia y pedir la información que no terminaban de darme. No pude tomar la siesta, dándole vueltas a lo informal del asunto, así que llamé al contacto que me habían proporcionado. Al pedirle información del horario del curso, recibí la sorpresa de que éste se encontraba pausado, además, me dijo que mi nombre no estaba en la lista. Después le comenté que había ganado una beca, y su empleado había confirmado mi inscripción. Me reiteró que no estaba en lista, y que Juan ya no trabajaba con ellos. Comencé a sentir mucho estrés, enojo y tristeza. Ante las evasivas, el plan que había realizado para esos cuatro meses comenzaba a desmoronarse.

 

El nuevo contacto me pidió agregarlo a WhatsApp, ya que por ahí se le “facilitaría” arreglar mi situación. Le envié las fotografías donde comprobaba mi inscripción y el premio de la beca, más las conversaciones que mantuve con “Juan”. Mencionó que me daría seguimiento directo, le dije que estaría al pendiente y reiteré que acababa de llegar a la ciudad únicamente para el diplomado, que había comprado mi boleto cuando me confirmaron estar inscrita y tenía pensado en acudir el miércoles, que era el día de la primera clase del curso. Le comenté que no me habían informado absolutamente nada de la situación del diplomado, y me aseguró que “en un ratito más” me marcaría. Le respondí que estaba a punto de salir a sus oficinas para tratarlo mejor en persona, él respondió que no se encontraba en la ciudad y que sólo él podía atender mi caso. Me pareció extraño cómo pudo contestarme tan rápidamente que no estaba en la lista, si se encontraba fuera de la ciudad… pero esto ya era algo mínimo en comparación de la suma del problema.

 

Lo lamentable es que para esta institución el desgaste emocional y el tiempo invertido no es de importancia, es sólo un curso y yo sólo una “futura” alumna. No se preocuparon por los gastos que se tuvieron que hacer, que tuve que parar mi trabajo: el valor de mi tiempo. No hubo un correo de aviso, ni una buena comunicación. Me sorprende cómo una institución puede tener tan pésima organización que ni una lista de becarios y futuros alumnos pueden conservar. Es algo básico: “no hay beca, no hay diplomado, Juan ya no labora con nosotros”. Sólo tenían que enviar un correo e informar a los inscritos de la situación, además el premio se había hecho público, pero en fin… la llamada no llegó.

 

Decidí escribirle al director, ya que mi paciencia estaba al límite, a lo que respondió: “paso esto al área correspondiente, yo no puedo gestionar una solución inmediata puesto que no tengo el contexto completo desde el lado del área de admisiones”. Me aseguró que: “lo que sí te puedo anticipar es que encontraremos una solución, adicional”. ¿Solución adicional? Me impresionó la falta de interés o preocupación por parte del director. Nunca recibí una disculpa del staff, ni de su parte. He conocido instituciones de quienes sus directores están al tanto del personal, y están más impulsados por arreglar situaciones análogas. La diferencia, en mi opinión, es que son instituciones y no una “empresa” de facto, que está más preocupada por su imagen y ganancias que por lo que puedan ocasionar a una persona. Durante la llamada, el director me enumeró (lo cual me pareció pesado) sus “razones” o más bien excusas: “Juan ya no labora con nosotros desde hace más de un mes”, “El diplomado de emprendimiento fue cancelado ya que la mayoría de las personas cancelaron por vacaciones y se decidió cancelar para no hacer un curso sin la calidad del formato” (sic). Mencionó que se podría gestionar una beca para algún otro curso, pero en este no había posibilidad puesto que no se había inaugurado. Y por último: “este es mi número personal, ¿quién te lo proporcionó?”.

 

Posteriormente, le escribí que entendía la situación y estaría al pendiente. En ese momento me di cuenta del fraude de beca, la falta de interés y la única preocupación: conservar la fachada antes que resolver mi situación específica. Después de mi conversación con su director, por la noche —ya tarde— entraron varias llamadas del nuevo contacto, las cuales decidí no contestar. Las llamadas continuaron el lunes, hasta que respondí. Lo que me ofreció fueron las siguientes opciones: esperar a septiembre y tomar el diplomado que habían cancelado sin previo aviso, o elegir uno de sus otros tantos. Le pregunté que cuál sería su manera de resolver el gasto que hice, los planes pausados y el estrés que me ocasionaron, a lo que respondió que: “eso era todo lo que me ofrecían”, ya que Juan no trabajaba más con ellos y había dejado muchos casos abiertos, entre ellos el mío. Posteriormente, indicó que me enviaría toda la información por escrito, la cual no he recibido aún. Nunca me extendió una disculpa y mucho menos una solución a la inversión que hice para acudir a su curso de cuatro meses. ¿Cómo me iba a enterar de que Juan ya no laboraba con ellos? A la hora de prescindir de Juan no tuvieron la precaución de retomar el trabajo que dejó pendiente.

 

Ahora me encuentro aquí en la ciudad esperando una posible solución, para poder seguir adelante y continuar con mi proyecto. Me quedo con una pésima experiencia y una deuda que cubrir. Pero al final no dejaré que eso me afecte más emocionalmente, y no quiero que afecte a más diseñadores, artistas y creadores, que se lleguen a encontrar en esta posición: es por eso que decidí escribir sobre mi experiencia. Hay que trabajar, inspirarse y no rendirse, hay muchísimas personas que sí nos apoyarán y creerán en nosotros, que no sólo pensarán en su imagen como empresa, a expensas nuestras. Aprovecharé mi estadía en la ciudad ya que hay mucho por ver… y seguiré creando. Ha sido una experiencia terrible, pero he decidido convertirlo en algo magnífico. Estoy emocionada por seguir hacia delante, soy diseñadora y artesana: las tragedias, o más bien las experiencias, hay que convertirlas en recursos, inspiración… ya que la creatividad es gratuita e infinita.