Por Eloy Garza

Se cumple un aniversario más del natalicio de Raúl Rangel Frías (nació el 15 de marzo de 1913), curiosa leyenda de las letras regiomontanas, desde que dejó el cargo de gobernador y no volvió a incursionar en política.

Los hombros de Rangel eran estrechos, y con la edad se le enjutaron más; ojos chispeantes, cabello engominado y estirado a la nuca, los gestos antes aristocráticos que burgueses (su ascenso al gobierno del estado se debió a la clase empresarial).

Vivía en las presentaciones de libros y en los pódiums de sus homenajes, muy señor de su fama y de sus obras que le prodigaron una celebridad bien curtida y mejor cuidada. Los estantes de la biblioteca alfonsina rebosan títulos suyos.

Una vez le dije:

–Usted escribe como habla, y escribe como de otra época.

–Es que yo soy muy siglo XIX.

Catalogado como orador a la vieja usanza, lucía su estudiado anacronismo. Postura y voz más de aristócrata que de burgués ilustrado.

Noble castellano extraviado en los entretelones del régimen revolucionario, marqués de la universidad pública y duque del texto gratuito.

En San Ildefonso confesó a Octavio Paz su vocación literaria, trufada de política. Pero le ganó esta última. Como hombre público no lo hizo mal. Contaba que sólo en la preparatoria de México fue feliz.

De tales resabios poéticos, que luego dejó en segundo plano, le quedó un remordimiento inconfeso. Se sabía escritor dominical, de días de guardar, pero depuró su estilo; a veces lo inflamaba con retórica y escribía frases espumosas que terminaban en cola de pescado, como decía Joseph Pla.

Cuando don Raúl presentó en Monterrey a Adolfo Bioy Casares (amigo de Borges), el verbo florido del ex rector se combinó con la sencillez del argentino, hablando como compadrito y recitando un fragmento de la “Suave Patria” de Ramón López Velarde (“Yo que sólo canté de la exquisita partitura del íntimo decoro…”).

Rangel miraba al cielo raso y se abstraía del público y de los tiempos llanos que corrían. Terminó el poema de López Velarde junto con Bioy Casares y con algunos asistentes que nos sabíamos de memoria los versos del zacatecano.

Rangel elevaba a dimensión del arte las versiones estenográficas de sus entrevistas, las entradas y remates de sus Informes de Gobierno y cuando autobiografiaba.

Invitó a su amigo José Alvarado para que regresara a Monterrey y lo protegió de los infundios de la prensa, sabiendo que los dos eran opuestos.

Los unía la altivez como aristócratas suburbiales, apasionados como hermanos sin padre, el uno gobernador y el otro rector rejego.

Luego se confabularon los ricos de bien y castigaron a ambos: a uno lo exiliaron al Distrito Federal (luego de la consabida meada en las puertas de El Norte), orillado a ganarse la vida como periodista de Siempre!, la revista de José Pagés Llergo. Al otro, a Raúl, le dieron oro, incienso y mirra (aunque nunca juntó dinero) en forma de cargos públicos.

En su amigo Alfonso Reyes, el hermano mayor que quiso tener, proyectaba el alter ego de su carrera literaria medio cancelada a destiempo. Los dos paisanos se entendieron bien. Don Raúl fue su mayor promotor y llenaba de acarreados sus conferencias helénicas del auditorio ferrocarrilero.

El único líder obrero que lo escuchaba atento fue el padre de Jorge Villegas, sindicalista auténtico (no como los de ahora). Sin los obreros que iban a la voz de Reyes como borregos, las tertulias hubiesen acabado en monólogo solitario. Reyes fue gran charlista. Igual que Rangel.

Don Raúl fue una celebridad local y un jilguero demodé. No se merecía que su Universidad o un inculto rector le hiciera dar vueltas a una ventanilla de rectoría por su pensión de maestro.

Iba con su bastón, en medio del campus dominado por la cultura de la incultura y la trivialización de todas las cosas. Resbalaba en las escalinatas y tropezaba con su sombra en los pasillos.

Yo lo saludaba reverencial hasta que murió. Lo sigo recordando con afecto.