Por Eloy Garza

Martin Luther King fue asesinado hace 50 años. No fue un hombre perfecto en su vida privada, pero que creció como mito colosal desde que, a la misma edad que tengo ahora, le metieron un balazo en la garganta en el balcón del Lorraine Motel, en Memphis, Tennessee.

Me emociona imaginar a Luther King escribiendo sin dormir un discurso para leerlo en un mitin, como cierre de una de sus marchas masivas. Horas antes de iniciar el acto se había desencantado; tuvo una flaqueza: pensaba hablar ante cien mil personas y no se juntaban más de veinte mil. “Que sea lo que Dios quiera”, susurró a su esposa.

Cuando llegó al Monumento a Washington donde iniciaba la marcha, Luther King se encontró con el milagro de la reproducción masiva: más de 250 mil personas llegando a pie, en camión urbano, en bicicleta, en carro, muchos en sillas de ruedas. El Lincoln Memorial era un hervidero de gente.

En punto de la una de la tarde comenzaron los discursos y las canciones. Luther King habló al final. Fue disciplinado en leer lo escrito en los primeros minutos, hasta que lo inundó una inspiración mística. Y al subir al cielo su voz de barítono evangelizador, la multitud enmudeció: los testigos del milagro vivieron su ración de eternidad.

Repitió dos o tres veces la célebre frase. Entonces el mundo cayó en la cuenta de cómo la palabra a veces se vuelve mística. Hoy hace 50 años lo mataron de un tiro en la garganta. ¿Fin o comienzo de un ideal? Más bien, continuación por otro curso de la esperanza humana.

I have a dream (“Yo tengo un sueño”) de Luther King fue corolario poético de una serie de éxitos previos en la lucha de los derechos civiles. Éxitos prácticos: King ya había conseguido lo imposible con acciones efectivas.

O sea que discurseaba en poesía pero actuaba en prosa: un soñador pragmático. Meses antes consiguió que los industriales de Birmingham contrataran negros sin criterios discriminatorios. Logró que la autoridad levantara cargos contra manifestantes presos y que se creara un comité para la integración racial, entre otros acuerdos. Cosas sencillas que se volvieron símbolos universales. Se aprende del dolor ajeno.