Por Eloy Garza 

Conocí a Sergio González Rodríguez en condiciones extrañas. Fue la vez que lo trajo a Monterrey Paola Tinoco (siempre animosa, vital y emprendedora) a presentar su libro Los 43 de Iguala, en la FIL de Monterrey.

Un par de noches antes, en un bar mío, cuatro músicos interpretaban la rola “Bajo el signo de Acuario”, de una legendaria banda mexicana de heavy metal: Enigma. Sin saberlo, rendíamos un homenaje a Sergio y a sus hermanos, fundadores a finales de los años sesenta de Enigma.

Días después, José Jaime Ruiz me dijo: “voy a caerte en tu bar con Sergio. Platiquemos los tres”. Me entusiasmé con sólo imaginar este encuentro. Le dije a mis músicos: “Démosle una sorpresa a uno de los antiguos integrantes de Enigma, interpretando un par de éxitos suyos”. No niego que, con esto, quise impresionar a quien fuera una referencia de la mejor crítica independiente de este vapuleado país.

Autor prolífico, González Rodríguez era también un intelectual insobornable. Un ejemplo: en charlas posteriores me contó cómo mi amigo el diputado federal Agustín Basave Benítez, exdirigente del PRD, le había pedido mediar con alguna editorial para que le publicaran cierta novela inédita. Sergio leyó los originales y no quiso volver a contestarle ninguna llamada. La novela era malísima, un bodrio infumable. Y Sergio no estaba para recomendar porquerías.

Sergio, José Jaime y Paola llegan puntuales a la cena del bar. Apenas comienza la noche. Nos sentamos afuera, en una especie de patio mexicano, a buena distancia del escenario. Sergio cojea y a ratos, muestra molestias físicas. Es natural: desde su secuestro —uno más en la ristra de periodistas reprimidos por el crimen organizado y el Estado— le quedaron secuelas irreversibles; una víctima más de la violencia, la censura y la persecución política que vivió para contarlo y teorizarlo. “Al menos no me mataron como a muchos compañeros con menos suerte” decía, evocando el incidente.

Digo que esa noche cenamos en mi bar, en una especie de patio, con magueyes y jardineras verticales y caigo sin querer en una imagen poética. Pero las obras de Sergio son eso: puertas al patio sin techar, por donde aparecen las más diversas disciplinas sociológicas y literarias, para recalar en una zona abierta, comunitaria. Ahí, entre vigas y arcadas se erige no un púlpito (al que son afectos casi todos los periodistas de México), sino un ágora. En los arcos del patio imaginario, resguardados bajo el cobertizo, están los clásicos que influyeron en Sergio: el grupo de Los Contemporáneos, Villaurrutia, Salvador Novo y más cercano a nosotros, Octavio Paz, pero también artistas gráficos e instaladores artísticos.

Que en este patio personal de Sergio converja el reportaje y la literatura, no es un caso frecuente en la prensa de México. Más bien, es la excepción. Ahora sólo me viene a la memoria otro intelectual con sensibilidad afín a la suya: José Jaime Ruiz. Las trayectorias periodísticas de ambos florecen exóticamente porque son a la vez notables literatos: literatura y prensa son vasos comunicantes. Pienso, incluso, que la obra de Sergio y José Jaime son complementarias: dos espejos puestos frente a frente. Sin embargo, mientras José Jaime es un hermeneuta del poder político y sus dobles lenguajes, Sergio fue un lúcido cronista de los conflictos sociales. A uno lo inspira Maquiavelo; al otro, Tocqueville. Pero el Maquiavelo de José Jaime es un exiliado en Comala, y el Tocqueville de Sergio es un refugiado en Luvina, otro pueblo miserable de Rulfo. Ambos levantan la cartografía de la tierra del espanto mexicano.

En el patio de mi bar, se ilumina el escenario. Salen los cuatro músicos del backstage y comienzan a tocar “Bajo el signo de Acuario” de la banda Enigma. Sergio, sentado a mi lado, me dice muy quedito: “dile a esos músicos que le bajen al audio, cantan de la patada”. Lo miro con asombro y le respondo: “Quizá, pero ponle atención a la letra de la canción”. Pasa un minuto y Sergio remata: “Es lo peor de todo; el compositor es malísimo”.

Sigo sin comprenderlo: no bromeaba, no decía una ironía. En realidad desconoció su propia canción. Y no le gustó lo que oyó. Prefirió, en todo caso, mantener su talante crítico, sin callar. Bien pudo ser ese el comienzo de una bella amistad, o más precisamente, de ocasionales contactos telefónicos; una relación intermitente que duró muy poco. Sergio González Rodríguez no volvió nunca al patio de mi bar: murió dos años más tarde.