Imagen: Irma Gallo

Por José Jaime Ruiz

En Monterrey las palabras no se las lleva el viento, se congelan en el aparato del clima. Mini o maxi split, el norte del país es nonatura. Lo difícil es convocar. También evocar. Climatizados en la evocación sin revocación, ayer le rendimos homenaje a Sergio González Rodríguez, un tipo tímidamente excelente, un ser en plenitud como reportero, como literato, como periodista.

Sergio reinventó la crónica, el reportaje, la entrevista en silencio.

Celso José Garza, quien debe de quitarse unos kilos como Federico Arreola le dijo a Guillermo del Toro, ha insistido en lo imposible, digo más, hacer de la Universidad de Nuevo León una casa literaria. A veces lo logra, a veces no. Y, sin embargo, su humilde apuesta ya supera a la Feria del Libro del Tec. Ni orgullo ni celebración, que compitan. En Monterrey priva la competencia, no el esfuerzo (disculpa Luis Donaldo, nunca lo entendiste). Lo aseguro, a veces existe buen uso de los recursos públicos.

Dejo atrás el aplauso. Recuerdo que Sergio González Rodríguez escribió sobre nuestras miserias, sobre el mal. No maestro, guía. Lo dije ayer y no lo tardío sino la tardanza en decirlo se convirtió en pecado sin penitencia.

Paola Tinoco me acercó con Daniel Sada y con Sergio González Rodríguez. Con ambos tuve una relación efímera, pero intensa. Con Daniel me gustaba más que declamar, clamar poemas: su oído poético sólo lo he encontrado en mi desaparecido Samuel Noyola, creo que Diego Enrique Osorno tiene la hipótesis de que vive y reside en Madrid, lo dudo, y ese oído, laberinto en el sonido, yunque en el sentido, lo mantiene un autor esencial en nuestra editorial Posdata: Francisco, nuestro queridísimo Pancho Serrano.

Con Sergio tenía algo más que amistad, camaradería. Esa palabra en desuso, esa palabra que ningún Carbono 14, esa datación, podrá revivir ni antropológica ni arqueológicamente. Camarada no es sólo una palabra en desuso, es una palabra proscrita. Medular rebelde e inflexible, Sergio, un camarada. Paola, representante profesional sin pago, ha sido, tal vez, la mayor y mejor amiga de González Rodríguez. Proclive a la desilusión gramsciana, no recuerdo bien esa frase del optimismo futuro y pesimismo presente, o viceversa, Tinoco mantuvo flexible a Sergio. Su mirada de derrota la convirtió en victoria; sus raíces en alas, su torpeza vital en virtud. Al condenado terrestre de Sergio, Paola le enseñó vuelos.

“Mi periodismo es rock duro y blues”, respondió alguna vez Sergio. No le faltó sinrazón. Huesos en el desierto es admirable. El hombre sin cabeza, nunca literaria obscenidad. No hay legados, existen las enseñanzas. Ni discípulos ni seguidores. Ni enseñanza ni aprendizaje. Los homenajes son la cara hipócrita de los epitafios.

Contraviniendo a Octavio Paz, maltrato de memoria, Sergio pudo decirle al Poder, desnudándolo: “El mal, quisimos el mal, enchuecar al mundo. No nos faltó entereza, nos faltó vanidad. Lo que quisimos, no lo quisimos con culpa”.

Pues eso. Agradezco a Celso, entrañable siempre; a Tinoco, mezcalera de por vida; a Eloy Garza, que nunca “es el hoy” sino siempredad; y a la ausencia de Sergio González Rodríguez. Que te lean Sergio porque, presente mediante, los homenajes son inútiles, frívolos, lápidas. En Monterrey las palabras no se las lleva el viento, tampoco a las lecturas. Leer es vivir. A chingarle.