SONETO

                                 a la familia Leyva Suárez

 

En casa, estábamos hartos de ver morir animales.

Ya no teníamos ganas de adoptar otra mascota.

En ausencia de mi padre, se terminaron los gallos

de pelea, muertos de hambre e insolación en sus jaulas.

 

Pero un día, a nuestro patio, llegó un atajo de gatos,

estaban flacos y horribles. Ni siquiera discutimos

por ponerles algún nombre. Nunca entraron a la casa,

se alimentaban de sobras, cucarachos y alimañas.

 

A pesar de su miseria se la pasaban dormidos

a la sombra de un canelo que años después destrozó

la rabia de un huracán. En una silla oxidada

 

de vez en cuando solía, agobiado por la cruda,

contemplar a esos gañanes, les envidiaba el estilo

de vida sin frustraciones, indolente y apacible.