La escritora canadiense Margaret Atwood desató un debate polémico después de cuestionar al movimiento #MeToo en redes sociales, cuya principal función es hablar de acoso y violación así como conductas machistas que sufren en su vida diaria de mujeres en todo el mundo.

El debate, por el lado de Atwood, viene desde antes, cuando firmó una petición para que la Universidad de Columbia Británica (UBC, por sus siglas en inglés) reconociera haber actuado de manera poco ética por el despido del profesor Steven Galloway. Galloway, quien fue llevado a corte por acusaciones de acoso sexual, fue despedido de la institución pese a que el juicio en su contra lo declaró inocente.

Desde la perspectiva de Atwood, las acciones sobre Galloway de la UBC fueron injustas, un acto de linchamiento. Sin embargo, la polémica tocó nuevos matices después de que la escritora canadiense publicara su texto «¿Am I a Bad Feminist?» (¿Soy una mala feminista?) en The Globe and Mail el pasado 13 de enero.

En este texto, Margaret Atwood explica como, desde su perspectiva, tanto el despido injustificado de Steven Galloway como gran parte del movimiento #MeToo son el reflejo de un sistema legal roto. Para Atwood, el sistema legal se ha vuelto incapaz de tomar medidas en asuntos que son de importancia cívica mayor. Así, al no sentir representación por sus gobernantes ni por su sistema legal, el pueblo toma las armas.

El problema para las detractoras de Atwood no está en esta aclaración, sino en el que ella compare las acciones radicales que se han llevado a cabo basados en la emoción a raíz de este movimiento (según Atwood) con la quema de brujas de Salem. Ella explica que, pese a que sus detractoras la consideren una mala feminista, siente necesario ser una voz de la razón en oposición a una voz de la pasión.

Para Atwood, el problema es el radicalismo. «En tiempos extremos, los extremistas ganan», dice. Una vez que el sistema jurídico sea sobrepasado por este tipo de acciones y comience la purga que traen consigo todas las revoluciones, desde Francia a la de los Sóviets, la ideología triunfante se vuelve una religión y nace así un nuevo sistema opresivo.

Mientras que las palabras de la escritora canadiense parecen atacar a las feministas más radicales, ella explica que se trata de una advertencia. Para ella, el Feminismo como Humanismo (independientemente de todas sus variantes) se encuentra en un momento histórico. Y así como de él puede surgir un nuevo mundo, también existe una clara intención de que colapse. «Hay en Norteamérica grupos poderosos que buscan esta agenda [la anulación de los derechos de la mujer, del Feminismo]», advierte Atwood.

También, advierte, son esos grupos los que alimentan el fuego del radicalismo. Pues ellos saben que una vez que un movimiento se vuelve ideología, religión, todo lo que se le oponga será visto como un enemigo. Así, el Feminismo puede convertirse en un enemigo del estado y, bajo ese pretexto, ser aplastado por la maquinaria de guerra ideológica de los grandes poderes mediáticos. «Feministas como yo», se lamenta Atwood, «no somos apreciadas ni por la Izquierda ni por la Derecha».