Por Rafael Zamudio

 

Una vez se disipa el ardor del placer, un hombre huye. Detrás el horror, dentro de sí la vergüenza: el hombre desaparece. Víctor violó todas las leyes naturales. Jugó a ser Dios y salió perdiendo. Pero vivió para contarlo y, en el proceso, trató de redimirse: justificó su cobardía como un resquemor ético, su falta de ética disfrazó de moral. Y la moral, cuando entra en el discurso, invalida el diálogo.

De Víctor sabemos, doscientos años después, que limpió su nombre. Hasta cierto punto. Nadie puede negar hoy que, sin importar sus acciones, su nombre es sinónimo de «hombre de ciencia». En ese sentido fue tan exitoso como cualquier otro. Puedo asegurarles que si Víctor hubiese hecho otras cosas terribles en lugar de las que hizo, su nombre aún habría pasado a la historia. Ese pobre genio incomprendido.

La suerte quiso que contra quien cometió sus terribles injusticias, todos los horrores posibles, no recordemos hoy como a un ser humano. No recordamos hoy su nombre. No sabemos hoy quién era, qué pensaba, con qué soñaba. Lo único que sabemos es lo que el mito, propiciado por Víctor, ha engrandecido: su monstruosidad. Despojado de su voz, lo único que sabemos del monstruo hoy, en el imaginario popular, es que si cosas terribles le sucedieron fue porque se lo buscó: por ser una inhumana aberración.

Nada sabemos de la víctima. La recordamos no como un ser pensante atormentado por el abandono ni como a un lector de Milton enfrascado en una crisis filosófica ni mucho menos como a una persona digna de ser amada, sino como a un tieso anormal balbuceante que extiende sus rígidos brazos para estrangular a quien se entrometa con su deambular sinsentido. Es verdad que en nuestros mitos obtuvo un lugar permanente pero, como el de las brujas, el monstruo de Frankenstein fue con el tiempo despojado de su esencia humana para convertirse en una sombra, una pesadilla.

Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Wollstonecraft Shelley se ha transformado, a su vez, en muchas cosas. Como el monstruo sin nombre, creación de Víctor Frankenstein, la novela ha tomado tantos matices en la cultura popular como adaptaciones se han hecho de ella. Una de las interpretaciones más comunes es la de una advertencia para la ciencia moderna. Víctor Frankenstein es así un arquetipo del científico que va más allá de lo permitido, más allá de lo que debería ir al jugar a ser Dios. Su creación, el monstruo sin nombre, es al final destruido y las cosas puestas de nuevo dentro de los engranes del orden natural.

Esta me parece una lectura simplista o, incluso, moralina. Al menos para el siglo XXI. Una lectura que de entrada anula cualquier posibilidad de diálogo. La clave está en la frase «jugar a ser Dios». En Occidente hemos aprendido mucho sobre Dios. Aprendimos a crear y abandonar. A dejar de hablar con los hijos cuando crecen. A castigar de manera severa. A rechazar. A tener favoritos entre nuestros hijos. A infundir temor. A no cuestionar. A divinizar leyes y reglamentos. Entre otras cosas. Si el Dios occidental, cuyo nombre no se permite decir, nos enseña a ser terribles: ¿qué pueden esperar nuestros hijos de nosotros?

Víctor Frankenstein jugó a ser Dios y jugó bien. Hizo las cosas como su Padre le mostró que debían hacerse. Como Él, cuando su creación le fue desfavorable la expulsó del Paraíso y se alejó. La abandonó en un mundo que no conocía, que no entendía, que no fue creado para él. Pero el monstruo, como nosotros, terminó dudando. Al cultivarse vio las fallas de su padre. Cuando en un principio juró venganza, después sólo pidió misericordia: alguien a quien amar, alguien que me ame.

Víctor Frankenstein no fue tan magnánimo como para darle a su creación una pareja. Bien cimentado en su rol de Procreador decidió en su lugar, decidió como si el monstruo no tuviera capacidad de tomar decisiones ni tuviera derechos: se arrepintió a medio proceso y destruyó su segunda creación. Así el nuevo hombre no tuvo más opciones: morir y con él su estirpe.

Así, más que una fábula sobre los límites de la ciencia, la novela de Mary Shelley puede leerse como un fallo de la paternidad. Traspuesta bajo el lente de la ética científica, Frankenstein… es un manual de cómo no tratar a nuestras creaciones. Lo que hizo monstruo al monstruo no fue su naturaleza, mucho menos la supuesta falta de ella: fue el abandono. Si Víctor hubiese amado a su creación, la hubiera guiado, quién sabe qué tendríamos hoy.

Pienso en esto mientras programo a un motor para que gire una manivela 75 grados en una dirección y se detenga. Lo pienso mientras observo un cultivo de bacteriófagos de P. aeruginosa creados en un laboratorio de Bélgica. Mientras que la fantasía de la Inteligencia Artificial y los Robots nos hacen pensar que faltan décadas (quizá siglos, quizá nunca) para que creemos un ser vivo sintético pensante (o no-vivo), yo pienso en la superioridad con la que nos colocamos ante nuestras creaciones y las denostamos: como Víctor frente al monstruo, las consideramos menos, las consideramos «partes» o «incompletas». Todavía debatimos si los virus son o no seres vivos, por ejemplo. Y cuando observamos el resultado de un análisis de imágenes resuelto por una inteligencia artificial no pensamos en llamarlo «pensamiento».

La diferencia más grande, entre nosotros y Víctor Frankenstein, es que él trabajaba solo. Que él no tenía mentores ni guías, sólo figuras fragmentadas. Y en esa diferencia radica todo: su creación fue suya y de nadie más. Pero la nuestra, como especie, ni siquiera es contenible. Nuestra creación está en todas partes. Está en nuestras manos en la forma de teléfonos y computadoras, dentro de nosotros en forma de implantes y vacunas, creciendo en los campos como cosechas y ganado, en el medio ambiente, en el espacio, en juguetes.

Todavía no lo vemos, pero si algún día nuestra creación nos pregunta «¿quién soy?», debemos ser capaces de responder por ello. Debemos ser éticos hacia nuestra creación y darle amor, darle lo que Víctor Frankenstein no supo darle a su creación. Debemos ir más allá de lo que Dios pudo hacer por nosotros y no abandonar a nuestros hijos. Dejar de lado nuestros mitos y en vez de decirle «en un principio fue la Nada y luego te creé porque estaba aburrido», decir: «esta es tu línea evolutiva, ambos venimos del mismo evento cósmico: somos partículas que bailan en el espacio».

Quizá si Víctor hubiera pensado en esto más a fondo, quizá si se hubiera dedicado a pensar más qué le diría a su creación, quizá si se hubiera sentido más conectado al monstruo y menos temeroso del reflejo que encontró en ella. Entonces no tendríamos Frankenstein o el moderno Prometeo sino otra cosa. Y ahí es donde radica, para mí, lo más terrible de la novela de Mary Wollstonecraft Shelley: al final, todo lo que podemos ser como especie se pierde pues la humanidad es rápida para juzgar, rápida para temer, rápida para unirse como chusma enardecida y linchar a la víctima, mientras que el criminal se desvanece y vive el resto de sus días tranquilo.