Por Eloy Garza 

Los perros han sido los otros héroes rescatistas. Muchos perros sacados de los escombros han sufrido tanto como sus propios dueños. Veo al mío, Mito, un simpático xoloizcuintle, rojizo y pelón y me enorgullezco de tenerlo.

El respeto por estos seres es mayor en la Ciudad de México que en otras grandes urbes. Tanto, que en el sur de la ciudad hay una escultura en reconocimiento al perro callejero (por cierto, ya le volaron la placa de metal, seguramente para venderla).

En la mayoría de los grabados y litografías de la Ciudad de México aparece un perrillo callejero con la cola parada: basta recordar las de Casimiro Castro que dibujaba bocetos arriba de un globo aerostático.

Se ha olvidado que en 1790 el virrey Revillagigedo ordenó matar a todos los perritos callejeros de la Ciudad de México. Como un Herodes canino, mando degollar a más de veinte mil animalitos y exigió a quienes fueran dueños de estas mascotas que los sacaran a la calle sólo con correa.

Lo curioso es que, al mismo tiempo que hacía el holocausto de perros, Revillagigedo fue pionero del servicio urbano de recolección de basura. Decía la ley que giró: “Todo se halla ya remediado, introduciéndose la limpieza de las calles y los carros que recogen la inmundicia, para que no la vaciasen en ellas desde las casas; y finalmente, habiéndose prohibido por bando el que anduviesen los perros por las calles”. ¡Larga vida a los perritos rescatistas!