Por Eloy Garza

Uno.- Yo viví en la Ciudad de México, muy cerca de Barranca del Muerto (a unas cuadras de la casa donde vivió el general Lázaro Cárdenas), por más de doce años. Para entonces, ese paraje ya no era el cauce de un arroyo que brotaba en las montañas del poniente y que al unirse con el Magdalena y el Mixcoac, formaban el río de Churubusco. Ahora es la división de las colonias San José Insurgentes y Guadalupe Inn.

Por más de una década adorné mi cuarto con una reproducción del hermoso lienzo de José María Velasco, “Barranca del Muerto”. Contemplaba el cuadrito e imaginaba el sur de la Ciudad de México cuando aún era un paisaje verde, cruzado por carretas, arrieros y mecapaleros. La naturaleza no perdona torres de concreto ni avenidas de asfalto. Pero la vida sigue, y no hay poder telúrico o humano que pueda detenerla.

Dos.- De vez en cuando tenía yo que recorrer el largo tramo de mi casa, en Barranca del Muerto, al Congreso de la Unión. Pedía un taxi que me llevaba por la avenida Churubusco. El Congreso de la Unión se construyó en lo que antes era un inmenso muladar (en cierta forma, lo sigue siendo). Se lo conocía como La Candelaria de los Patos.

Ignacio Manuel Altamirano narró en una crónica de 1869 su vista a esta zona, “uno de los barrios más espantosos de la ciudad” (bueno, lo sigue siendo, ahora por otras razones), a donde “el ángel de la caridad no llega a manchar sus alas de seda”.

Altamirano se conduele de los “infelices que viven en aquellos lugares cenagosos, aspirando las miasmas que inficionan el aire y mezclándose entre los reptiles”. En los basureros y la inmundicia crecían los quelites, que la gente metía en una tortilla, como único alimento.

Tanta desolación (niños hambrientos, mujeres desnutridas, hombres muertos en vida) formaban parte, entonces como ahora, de la capital del país, y lo peor es que “el centro dorado de México ignora que está rodeado por un cinturón de miseria y de fango”. Altamirano lo sabía bien: cambian los rostros, el oprobio permanece.

Tres.- Me entero que en la colonia Portales Sur de la Ciudad de México, se derrumbó un viejo edificio donde estaba una heladería. Yo iba los domingos con una amiga a merendar ahí helados de los que ahora llaman artesanales. La dueña, doña Concepción, me decía que sus ancestros vendían helados desde 1860.

Mi amiga reía: “Ya nos cuenteó la doñita. ¡Cómo se le ocurre decir que vendían nieve en aquellos años si no había electricidad para enfriar depósitos!”

Pues le dije a mi amiga que estaba equivocada. Desde los volcanes los arrieros bajaban a la Ciudad de México bloques de hielo. Los envolvían con zacate y luego los arropaban en costales. Cada bloque pesaba algo así como 20 kilos y los cargaban a lomo de mula.

La gente comía sus helados de sabores y enfriaban sus aguas de frutas que compraban en las fondas y en los puestos a las chieras (vendedoras de aguas frescas). Ahora esta tradición en La Portales desapareció en segundos, el día del temblor.

Cuatro.- Para quienes me preguntan por la salud de doña Concepción y su familia de Portales Sur les diré que está bien. Perdió su hogar y sus bienes, pero le dio refugio una comadre y no la dejará ir “hasta que consiga casa, primero Dios, que para eso son las comadres”.

Ayer en la noche ya estaban las dos haciendo tacos de huitlacoche y un postre de zapote con naranja, “negro negro como estos días”, dice ella. Y aunque no parezca, se está dando ánimos.

Doña Concepción no sólo vende helados de sabores, también es una gran cocinera y prepara un guajolote en mole, que se antoja probar directo de la cazuela. Es la lucha diaria de vivir, aquí en Monterrey o allá en México.

Coda.- Dice Pablo Neruda, clarividente incesante: “todo lo que aprendimos no nos sirvió de nada:/ comenzamos de nuevo, / terminamos de nuevo/  muerte y vida. / Y aquí sobrevivimos”.