El pasado fin de semana mientras dormía escuché en un susurro ­­Tolle lege. En sueños estaba peleándome con alguien que me decía que eso no se lo habían dicho a San Agustín y que no significaba lo que yo decía. En fin, desperté y se me hizo rarísimo haber soñado con una frase en latín que no tiene una relación con el mundo real, más allá de hacerme pensar en una conversión religiosa o en textos medievales y renacentistas. Cada día encuentro algún guiño que me recuerda que estudié Letras: si alguna persona dice Amado, entre risas bobas respondo Nervo; si me despierto temprano por responsabilidades laborales, pienso en los escritores que tenían una rutina impecable en su vida como Gustave Flaubert o en Kant y sus caminatas puntuales. Mis allegados conocen el fragmento que reza “sois la virgen impoluta del silencio” y cada que alguien lo dice estallamos en risas. A lo que voy es que la literatura, la lingüística, defender bibliotecas y emocionarnos por ventas nocturnas del Fondo de Cultura Económica son parte de nosotros, los que estudiamos letras. Salimos de clases y seguimos hablando de libros, de ediciones especiales, de encuadernados, de autores, de bibliotecas. No me dejarán mentir si digo que hemos tenido discusiones muy subidas de tono acerca de sintagmas, de preposiciones o que hemos tuiteado con ce cedillas sólo porque leímos El libro del buen amor; nos hemos declarado un amor cortés en los pasillos de la universidad, todo lo llevamos a la realidad. No hay límites.

Siempre he percibido el tiempo como un lapso minúsculo en una eternidad y tengo una obsesión con no desperdiciarlo. Mis preocupaciones se resumen a tópicos literarios como Carpe diem o Cogito virgo rosas. Aprovechar el tiempo. Día tras día me pregunto en qué quiero gastar mi tiempo: ¿Quiero leer? Sí. ¿Quiero cocinar? Sí. ¿Quiero tirarme en mi cama y solo ver el techo? También. Recuerdo mi primer verano en Monterrey, tenía una excesiva agenda de actividades preparadas, listas de libros y películas, recetas nuevas para preparar. Y sólo me tumbé en la cama para sentir la falsa brisa del aire acondicionado que resecó todos mis orificios. Recuerdo que me dije “La contemplación se ha vuelto un vicio” y no hacía nada más, sólo me dedicaba a mirar. Dejaron de importarme la postura y el lugar. Iba al parque a mirar, iba a un café a mirar, iba al supermercado a mirar, me subía a camiones sólo para mirar.

La cuestión se complicó cuando me dejé llevar por las letras (una vez más). Cegada por la majestuosidad de la tradición clásica me dije “tomaré el ejemplo de Marco Tulio Cicerón y le daré dirección a este ocio”. Marqué en un papel autoadherible tres veces: OTIUM CUM DIGNITATE, OTIUM CUM DIGNITATE, OTIUM CUM DIGNITATE y lo pegué en ese espacio inservible de las computadoras portátiles, donde sólo posamos las MANITOS de vez en cuando. Cuando estaba feliz de la vida revisando las actualizaciones de mis redes sociales, Cicerón me observaba, me juzgaba con esa mirada de mármol y yo, por dignidad, cerraba las ventanas.

Bastaron algunos meses para que cayera en cuenta de que el concepto de otium cum dignitate no era para mí. Mi tiempo de ocio es de naturaleza ecléctica y a manera simpática lo nombre otium sin dignidad, porque no pude seguir los pasos estoicos de Cicerón, la rectitud me es ajena y se vuelve una ridiculez por la ligereza de mis acciones. Sin embargo, logré enfocar mi ocio hacia temas que realmente me importaban, que siguen siendo irrelevantes para muchos, pero satisfago mi curiosidad y me siento feliz ¿a quién le importa la filología románica? o ¿que existen dos islas en el estrecho de Bering, pero una pertenece a Rusia y otra a E.E.U.U? Y que además si vas de una a otra, el día es distinto en el calendario. Decidí asimilar mi falta de dignidad clásica y simplemente aprovechar el día con lo que me interesa. En cada entrega escribiré acerca de cómo he llenado mis tiempos libres, espero que el lector disfrute, se ría un rato y asuma también su falta de dignidad para satisfacer su curiosidad.