Por Eloy Garza 

A Monterrey le falta el poema que cante con ira y rencor su declive como ciudad. La capital de Nuevo León es una cascada de poetas citadinos, pero no cuenta, como la Ciudad de México, con una lírica de sus herrumbres, sus deseos decadentes y sus contrastes sociales.

A diferencia de los himnos, que en esencia son todos iguales, las odas y los cantos fúnebres dedicados a una urbe, varían en registros y tono. No es lo mismo Los hombres del alba, de Efraín Huerta, que elige un particular componente citadino –en este caso, los obreros que salen de madrugada a laborar— para demarcar la sensibilidad urbana, que Tercera Tenochtitlán, de Eduardo Lizalde, que comprime el actual paisaje azteca de la “indómita monstrua” en un manojo de imágenes genéricas. Ambos, sin embargo, son poemas que definen a la Ciudad de México, ya sea a partir de un detalle o de la mirada de conjunto.

Más cerca del poema de Huerta que del de Lizalde, Nocturno de la Calzada Madero, de Samuel Noyola, es una proeza de juventud: enumeración abigarrada de niños hambrientos, mendigos, ninfas de cintura anochecida, vitrolas como dentadura de calaveras. El poema-crónica de Noyola cubre lagunas sensibles de la lírica regiomontana, como la transfiguración sentimental (heredera tanto del romanticismo como de la ingesta de tequila) de la ruinosa sordidez del primer cuadro de la ciudad. Pero no es el poema-total de Monterrey. La lectura de Los hombres del alba, por ejemplo, trae reminiscencias de otros poemas del mismo autor sobre componentes urbanos como Declaración de OdioJuárez-Loreto, e incluso La muchacha ebria. Todos ellos forman, leídos sucesiva o simultáneamente, una totalidad en el abordaje literario de la capital del país.

El poema de Noyola, en cambio, no tiene réplicas o contrapuntos del mismo autor: es un solo candil de palabras violentas en la calle oscura, asediado por perros callejeros. Le falta el complemento de otras zonas geográficas y sentimentales de Monterrey. Tampoco es un poema vasto en extensión como Tercera Tenochtitlán, que más que un texto, son muchos textos; más que un poema, es un plaquette de poemas: recordemos que la segunda parte se escribió tres lustros después de la primera, que data de 1982.

Nocturno de la Calzada Madero ha quedado (en su intencional acotado horizonte) como crónica lírica potente, en la misma tesitura que Degradación de la primavera, de Francisco Hernández: recorta un pequeño segmento del paisaje urbano y lo aprieta como higo seco. Así, quedan manchadas de humo y detritus las manos del poeta e impregnadas del aroma a muladar. Falta, por supuesto, sacudir el árbol que es la ciudad entera de Monterrey, para que sigan cayendo sus frutos amargos de decadencia.