Por Eloy Garza

Edgardo Buscaglia, experto en seguridad pública, propone que la sociedad civil tome la calle para protestar contra el narcotráfico y el crimen organizado.

Buscaglia nos receta una ristra de acciones cívicas. En principio de cuentas, que “millones de ciudadanos salgamos a la calle a protestar como parte de una movilización popular, masiva y bien unida”.

Luego nos dicta una agenda de “exigencias compartidas” como es la modificación de códigos penales, organismos autónomos de vigilancia ciudadana y llevar a los criminales a la Corte Penal Internacional. Puro lugar común.

Buscaglia remata con una advertencia: los millones de ciudadanos que protestan deberemos ser pacíficos, como lo fue Gandhi. Las protestas masivas son testimonios de la indignación ciudadana pero suelen dejar en entredicho su efectividad política.

Siempre estará latente la duda de si la India consiguió su independencia a raíz de las protestas ciudadanas que encabezó Gandhi en las primeras décadas del siglo XX, o fue por insolvencia del gobierno británico, tan desfondado tras la Segunda Guerra Mundial, al grado de obligarlo a deshacerse de sus antiguas colonias.

Otro líder ciudadano como Martin Luther King encabezó marchas masivas y fue un muy valiente aglutinador religioso de la indignación ciudadana en contra del racismo, pero hay pruebas de que la Ley de Derechos Civiles de 1964, se debió más al cabildeo de alto nivel de los Kennedy y al olfato político del viejo ranchero Lyndon B. Johnson.

Las marchas estudiantiles en 1968, entre las cuales se incluye el espantoso genocidio de los estudiantes mexicanos en Tlatelolco causó la legítima repulsa internacional, pero no despeinó ni un pelo al sistema político mexicano. Lo mismo sucedió con el partido comunista de China, aparentemente puesto en la picota por las protestas de la Plaza de Tiananmén, en 1989.

El propio Nelson Mandela, grande entre los grandes, reconoció en 2008 que el movimiento ciudadano en contra del Apartheid en Sudáfrica estaba tan desorganizado y sin disciplina interna, que la democracia multirracial de su país se logró sólo gracias a sus negociaciones secretas mientras estaba en prisión, con el entonces presidente Frederik Willem de Klerk.

Las protestas masivas no son herramientas definitivas para acabar con el crimen organizado. Esto se logra con un sistema de seguridad competente, una prensa no vendida, organismos internacionales imparciales y una opinión pública global que se exprese en múltiples foros, no sólo en la calle. Lo demás son puras buenas intenciones.