Por Violetta Ruiz

Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates se ejercitaba con una flauta para aprender una melodía. Y a la pregunta: «¿Para qué te servirá?», el filósofo responde impasible:«Para saber esta melodía antes de morir».

Emil Cioran, Desgarradura

Transitar por las calles de Monterrey se ha convertido en una suerte de viaje entre ruinas. A pesar de que la inversión privada está produciendo efigies verticales de vanguardia, parece que esta no nos alcanza. La impronta cultural que supone el Barrio Antiguo se balancea entre sostener los vestigios del pasado y producir su desaparición: la preservación de la memoria de la ciudad vale poco en estos días en que el imperativo es la utilidad.

Este fin de semana circuló en redes sociales el anuncio de que la estación cultural Opus 102.1 saldría de Frecuencia Modulada para dar espacio a una nueva estación llamada Radio Libertad. Sobre este tema, Juan Alberto Cedillo se pronunció en Proceso: la estación busca volverse «más popular» incluyendo otros géneros musicales y dejando fuera la programación de música clásica, jazz, blues y flamenco que fueron el sello de Opus durante los últimos 30 años. Ante la reacción en redes sociales, el Bronco publicó un mensaje en su página de Facebook desmintiendo la eliminación de radio cultural, una respuesta que como el gobernador acostumbra, más que esclarecer la situación, confronta a «la bola de quejumbrosos» que no aceptan sus «sinceras» propuestas de distribución de la cultura:

«A quienes son cultos, educados y saben tambn (sic) escuchar, no sólo criticar, siempre el gobierno debe de ver el mejoramiento de las cosas que hace en beneficio de la sociedad, estoy a sus ordenes (sic) para cualquier pregunta (…) Para aclarar, no será una estación de narco corridos ni de lo que ustedes dicen, pero si (sic) cambiaremos totalmente la programación para que más gente la escuche. La cultura es para todos los ciudadanos de Nuevo León no sólo para unos cuantos.»

¿A qué se refiere Jaime Rodriguez Calderón, cuando sostiene que la cultura es para todos y no unos cuántos? Hay que preguntarnos cuál es el motivo de que los «cultos quejumbrosos» pertenezcan a una élite. La respuesta es que el gobernador tiene razón:  la cultura debe ser para todos los ciudadanos, no para unos cuantos. Es por eso que anular los pocos sitios que cuidan sus contenidos en la radio es un error. ¿Es realmente necesaria otra estación con contenido popular, con «más raiting»? Lo que hace falta es un programa cultural enfocado en la música cuyo cauce llegue a la gente.

En La utilidad de lo inútil, Nuccio Ordine recuerda que el interés —la pasión— por la filosofía o la poesía, por la historia del arte o por la música, no brotarán de «simples apoyos didácticos» sino de una distribución de igual modo apasionada. Quizá la agenda de Opus 102.1 no cumplía necesariamente con esta función, pero representaba un espacio para descansar de la cháchara de locutores y espacios publicitarios de las otras estaciones, puesto que la programación de las estaciones universitarias es de carácter diverso, cuyo propósito no es específicamente el de ser culturales. 

La tensión entre cultura elitista y cultura para «la raza» aparece como la problemática que tanto instituciones culturales como educativas viven debido a la marginación de los clásicos, como sostiene Ordine: «en vez de sumergirse en la lectura de Ariosto o de Ronsard, de Platón o de Shakespeare —que les robaría demasiado tiempo y les exigiría esfuerzos hermenéuticos y lingüísticos excesivos— se les anima a valerse de atajos, representados por los numerosos florilegios que han invadido el mercado editorial». Esta cita me recuerda al pasaje de Farenheit 451 donde se cuestiona por qué es tan crucial la quema de libros. ¿Será que quizá dentro de ellos reside algo importante? La considerada «alta cultura», la que demanda un esfuerzo reflexivo, es la más temida por los aparatos gubernamentales que no toleran ofrecer explicaciones, pues el «esfuerzo hermenéutico» del que habla Nuccio Ordine es el que construye un sentido crítico en los individuos.

En noviembre de 1848, Víctor Hugo se pronunció frente a la Asamblea constituyente, sosteniendo que no basta sólo con iluminar la ciudad, puesto que «también puede hacerse de noche en el mundo moral». Monterrey se da de topes en la penumbra de la violencia, cuya base es la marginación y las aspiraciones materialistas. Sobre el discurso de Víctor Hugo, Ordine se pregunta: «Si sólo se piensa en la vida material (si sólo se piensa en el raiting), ¿quién encenderá las antorchas para las mentes?»

En el ensayo ¿Por qué leer a los clásicos?, Italo Calvino enumera una serie de razones que finalizan con que leer a los clásicos es mejor que no leerlos, y para ello cita un pasaje de Desgarradura, de Ciorán: «Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía una melodía para flauta. ¿De qué te va a servir? le preguntaron. Para saberla antes de morir». ¿Qué guardan las grietas de nuestra ciudad derruida? Cada que veo entre las fracturas de calles y edificios, la destrucción también ofrece una panorámica más optimista, desde las ruinas nacen plantas.

Entre la realidad utilitaria y la consigna de mirar la vida que crece, recuerdo a Lyotard, en La posmodernidad (explicada a los niños), específicamente en su ensayo sobre el realismo: «Pero este realismo del qué-más-da es el realismo del dinero: a falta de criterios estéticos, sigue siendo posible y útil medir el valor de las obras por la ganancia que se puede sacar de ellas. Este realismo se acomoda a todas las tendencias, como se adapta al capital de todas las necesidades, a condición de que las tendencias y las necesidades tengan poder de compra.»

La cultura debería ser de todos, sí. Pero además el acceso a la cultura debería ser gratuito, y debería ser parte de la agenda del Gobierno del Estado que los ciudadanos tengan acceso a ella. El Bronco no ha entendido esto, o lo ha entendido lo suficientemente bien, arrancarle a «la raza» las herramientas de posibilidad crítica y opinión parece ser apremiante para su gestión. Entre tanto, a quienes nos interesa la difusión del conocimiento y la cultura nos queda la consigna de proponer espacios alternativos de diálogo, reconocer que incluso en el desierto y la noche moral, entre las ruinas reales y metafóricas, también pueden crecen flores.