Por Eloy Garza
De Álvaro Mutis (1923-2013), escritor colombiano, lo que más me gusta es su poesía. Gabriel García Márquez le mostraba los borradores de sus novelas antes de darlas al editor. Fueron muy amigos.
Don Álvaro era elegante y alegre. Por problemas de dinero, Standard Oil lo denunció y fue encarcelado en Lecumberri por más de un año. Es autor de varias novelas hoy un tanto olvidadas, como La nieve del Almirante y poemas como “Los emisarios”. Antes de leerlo lo escuché en televisión porque era la voz en español del locutor de la serie Los Intocables. A finales de los años noventa vino a Monterrey y lo invité a cenar a la casa. Ahí le formulé una bola de preguntas y dado que don Álvaro ya estaba acostumbrado a los interrogatorios policiacos, me respondió puntilloso.

 

El último rostro pudo haber sido una gran novela. No lo fue porque usted no quiso: nunca la terminó y sólo publicó un fragmento en la editorial Siruela.
Es una novela sobre la última etapa de la vida de Simón Bolívar; tenía 260 páginas y la quemé porque sentí que ahí no estaba lo que yo habría querido decir. No lo estaba totalmente, entonces salvé ese fragmento. Luego un profesor de la Universidad de California hizo un largo trabajo y me dijo que El último rostro no era un fragmento sino una narración redonda (cuánta generosidad de su parte). Pues bien: salvé esa narración truncada donde, a mi modo de ver, quedaba más patente la personalidad y tragedia de un hombre como Bolívar.

 

¿Cómo es el Simón Bolívar que usted narra?
Bolívar era, desgraciadamente, un hombre equivocado, pero a la vez un ser humano patético y conmovedor. El resto de mi novela está en la chimenea de mi casa, en forma de cenizas; aunque la chimenea ya la han limpiado muchas veces.

 

¿Cree usted que su amigo Gabriel García Márquez, al retomar esas cenizas de su chimenea y escribir El general en su laberinto hizo la novela que usted hubiese querido?

En la dedicatoria del libro, Gabriel me agradece que yo le haya regalado la idea. Él no sabía que yo había quemado la novela, entonces un día pasó a mi casa y me preguntó: “¿qué pasó con esa novela tuya que ibas a escribir sobre Bolívar; la hiciste o no la hiciste?” Yo le advertí que esa novela la había quemado hacía rato y él me respondió: “Pero qué barbaridad. ¿Por qué?” “Pues porque no me gustó. Punto”. “Bueno –sentenció– entonces voy a escribir sobre el mismo tema”.

“Espléndido –le dije– nadie mejor que usted para hacerlo. Aquí está la documentación que necesitará, las memorias, el diario de Bucaramanga, tómelo todo y buena suerte”. Con ese material escribió ese libro conmovedor de un Simón Bolívar que es más García Márquez que Simón Bolívar. Cosa que está muy bien. ¿No?

 

Usted comenzó tarde su carrera como novelista, ya bien entrada la madurez. ¿Por qué se tardó tanto en darnos sus novelas de la saga de Macqroll, El Gaviero?
En esa declaración tuya siento una marginación, casi diría que un desprecio a muchas décadas de poesía.

 

Es que su poesía sobre Macqroll se cuece aparte. Es una de las cimas de la lengua española.
En mi caso personal es lo mismo. Nunca he diferenciado géneros tan tajante entre mi poesía y mi oficio como novelista. Macqroll, El Gaviero, ese desgraciado personaje que tanto se atraviesa en mis insomnios, aparece en muchos poemas míos y forma, incluso, un libro completo: La reseña de los hospitales de ultratumba. Todo lo que escribí después sobre Macqroll está dicho ahí. Esas novelas tienen origen en poemas míos.

 

Los poemas de Macqroll son la quintaesencia del personaje de sus novelas…
Al leer mi poesía se aprecia que allí están los paisajes, las obsesiones, los personajes y hasta las situaciones de cada uno de mis novelas. En el tercer poema escrito en mi vida, La oración de Macqroll, que me resolví a publicar cuando era jovencito, ya se encuentra el retrato completo del Gaviero. No hay nada más que hacer. Todas esas novelas las podría haber quemado.

 

¿Es lo único que ha quemado o también tiene el mal hábito de incinerar poemas suyos?
Poesía no quemo, porque las anoto en papelitos chiquitos. Así que no vale la pena encender tanto fósforo para ese material. También quemé (y a mucha honra), otra novela. Se trataba de una que escribí sobre el episodio turbio de un sacerdote en medio de una guerrilla colombiana. Esa también la quemé.

 

Ya veo que tiene usted una acentuada tendencia pirómana.