Por Eloy Garza

La región yaqui es un cuero estirado, que quema tus pies entumidos. Un sol como disco de yunta tatema los sombreros, los ocotillos, los sahuaros y los matorrales espinosos. Lees que el coronel porfirista Próspero Salazar había recibido a una delegación de seiscientos yaquis en son de paz. Los encerró en una iglesia para ordenarles que depusieran las armas, hombres, mujeres y niños.

El oriente de Sonora: allá lejos la sierra de Guaymas, puro tepetate pelón. Te bajaste hace horas de la camioneta vieja, el radiador casi reventado por el viaje desde Cajeme. El chofer y el yoreme se sientan al lado de una biznaga, bajo un horcón de mezquite con techo de carrizo. Estiran el cuerpo agarrotado. Comes con ellos.

Recuerdas un refrán: “¿de qué sirve renegar contra lo que Dios dispone?”. Pero los yaquis contradicen lo dicho: son contreras de la fatalidad. Y resisten los abusos del gobierno. Por siglos han querido exterminarlos. Los yoremes son estatuas olvidadas, guerreros milenarios sin sombra porque aquí en los páramos no hay dónde guarecerse. No conocen la resignación: primero muertos, qué carajos. Lees que el coronel Próspero Salazar mandó sacar una veintena de yaquis secuestrados en la iglesia y los fusiló sin más. Era el escarmiento de Porfirio Díaz contra los indios rejegos.

Te pasa el chofer tortillas, calabaza, frijoles, y de pilón una pitaya. Mastican los tres en silencio. Te atragantas por las quijadas endurecidas de tanto apretarlas por el camino malo. “¿Hay buen temporal?” Le preguntas al yoreme y él nomás te mira bien tieso, como escultura colorada. Qué pregunta tan sin chiste, pensará de ti este nieto de los rebeldes yaqui, víctima de la dictadura de Porfirio Díaz, la más larga lucha armada en territorio mexicano. Un genocidio.

Los yaquis presos en la iglesia por el coronel Próspero Salazar se alebrestaron por sus fusilados. Ninguno pedía clemencia. Solo justicia. El coronel Salazar respondió sus quejas quemándolos a todos adentro de la iglesia. Murieron hombres, mujeres y niños: los yaquis.

Quedan poquitas horas con luz para trepar la Sierra del Bacatete. Quisieron desplazar a los yoremes de sus propias tierras, para quedarse con ellas. Los indígenas se defendieron como jaguares. Los capturaron, los torturaron, los masacraron. Y ellos duro que dale: de aquí no nos saca nadie. Lo qué hay es voluntad, porque buen temporal ni a mentadas de madre.