Por: Luis Felipe Pérez Sánchez

 

I

 

En 2014 pudimos ver a un Juan Goytisolo Gay recibiendo el Premio Cervantes de literatura. Más allá de las polémicas de otros tiempos por las que uno dudaría que el vecino de Marrakech se apersonara para recibir un premio institucional siendo siempre un agudo disidente, el exiliado de aquí y de allá, apareció para dictar y transmitir, leer pausadamente unas palabras, unos minutos de transmisión, en donde reunía, tengo para mí, un testamento o una suerte de obituario de quien ha sobrepasado la edad en que se deja de sentir el deseo de ajustar cuentas con nadie, salvo consigo mismo.

Era un hombre a “la llana y sin rodeos” que hablaba desde ese momento de triste lucidez que significa haber llegado a viejo y comprobar la vacuidad y lo ilusorio de la vida; una vida que para él había comenzado en 1931, y terminaría pocos años después, el 4 de junio del 2017, en Marrakech.

Dijo esa tarde-noche, con la conciencia de quien sabe el valor etéreo de la experiencia propia, a sabiendas de que el suyo sería un mensaje casi inaudible, que sólo quien llega sabe de qué se trata:

“ser objeto de halagos por la institución literaria me lleva a dudar de mí mismo, ser persona non grata a ojos de ella me reconforta en mi conducta y labor. Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración (…) Alcanzar la vejez es comprobar la vacuidad y lo ilusorio de nuestras vidas, esa «exquisita mierda de la gloria» de la que habla Gabriel García Márquez al referirse a las hazañas inútiles del coronel Aureliano Buendía y de los sufridos luchadores de Macondo.”

Se presentó con la única corbata que tenía en el armario a reiterar aquel precepto sobre la poca prisa que tienen las obras destinadas a trascender; a declarar el único nacionalismo viable para él: el cervantismo, citaba a su amigo Carlos Fuentes. Decía, aquel abril, de pie, en un púlpito:

“La mirada desde la periferia al centro es más lúcida que a la inversa y al evocar la lista de mis maestros condenados al exilio y silencio por los centinelas del canon nacional-católico, no puedo menos que rememorar con melancolía la verdad de sus críticas y ejemplar honradez.”

 

II

 

La estampa del escritor portando un saco verde o café, que detengo en el momento en que pronunciara “Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria”, aludiendo a Pessoa, sería casi un anuncio que ya todos sospechábamos desde ese entonces y hasta las últimos meses que visitó el hospital frecuentemente. Era la antesala de ese otro momento conmovedor. Me refiero al de su entierro en el cementerio español de Larache, donde se sepultaron sus restos al lado de su admirado Jean Genet, a quien le profesó devoción y le dedicó muchas páginas.

Este pasmo sirve para acompañarlo y, antes de que duerma “en el silencio del olvido”, como diría Cervantes, podamos recontar, al menos tentativamente, como quien le cuenta a un amigo un descubrimiento, una revelación, la noticia de que Juan Goytisolo es una literatura en sí mismo y que hubimos quienes rubricamos ese regusto de haber conocido algo que valía la pena no dejar pasar; presumir alguna ocasión que cayó en nuestras manos algún título, cualquiera que fuera, de su prolija obra literaria.

Yo podría referirme a La reivindicación del conde don Julián que causó en mí una impresión inicial que todavía no comprendo, una fascinación que no he atinado a describir aun pasados los años y las relecturas. En esta novela, de 1970, Juan Goytisolo se vale de la referencia al conocido Romance del Rey Rodrigo y la Cava, el de la traición de Julián, y la cobija de experimentos literarios propios de lo carnavalesco, de usos sintácticos que disentían de las formas a las que había estado habituado a leer. En esa poética vemos a un Goytisolo decidido a decir lo indecible, a trasmitir la historia paralela que viene de repensar los pasos aprendidos en un circunstancial estado de la cultura y demoler lo impuesto y equivocarse por propia cuenta. Resuelve la novela o ese aparato narrativo con una retahíla infantil y le concede la venganza a Julián, personaje mítico de la cultura española a quien se atribuye la apertura de la puerta de Toledo a los musulmanes, y nos deja ver el lado opuesto de la historia, la de los vilipendiados. Apropiándose de la tradición medieval, urde la venganza de Julián, con quien se identifica el autor, con tal fiereza que causa escozor.

Me recuerdo conmovido experimentando la lectura de una obra literaria que suscitó en mí algo más que la sensación de asistir a algo que se cuenta o se narra. Pienso que la palabra para esa experiencia sería que quedé turbado o que penetraron en mis entrañas las imágenes construidas con el verbo, con la palabra que empujaba para decir de manera violenta, exigente, cautivadora a la vez si se permite el oxímoron. La composición está urdida a través de medios paródicos. La proponía en un periplo literario de bastedad de recursos llevados con maestría a la exageración, al territorio de la imaginación radical, firme, personalísimamente.

Eran tiempos de explorar las formas y Goytisolo buscaba, menos que la experimentación, encontrar la manera de decir lo indecible rompiendo con las fórmulas y el realismo mimético caduco o fallido, como apunta en una entrevista a propósito de la novela. Hace de Don Julián un pastiche con apropiaciones traídas de la literatura tradicional anónima, que conoció profundamente, y lo inscribe ante los ojos de la literatura contemporánea causando una sensación de dudas, de reto. Era una propuesta formal, una literatura comprometida pero con la palabra, esa casa del escritor, una apuesta por la trasmisión y por la reescritura atrevida y la contrafacta de lo ya asumido y conocido e intocable.

 

 

III

 

Fue un autor tremendamente tímido al encuentro uno a uno, incluso para confundir su timidez con hosquedad de parte de ciertos interlocutores. Buscó el exilio o el movimiento desde muy joven cuando se fue a París, como la mayoría de sus coetáneos. Era una atmósfera ocre y asfixiante como la que describiera Juan Benet al hablar de ese tiempo de posguerra. Siempre incómodo, desde sus primeros escarceos, con la sensación de ser distinto, aficionado a Wilde o a Thomas Mann, a quienes consideró modelos en los primeros años, Juan Goytisolo muestra en su obra y en su vida, como dice Juan Pascual Gay, “que para conquistar la libertad hay que pagar un precio, alto si se quiere, pero que en su caso, ha merecido la pena.”

Las valiosas palabras con que describe Juan Pascual al nacido en Barcelona lo muestran de cuerpo entero: “es y ha sido un escritor entregado a la escritura. Pero esta decisión se sostiene en una voluntad férrea de mostrar a través de sus palabras no sólo un modo de relacionarse con la literatura, sino de utilizarla como una manera de ser hombre.”

La abyección, un efecto con el que se sintió familiarizado, coqueteaba mucho con la disidencia y sería la piedra de toque para intentar una explicación al carácter de isla desierta, de individualismo, que ostentó hasta el final el segundo de los Goytisolo escritores. Siempre en movimiento, nómada, o al menos con las ansias de salir, logró darle sentido al verbo irse. La renuncia podría ser ese jalón que lo distinguirá, ahora para siempre, de entre cualquiera en el panorama cultural. Acaso un desprecio inasumible hacia sus contemporáneos es lo que caracteriza este proceso literario personalísimo que se llamó Juan Goytisolo; unas pautas irrepetibles porque reunía en sí mismo una serie de circunstancias y avatares que lo volvieron una rara avis. En este caso, sus circunstancias biográficas y la ponderación de ciertos pasajes confieren mayor sentido a la lectura de esa obra que tuviera sus inicios en el pistoletazo de salida de aquellos años de la escuela de Barcelona, cuando todavía estudiaba derecho, antes de abandonar la carrera para entregarse a la escritura, todavía sin el cambio de vida que significó conocer a Monique Lange, entre las reuniones del Premio Formentor, antes de París y Almería, antes de los viajes a la URSS y de las confesiones autobiográficas, ya apuntando al exilio en la Medina, en Marrakech.

Juan Goytisolo es alguien que padeció la historia, más que hacerla. Su madre murió en un bombardeo en Barcelona cuando él era muy niño. Esa noticia caló profundísimo en el escritor. Parece lógico que fuera imposible de entender que, siendo hijo de familia de vencedores, hubiera sufrido la muerte de su madre por los del -supuestamente- mismo bando. Era una paradoja que acusó recibo en la obra, no sólo de Juan, sino en la de José Agustín y en la del propio Luis, el menor de los hermanos escritores. Y es que ser sometido o ajusticiado por las circunstancias hace que el yo íntimo se vuelque en el empeño de intentar comprender qué sucedió, que se busquen las causas y que la víctima se enfurruñe por no haber tenido la oportunidad de controlar nada. La indefensión de Juan Goytisolo ante este contexto marca indeleblemente su forma de entender la realidad que, básicamente, se mostraba como el anuncio de una desilusión que sólo fue acumulando evidencias a lo largo de la vida.

Y es que el propio Goytisolo hace mención a este proceso. Convencido de su elección hacia la escritura, piensa al respecto estas precisas palabras que quedaron escritas en Tradición y disidencia, cuadernos de la Cátedra Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey en 2003:

“Creo que la obra literaria se ajusta bastante a los ritmos vitales de una persona. En mi obra anterior y hasta Señas de identidad había una especie de fuerza o de agresividad que alcanzó su cénit en el momento de escribir Don Julián o Juan sin tierra; pues bien, esta agresividad se ha disuelto o ha pasado a un terreno distinto.”

Cuando habla de obra anterior se refiere a sus primeras incursiones en la prosa con las novelas Juego de manos de 1954, Duelo en el paraíso de 1955, Para vivir aquí, una interpretación de una historia amorosa de 1962 o El furgón de cola, reunión de ensayos donde toca los temas de la censura y la situación española, publicado en 67.

Luego de la trilogía del mal, iniciada en el 66 con Señas de identidad y cristalizada con Juan sin Tierra del 75, sólo cinco años después de La reivindicación del conde don Julián, vendrán, entre otras, Paisajes después de la batalla de 1982, El sitio de los sitios en 95, Las semanas del jardín del 97 hasta, en 2008, Exiliado de aquí y de allá, una confesión reiterada siempre del desarraigo y de esa condición de nómada, del hombre que ha emprendido el viaje sin término, trasunto de un permanente desasosiego, rasgo distintivo de cualquiera de sus obras; zozobra de la que no se librarían los tomos en clave autobiográfica Coto vedado y En los reinos de taifa, de 1985 y 86 respectivamente.

Es, de hecho, en este repaso con demoledora conciencia, un empeño moral, a manera de acto de contrición y reconocimiento frente a su propia vida, de ventilar sus secretos y desasosiegos, enlistar y meditar los avatares de una exclusión, de su condición homosexual, donde, con esos aires de auto escarnio que sólo alcanza quien se toma muy poco en serio a sí mismo y antepone el valor estético y la disciplina de la obra, se puede apreciar esta necesaria libertad ganada que cobró altos saldos, como el mismo autor de Makbara explica en su discurso de aceptación del Premio Cervantes; es donde también se pueden corroborar las obsesiones de este escritor: el exilio, el erotismo y la tradición; la heterodoxia, el experimento afanoso para alcanzar el rigor, la búsqueda de autenticidad y, su casa de caracol, el lugar a donde se movió siempre, la cercanía con la palabra.

En esa búsqueda de autenticidad, en medio de ese proceso emprendido desde la incomodidad de haber nacido donde nació y ser de la condición social que era, la carta a Monique Lange, su compañera, ocupa un punto central en la toma de conciencia y el empeño moral como condición para el escritor. Monique, dice Carmen Barcells, le cambió la vida a Juan Goytisolo. Él mismo platica cómo la presencia de Monique fue para él una inauguración a una vida literaria que lo colocó en un sitio privilegiado del panorama cultural de los años de la intelectualidad y el compromiso social. La carta que le destina, y que incluye en el tomo memorialístico En los reinos de taifa es quizá una de las alturas más cenitales que alcanza Goytisolo en cuando a autenticidad y desnudamiento se refiere. Es un momento que muestra la condición humana, de fragilidad, que busca su vehículo en la palabra y en el territorio íntimo y de confianza, cómplice y confesional de la epístola donde escribe: “para hacer algo moralmente válido debo cortar en seco con todo”.

 

IV

 

El siguiente párrafo aparece en Coto vedado. Es un apartado que se ajusta al riesgoso empeño por decir lo que más dureza le significa a uno, una moral que rige las memorias de Goytisolo. Para él si no se dice lo de uno desde la exposición no tiene caso contar memorias. El ejercicio que justifica la autobiografía, según el autor de En los reinos de taifa, es el de la autenticidad:

“Durante uno o dos años, un falaz y lamentable muchacho con mi nombre y apellidos procuró imitar su elegancia vestimentaria, adaptar sus maneras distinguidas, seguir sus ademanes y entonación remilgados, característicos de esa fauna típicamente barcelonesa de los “señoritos de la Diagonal”. En calidad de miembro mentido de ella, asistió a una o dos reuniones mundanas en las que su timidez, torpeza y falta de modales mostraron cruelmente la hilaza: no sabía bailar ni cortejar a las niñas de buena familia ni besar la mano a las damas ni hablar de automóviles de lujo ni mover tan siquiera el cuerpo con desparpajo juvenil o indolencia afectada. La sensación de fracaso e incapacidad de adaptación a esos ambientes lo dejó corrido y mustio […] La vida de este doble cursi y mimético fue afortunadamente corta y su reproducción en alguna fotografía tomada en alguna puesta de largo –serio, envarado, penoso- provoca hoy en mí, al contemplarla, sentimientos mezclados de burla y conmiseración.”

Leer a Juan Goytisolo permite entender el valor que le da a la palabra como mediadora entre el individuo y la realidad. Da señas de cómo el hombre se abre a la realidad y la palabra no es un medio, es un fin, la otra cara de lo indecible. Y es que precisamente lo que inefable es algo que interesó a Goytisolo. Esa pretensión melancólica iluminó los cauces de presentación a los que recurre siempre en pos de la forma, casa de sus ideas y de sus creencias y de sus cuitas; donde coteja esas ideas preconcebidas, las somete a veces, a una mirada crítica, preguntándose por qué sí y por qué no. Lo que pone a debate es acerca del pasado carpetovetonico. Se propone cuestionar desde siempre su condición social, su condición sexual, los preceptos dominantes, y lo hace con furia, en algún periodo, con distancia, en otro. Son palabras de Juan Pascual las que describen al autor: “Juan Goytisolo se planta desnudo y expuesto frente a los otros; una desnudez que ha encontrado en la escritura su mejor expresión y, aun, se ha convertido casi en el único instrumento mediante el que despojarse de todo y del todo.”

Es verdad aquello que se dice de que preguntarle al pasado siempre es un riesgo entre ingenuo y temerario porque es muy posible que, al cuestionarlo todo, se obtengan respuestas que no se querían escuchar. Esta empresa que caracterizó a Goytisolo, la de remover los pasos de la historia oficial, se trata, como él mismo lo dice, de una liberación que comienza por la ruptura y el dolor, a sangre y fuego se hace la memoria, escribe Nietszche, autor de Humano, demasiado humano. Podemos leer en Coto vedado, un repaso por su propio pasado que lo lleva hasta Cuba y le deja la clara conciencia de la innegable mezcla, heterodoxia y culpabilidad del heredero de invasores:

“Ruptura no sólo interior sino física, en mi caso, con el ambiente familiar en el que crecí, mi ciudad natal, la Cataluña en la que siempre viví como un extraño, la España opresora y oprimida por Franco, para forjar mi obra y morada vital lejos y en contraposición a todo esto, inmerso en un medio francés, árabe o norteamericano sin integrarme no obstante a ninguno de ellos, apátrida moral y espacial, pero unido fatalmente al idioma en el que expresé mi primer sentimiento de “diferencia” y a través del cual pude salvarme. Se trata de ese proceso de volver los pasos dados sin tanta atención y que ahora forman parte de un proceso de reconocimiento que “arroja una mala noticia tocante a nosotros mismos: la de no ser realmente como creíamos o, a decirlo más bien, como imaginábamos ser.”

La ruptura acercaría a Goytisolo a la búsqueda de la libertad. El exilio fue el escalón del que se sirvió para darle sentido a esa sensación de asfixia que lo orilló a al margen. La lengua que hablaba se convirtió en su patria. Y esa palabra le sirvió para escribir la creencia de que la cultura propia había sido fecundada por las culturas dominadas que nos muestran, en la base, nuevos mundos, exóticos e irrenunciables, que contaminan o subyacen, conservan su sustrato y perviven, dándole ese mestizaje, esa heterodoxia, aquella impureza que tanto fascinó a Goytisolo y por la que se decantó en sus textos.

 

V

En 2017 hemos visto caer flores a la tumba de un Juan Goytisolo instalado en la disidencia para la inmortalidad. En su fallecimiento defiende el precepto aquel de que ni los muertos respetan eso de callarse. Las últimas noticias son que ha dejado un inédito que se publicará según las últimas voluntades que haya instruido a su albacea, compañero de viaje que, junto con su traductora, han leído pasajes de la obra como rito de exequias que ennoblece el genio y la figura del escritor hasta en la sepultura.

Su legado, pues, es un tesoro que, con calma, sin prisas, ha ido apropiándose de la trascendencia de las obras para la posteridad. Cuando se piensa en Goytisolo puede asegurarse la preeminencia del rigor estético que se le imprime a la narración de la ineludible caída que sugiere la condición humana. Su obra redunda en la incansable exploración ya no de lo real sino de la desilusión de la experiencia de la realidad en lo íntimo, siempre bajo el dilema que cierra En los reinos de taifa:

“reconstruir el pasado será siempre una forma segura de traicionarlo en cuanto se le dota de posterior coherencia, se le amaña en artera continuidad argumental. Dejar la pluma e interrumpir el relato para amenguar prudentemente los daños: el silencio, y solo el silencio, mantendrá intacta una pura y estéril ilusión de verdad.”