Por Eloy Garza

Como a su compañera preparatoriana Frida Kahlo, a Carmen Jaime la condenó a morir en vida, en los años veinte, un tranvía. Este incidente quedará marcado en la historia de México como una de la peores infamias del sectarismo nacionalista. Ella no volvería a ser la misma desde esa tarde fatídica. Ambas, Frida y ella, eran las únicas mujeres que militaban en Los Cachuchas, aquel grupo anarquista de alumnos de la Escuela Nacional Preparatoria que cometía tropelía y media en contra de maestros y estudiantes timoratos.

Desde antes del incidente en el tranvía (una verdadera infamia de muchachos intolerantes), Carmen Jaime era de por sí retraída y taciturna. Hija de una maestra de escasos recursos, Carmen vestía una especie de túnica sombría y calzaba patines. Mientras caminaba parecía levitar y apoyaba su hombro contra los muros de piedra volcánica de San Ildefonso, como si fuera un fantasma triste. No era guapa como Nahui Ollin ni voluntariosa como Frida ni emprendedora como Antonieta Rivas Mercado. Pero poseía una inteligencia preclara, y cómo señal de rebeldía, se dejaba, igual que la jovencita Kahlo, el cráneo casi a rape (la moda a la garzón) y evitaba cualquier indicio de feminidad. Así se ganaron el mote de “Las Pelonas”.

Su amistad con Jaime Torres Bodet y Salvador Novo duró toda su vida, pero a ninguno de sus amigos bien conectados en el gobierno les pidió o aceptó prebendas o cargos públicos. Prefirió consagrar su vida a litigar como abogada, leer a los clásicos y callar. Después del incidente en el tranvía, Carmen Jaime haría de la mudez un arte o, más bien, una especie de mística sin divinidad.

Las muestras de feminismo en su vestimenta y sus actitudes le acarrearían más de una condena pública y principalmente ser una de las víctimas del Comité Pro-Trenza. El nombre tan nacionalista del comité parecía una broma candorosa, pero se trataba de una cofradía de jóvenes que, solapados tras la excusa patriotera (fue el Doctor Johnson quien acusó a la patria de ser “el último refugio del canalla”), reprimieron a las jovencitas que se salían del canon moral. Se burlaban de ellas en la vía pública, les arrojaban aguas negras y las perseguían en las calles.

Pero la peor parte de ese linchamiento moral contra “lo diferente” se la llevó Carmen Jaime. Con el grito de “abajo las pelonas”, una tarde la turbamulta de los Pro-Trenza la acorralaron afuera de la Escuela de Medicina (irónicamente la antigua sede de la Inquisición). La desnudaron cien manos, la desfiguraron a golpes y entre risotadas la arrastraron hasta un tranvía Peralvillo-Insurgentes que habían secuestrado una noche antes. Ahí sufrió Carmen una violación multitudinaria. Dicen que no derramó ninguna lágrima y solo se quedó como muerta, mirando el cielo. Quizá realmente murió esa tarde.

Varios de sus agresores fueron después altos funcionarios públicos y respetados escritores nacionalistas. Pero ninguno fue procesado. Carmen Jaime no denunció el ultraje masivo y se sumió en una depresión mental de la que no se curó nunca. Murió muchos años más tarde, por segunda vez, sin pareja estable, solitaria, en un departamento ruinoso del centro histórico de la Ciudad de México, rodeada de gatos y consciente de que la rebeldía a veces es un lujo que se paga muy caro.