Por Eloy Garza

A mediados de los años 80 y principios de los 90, surge el deporte nacional de criticar a Carlos Fuentes. Ganaba prestigio el que mejor lo hiciera. Enrique Krauze pública en junio de 1988 en la revista Vuelta de Octavio Paz, el ensayo “La comedia mexicana de Carlos Fuentes”, que en inglés aparecería en The New Republic bajo el título “The Guerrilla Dandy”.

Ayuno de exégesis literaria, Krauze acorrala a su presa en el rincón de la historiografía. Acusa al dandy de pésimo historiador, profesión que el escritor nunca asumió, al menos no de forma deliberada. Por ejemplo, La Campaña (1990) es una parodia de la novela histórica. Cristóbal Nonato (1987), que Fuentes escribió en Cuernavaca, Darmouth College y Princeton, New Jersey, es una ucronía, una novela histórica que no pasó, en vena humorística. Ambas obras son hijas de Terra Nostra (1975), la novela total de Fuentes, abrevadero imaginario en donde la historia estalla en pedazos. Terra Nostra consuma y consume la novela histórica al uso. La identidad española y azteca, simbolizada por el Templo Mayor y El Escorial, Moctezuma y Felipe II, es un espejismo, un juego de dualidades y suplantaciones. Mesoamérica y España mezcladas en un mismo tropo.

Fuentes pública su novela total el mismo año en que acepta ser embajador en Francia, representando al nuevo gobierno (después desprestigiado) de Luis Echeverría. Fueron 26 meses en esa legación que reforzaron en Fuentes su faceta de compañero de ruta del Estado mexicano (“Echeverría o el fascismo” sería su frase tristemente célebre). Desde entonces recibiría todas las prestaciones, emolumentos, premios y estímulos del régimen autodenominado “de la Revolución Mexicana”. Una hermandad curiosa, de beneficios mutuos, que contradice la crítica literaria más devastadora a la corrupción de los gobiernos revolucionarios y mandato de los generales devenidos en millonarios (del caballo al Cadillac; de la Toma de Torreón a Las Lomas). Me refiero a La muerte de Artemio Cruz (1962), la novela más punzante de Fuentes.

Artemio Cruz es el arquetipo mexicano que rompe sus propios moldes y se suma al redil de los personajes casi corpóreos de la mejor tradición novelística, la incorporación de las más modernas técnicas narrativas y su correlación con el cine (Cruz es la versión del Altiplano mexicano del ciudadano Kane norteamericano).

Ese mismo año, como campo paralelo, o como mirada al otro lado del espejo de Artemio Cruz, Fuentes pública Aura, que pudo adolecer de las peores manías de Fuentes (simbolismo acartonado, pasado latente, dualidad de identidad), pero que en esta novela corta embonan como maquinaria de relojería. Aura bastaría para que Fuentes ocupara un lugar excepcional en la narrativa de América Latina o del territorio indoafroamericano (como le gustaba decir al propio autor), sin necesidad del derroche posterior de su talento. La centenaria Consuelo, Felipe Montero y sus dobles fantasmales, son figuras que perpetúan el laberinto de la soledad mexicana. Esos intercambios de identidad, esas dualidades paradójicas, también las encarna madre e hijo en la novela Zona Sagrada (María Félix y Enrique Álvarez Félix, júnior convertido literalmente en perro de su progenitora) y en los dos parejas viajeras a Veracruz que por azar pernoctan en Cholula de la novela Cambio de piel, ambas obras de 1967.

En 1958, corre el rumor de que el buen narrador que es el joven Carlos Fuentes tras la publicación de su libro de cuentos Los días enmascarados, dará a luz su primera novela, como versión literaria de los murales de Rivera, Orozco y Siqueiros. La región más transparente quizá no sea la novela urbana de la mexicanidad, pero sin duda es la crónica más abarcadora de la Ciudad de México. Su técnica de ensamble, conjunciones y disyunciones, su coro de voces, son más herencia de la escuela plástica del cubismo, que de los frescos que ilustran la historia de México. Solo quienes hallan vivido lo suficiente en la Ciudad de los Palacios, aprecian en su justo valor esa condensación narrativa de todos los rincones, aromas, imágenes, psicologías y tradiciones que se amontonan en un mismo tiempo y espacio. “En México no hay tragedia; todo se vuelve afrenta”.

Esta primera novela pudo ser escrita por un muchacho ambicioso, multifacético, de izquierda, que vivió el New Deal de Roosevelt, en Estados Unidos, el Frente Popular de Pedro Aguirre, en Santiago de Chile y el régimen de Lázaro Cárdenas en México; un muchacho itinerante, nómada, gracias a la profesión diplomática de su padre, Rafael Fuentes, jalapeño de origen alemán, ateo y liberal, y una madre, Berta Macías, que lo llevó a conocer el cine, con el mismo asombro del coronel que lo llevan a conocer el hielo. Carlos Fuentes nació el 11 de noviembre, de 1928.