Por Eloy Garza

Carlos Fuentes muere en mayo de 2012, en olor de multitud (que es la versión secular del olor de santidad). Pero tres años antes, al cumplir sus ochenta años de vida, es consagrado como la gran figura pública de México (no precisamente una consagración literaria sino que va más allá). Seminarios, mesas redondas, homenajes en vida, lectura del autor en el Auditorio Nacional ante 5 mil personas. Una celebritie poco leído pero muy reconocido. ¿Por qué?

Sus últimas novelas (a partir de los años noventa, pero quizá poco antes) no son novelas, sino un batiburrillo de ensayos sociológicos, lugares comunes sobre la mexicanidad, referencias cinematográficas, simbología azteca, flujo narrativo que se estanca en la cita breve, lecciones de urbanismo, regodeo retórico y personajes- guiñol por donde asoma la mano del escritor deslumbrante que quiere, a toda costa, ilustrar, educar, sermonear.

Sin embargo, milagrosamente sus no-novelas funcionan. Operan bajo el código metanarrativo del entretenimiento. Fuentes quiere que lo lean e insiste a capa y espada en su condición de best seller. Son artefactos lingüísticos sujetan al lector de la mano y lo llevan a lugares fantásticos, con personajes absurdos, situaciones ridículas: el “campo magnético de irrealidad” que Fuentes ha levantado en torno suyo. La Edad del Tiempo es, a estas alturas, un cúmulo narrativo desaforado, pero no ilegible.

Adán en Edén (2009), por ejemplo, induce al humorismo involuntario. Una obra menor, de un intérprete de la actual realidad mexicana que ya no está en el campo de batalla, sino parapetado en el cómodo torreón hogareño, con lecturas de segunda mano sobre la trata de menores y el narcotráfico. Una dualidad violenta (otra más en la interminable narrativa de Fuentes) entre un millonario, Adán Gorozpe y un jefe de policía corrupto, Adán Góngora: más arquetipos que personajes.

La voluntad y la fortuna (2008), supuesta obra mayor, es seductora pero inconsistente; su andamiaje imaginario no se sostiene en pie: comienza como novela negra, con una cabeza cortada (“la número mil en lo que va del año”) que nos narra en primera persona, su historia personal. Y uno infiere, por el crimen organizado que aterroriza a la población en aquellos años y los actuales, que Fuentes al fin nos dará pistas sobre cuándo se jodió México. Pero no.

El autor supone que la crisis institucional se da únicamente por el duelo íntimo del Presidente con el principal magnate de la telefonía celular (favor de no confundir al verdadero Carlos Slim con el imaginario Max Monroy). En ese cruce de espadas entre gigantes (que hablan como filósofos renacentistas), llevamos las de perder el resto de los habitantes.

Jericó, él personaje principal contempla una estatua de Vasco de Quiroga, y el fraile le platica su vida en favor de los indígenas. Jericó lee a Maquiavelo, y el florentino le sistetiza su doctrina sobre el poder. Jericó se topa con Lucha Zapata, que intenta robar un avión en el aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y milagrosamente ningún policía la detiene.

Los pocos capos del narcotráfico que de refilón, (por no dejar), se aparecen casi al final de la novela, no usan las automáticas “cuernos de chivo” sino las semiautomáticas R-15 o M-16 y disparan con .357 Magnum, como en las películas de Hollywood. Un mundo de mentiras. Pero mi experiencia personal pasa por el suspenso de saber, hasta el último capítulo, quién le cortó la cabeza a Jericó. Y la revelación es tan alucinada, tan jalada de los pelos, que uno suelta la carcajada. He caído una vez más, como inocente que se deja engañar, en el “campo magnético de irrealidad” de Fuentes.

Sin embargo, para ese entonces, el magisterio cívico del autor es tan contundente, y tan declarada su generosidad para las nuevas generaciones de escritores, que cualquiera se siente tentado a ver en Fuentes nuestro modelo de mexicano perfecto. Cosmopolita, políglota, erudito, un artista de cine sin serlo, y el más grande escritor nacional sin tampoco serlo.