Por Eloy Garza

Las muertes repentinas inspiran reflexiones metafísicas. Más si el muerto fue figura pública. Más aún si el muerto fue buena gente. Rafael Tovar y de Teresa fue figura pública y en lo personal fue buena gente. Hasta ahí.

Los corifeos de toda figura pública entonaron sus loas a Tovar y de Teresa horas antes de que muriera. El gobernador del Estado de México le dio el pésame a los familiares de Tovar cuando éste agonizaba en una cama de hospital. En un desplante de lirismo, Jorge Volpi dictaminó que había sido el mejor funcionario de cultura desde Torres Bodet en adelante.

Eruviel Ávila se precipitó y Volpi se voló la barda. Diré una herejía pero el tránsito de Tovar y de Teresa por la administración pública no fue para tanto. Alabar al recién fallecido es deporte nacional. Nada que reprocharle a esta tradición fúnebre que nos dignifica como pueblo. Por el contrario, no es buena costumbre elogiar a los políticos por las dependencias públicas que crean y no por los libros o las obras de teatro o de danza que llevaron a los poblados y ejidos; los admiramos por el gasto corriente que incrementan y no por la cultura que derraman.

Tovar debió renunciar desde hace meses a la Secretaría de Cultura. No estaba en condiciones físicas ni mentales para continuar con la edificación de tamaño aparato burocrático. Pero en México el funcionario público está acostumbrado a asumir el cargo como una prebenda, un marquesado que termina con la muerte del marqués.

Tovar y de Teresa fue un hombre caballeroso y gentil. Un estupendo mediador en CONACULTA. Un mal escritor (sus ensayos sobre Porfirio Díaz desbordan frivolidad y datos nimios). No se le puede pedir a Tovar que fuera la versión mexicana del multifacético André Malraux. Pero tampoco estuvo a la altura (ni de lejos como lo pretenden Volpi y compañía), de Jaime Torres Bodet y mucho menos de Vasconcelos. Suponer este parangón es un despropósito, una exageración que deslustra la memoria del difunto.

Duele la muerte de Tovar y de Teresa, como duele la muerte de los hombres en el mejor sentido de la palabra buenos (A. Machado). Las buenas obras y acciones que prodigó en vida, no merecen el tufo del incienso zalamero ni los elogios saliveros de sus amigos, esos que ahora se pelean a dentelladas sus despojos burocráticos.