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Por Enrique Ruiz Acosta

No hace mucho vi Er ist wieder da (2015), película alemana que narra la reaparición de Adolf Hitler en el mundo contemporáneo. No se sabe cómo pero un día despierta intacto en suelo alemán, con la misma edad que tenía al desaparecer, así que la película inicia en un tono jocoso, de parodia, mientras Hitler trata de adaptarse a todos los cambios tecnológicos, sociales y políticos que han ocurrido en 70 años. Luego, poco a poco va adquiriendo un tono crítico y sarcástico, en la medida en que su inquebrantable anhelo de poder lo impulsa a buscar a los políticos de los partidos actuales. Y retoma su lugar utilizando los medios masivos gracias a que su co protagonista en la película, un reportero en crisis, lo promueve fascinado con la verosimilitud de su discurso, todavía en la creencia de que es un actor que ha llevado su representación hasta las últimas consecuencias. Una paradoja.

Lo interesante de la película es ese paso de la broma a la incredulidad. El discurso nacionalista del Fürher empieza a producir sentido (nuevamente) en el contexto Europeo actual pues se identifica con las voces de los ciudadanos molestos con el interminable arribo de inmigrantes a su país. Entonces la realidad toma el control de la ficción fílmica y nos muestra el anhelo de gente entrevistada que sienten malestar con los acontecimientos recientes que se repiten por todo el continente europeo, con clara tendencia a exaltar un pensamiento y una acción nacionalistas que, evidentemente, son expresados en el viejo discurso de Hitler: la restauración de un pasado diáfano, propio, puro, que se evoca con nostalgia. Esa es la ficción. Las crisis económicas contemporáneas de Europa, las frustrantes respuestas del mundo político y la intolerancia a las oleadas de migrantes que siguen llegando a la Comunidad Europea en busca de refugio, encuentran eco inmediato en el discurso de Herr Adolf.

La película vale la pena. También hace poco vi un documental franco-canadiense muy interesante, Paris 1919: seis meses que cambiaron el mundo (2008), que revisa el proceso de negociación de paz posterior a la Primera Guerra Mundial. El largometraje utiliza documentos fílmicos de aquellos días y recrea con actores algunas de las discusiones entre Estadistas para explicar dramáticamente los acuerdos que tuvieron lugar durante la firma del Tratado de Versalles. Ese momento histórico dio origen al orden mundial tal y como lo conocemos hoy. Se re dibujaron los mapas de gran parte del mundo y se prepararon las condiciones para la globalización (pero también para la Segunda Guerra Mundial) como se hace evidente en la narración.

Estas negociaciones de París además dieron origen a naciones inéditas en Oriente Medio. La mayoría de las fronteras (entre ellas, las de Siria) fueron constituidas artificialmente sin tomar en cuenta su diversidad religiosa, étnica e histórica. Es una región que a lo largo del siglo XX se ha mostrado inestable, desordenada, en crueles guerras. Tener inmensas cantidades de petróleo y gas atrajo la codicia de los europeos al inicio del siglo XX, así que los nacientes gobiernos de Oriente Medio no tuvieron una lógica propia para configurarse como identidades nacionales, sino que fueron producto arbitrario de la intervención de los europeos apoyando o derrocando dictadores, movimientos sociales, revoluciones y partidos políticos. El documental no abunda en este asunto, pero dice suficiente para comprender el origen de la crisis de las sociedades así construidas que se extiende durante todo el siglo XX y llega hasta la actualidad. Lo encuentran en YouTube, al igual que un breve video que esquematiza la importancia de esta región para el mundo moderno: Historia del conflicto en Oriente Medio (https://www.youtube.com/watch?v=XDfgohEtHbU). Bastante claro, me parece.

El uso de los discursos nacionalistas se sigue repitiendo. Hoy es Donald Trump quien lo retoma. Parece una broma pero la señalización de que todos los males de Norteamérica se representan en los mexicanos por un lado, y en el mundo musulmán por el otro, es un acto retórico revulsivo que busca aprovechar el malestar del electorado norteamericano. La desesperanza actual, la crisis económica y la voracidad de los medios masivos le dan una entrada espectacular y única a un orador experimentado como Trump, quien ofrece promesas de recuperación poco viables, pero si intensamente deseables (¿suena familiar? lo es). “Lamentablemente, el sueño americano está muerto. Pero si resulto electo presidente, lo haré volver más grande y mejor y más fuerte que nunca antes, y haré grande a Estados Unidos de nuevo”. Trump es un perspicaz orador, sagaz y punzante, que parece encontrar las palabras que cada audiencia quiere escuchar, pero no parece tener madera de estadista. Es en esa verborrea donde asume semejanza con la película de Hitler y su discurso con fines electorales (pero con poco apego a los compromisos y limitaciones del poder actual).

“Estados Unidos se ha convertido en el basurero de todos los problemas de los demás…” dijo antes de criticar el avance económico de países como China y Japón, y de afirmar que México está “ahogando económicamente” a Estados Unidos (CNN). Su procacidad e intemperancia discursiva es atractiva para encender las redes sociales. Y es que a diferencia del siglo XX, los políticos del nuevo siglo son parte del fenómeno de inmediatez informática que ha traído la red global. De 15 años para acá, cualquier elección por pequeña o grande que sea, va acompañada por una tensión de superficies que antes no era posible que sucediera. Simpatía, escarnio, descalificación, popularidad, difamación penetran a una velocidad que es nueva. La influencia de la prensa y la televisión ha dejado de ser hegemónica en los procesos electorales. Ahora han irrumpido las redes sociales; pero esta nueva presencia se mueve caprichosamente, produciendo rumores, revanchas, anonimato, hackers y memes.

Los nuevos medios propician el extravío del sujeto moderno. En un artículo de la revista Nexos online titulado Intelectualidades Colectivas (1 de octubre, 2015), Luciano Concheiro y Ana Sofía Rodríguez afirman que el intelectual (es decir, el ideal de la sociedad moderna, el sujeto emancipado y autónomo capaz de participar críticamente en la transformación de la vida) está desapareciendo. “Los intelectuales son seres del pasado. Estos individuos —que generaban ideas, se involucraban e incidían en la esfera pública a partir de ellas— son cada vez más escasos y tienen menos poder. Si bien se sigue produciendo conocimiento que dialoga con la sociedad, su estructura, alcance y portavoces han cambiado.” Agregan además que los intelectuales han sido sustituidos por los expertos (experts), los tecnócratas, también por los académicos, y finalmente por “los periodistas y articulistas, que sí son leídos por amplios espectros de la sociedad pero que, en realidad, no producen ideas originales ni de gran calado. Se limitan a comentar la coyuntura desde una visión particularista, que no alcanza a explicar más que la epidermis de los fenómenos sociales y que tampoco se preocupa por profundizar y teorizar, pues sabe que la noticia de mañana será otra. Son estos personajes a quienes Roger Bartra ha nombrado los ‘opinadores’ y Jorge G. Castañeda la ‘comentocracia’. Por último están los activistas que, si bien participan en la esfera pública, se limitan a adoptar e impulsar ideas de terceros para atajar y pensar las problemáticas sociales a las que buscan responder.”

La proliferación de opinadores es lo que sostiene a políticos como Trump. La pugna por la presidencia de los Estados Unidos se apuntala ahora en la construcción de redes de opinión. Obama también lo hizo pero en una coyuntura política diferente. Y lo mismo está sucediendo en casi todos los países en los que las redes sociales tienen presencia importante. ¿Cómo sopesar este acontecimiento? Es complejo, aún no está claro. El usuario de internet parece ser un sujeto poco reflexivo (si entendemos por reflexivo el esfuerzo sistemático de operar sobre sí mismo en la construcción de una meta-conciencia), disperso, ocasional, separado de la actividad política o social por la misma tecnología que lo atraviesa. Es un consumidor frenético de las redes sociales aún cuando solamente lee un par de líneas de texto antes de brincar a otro asunto. No le preocupa contextualizar ni comprender algo que fluye frente a sus ojos en un contínuum, en una cascada interminable. Es una nueva experiencia existencial en la que sujeto y medio son un conjunto cerrado. La computadora y la tecnología móvil se fusiona con la persona, lo rodea, la habita. El sujeto existe, en tanto que está conectado y lo que predomina en esta relación con imágenes y textos es la consolidación de una banalidad cuyo efecto es altamente gratificante, a la vez que aislante de otras experiencias. Perder el tiempo nunca fue tan fácil. Nos hemos convertido en lo que G. Orwell aventuraba en su novel 1984: “Lo más característico de la vida moderna no era su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido.”

Los políticos están aprendiendo a sacar provecho de estas experiencias. En Monterrey la campaña electoral online de El Bronco como candidato independiente le ayudó a superar su distanciamiento con los medios masivos de comunicación que lo denostaban por no estar abanderado por el panismo o el priísmo. El Bronco (un priísta de la vieja escuela) logró generar simpatía en las redes sociales y en una combinación de circunstancias afortunadas, ganó las elecciones canalizando el malestar que PRI-PAN habían generado por años. No obstante, aparte de estos gestos de “rebeldía” y entusiasmo del candidato independiente, su campaña no desplegó un proyecto sustentable de transformaciones políticas o sociales que lo acompañaran. Todo quedó para inventarse sobre la marcha.

Peña Nieto en la Cumbre de Líderes de Norteamérica realizada en Ottawa en 2016 trató de abordar la situación al responder una pregunta concreta sobre Trump y su semejanza con Hitler, a lo que dijo, en el estilo turbio y desvergonzado de cualquier político mexicano: “Hay actores políticos, liderazgos políticos que asumen posiciones populistas y demagógicas, pretendiendo eliminar o destruir lo que se ha construido, lo que ha tomado décadas construir, para revertir problemas del pasado”. Y después agregó que: “Los líderes que recurren al populismo y la demagogia venden soluciones fáciles a los problemas del mundo, pero no es tan sencillo.” El presidente mexicano intentó decir algo coherente sobre Trump pero seguramente también pensaba en López Obrador, el némesis del Estado Mexicano. Lo interesante vino un poco después cuando el presidente Obama consideró necesario hacer una precisión sobre el asunto: aclaró que los discursos populistas también son legítimos cuando tienen una vocación social, pero que no podría llamarlos populistas si su finalidad es simplemente obtener votos. Eso es cinismo. ¿Lo habrá comprendido Peña Nieto? Lo dudo.

En fin, de Herr Hitler a Mr. Trump hay un cambio importante de paradigmas respecto a los sujetos que somos y los “nuevos” sujetos en los que nos estamos convirtiendo con la globalización, la tecnología y la informática. Aún no hay certidumbre de que va a suceder, se están experimentando posibilidades. Y Trump no podrá sostener sus contradictorias opiniones todo el tiempo que durarán las elecciones ni tampoco será un dictador en caso de llegar a la presidencia. Pero lo que si resulta claro es que la clase política ha sido tomada por sorpresa. Millones de opinadores se están manifestando en múltiples superficies sin otro fin que escribir lo primero que se les viene a la cabeza acerca de Donald Trump o de cualquier otro asunto. Es el extravío en el laberinto.