mexico20

 

Por Javier Raya

 

Es un lugar común que no hay que juzgar un libro sin haberlo leído, a pesar de que como lectores no sólo juzguemos, sino incluso los presentemos sin haberles dado una lectura profunda. A un nivel superficial, epidérmico, el libro en tanto objeto puede ser engañoso: las portadas más bellas pueden contener los bodrios más insufribles, y una edición modesta puede ser una pieza maestra de escritura. Sin embargo, los libros —digitales o impresos— comienzan a hablarnos incluso antes de que los leamos, incluso antes de que nos percatemos de ello: los prejuicios o aficiones que tenemos contra sus autores o editores, la vía por la que llegamos a ellos (recomendación, reseña, préstamo, robo, trabajo, etc.), así como las condiciones en que los artistas crean y la industria editorial difunde sus ejercicios, son aspectos que pueden y deben traerse a la conciencia, pues de lo contrario operan tras bambalinas en forma de hipocresía, enconos, cotos de poder y toda la maraña con la que uno se encuentra cuando se asoma a eso que a falta de una calificación mejor llamamos “literatura mexicana.”

Quisiera comenzar así una reflexión sobre un libro que ha hecho hervir las redes sociales durante los últimos días a pesar de que nadie lo ha leído: la antología México 20: La nouvelle poésie mexicaine, encomendada por la flamante Secretaría de Cultura y cuya selección corre a cargo de Myriam Moscona, Tedi López Mills y Jorge Esquinca. Según los comunicados de prensa y las notas periodísticas que han cubierto el tema, la antología fue preparada para su distribución en el Marché de poésie de París, donde México es el invitado de este año y donde al parecer también serán ofertados 500 libros de poesía mexicana traducida al francés y otros tantos en español. (Al calce: La nouvelle… no es la única antología mexicana que se presenta en el Mercado: también estará disponible Avec du soleil sous la semelle Onze poètes mexicains d’aujourd’hui, preparada por Jean Portante, que no ha merecido el mismo fragor de comentarios tal vez porque no es un proyecto que auspicia ni encarga directamente el gobierno federal.)

Los 20 convocados de La nouvelle son hombres y mujeres menores de 50 años con sólidas trayectorias a cuestas, y por “sólidas” me refiero a que cuentan con 1) obra publicada, 2) recepción crítica, 3) premios estatales, nacionales y en muchos casos internacionales de poesía, y 4) que han sido beneficiarios de los programas de becas para escritores del FONCA, de la Fundación para las Letras Mexicanas o del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Son sobre todo el segundo y el tercer apartado los que, me parece, construyen la carga semántica del adjetivo “oficial” que se ha utilizado para calificar dicha antología, y lo que genera las mayores suspicacias.

Sin demeritar la obra de los convocados, creo que vale la pena considerar que la selección de los antologadores no parece muy arriesgada en términos estéticos: un lector informado podrá pensar en otros 20 ó 30 nombres que en el panorama de la poesía mexicana actual cumplan con los “requisitos” enumerados anteriormente. Como lector, yo no metería en el mismo saco estético a los 20 poetas antologados (vaya, tal vez ni siquiera en la misma habitación), pero a menos que se trataran de textos absolutamente inéditos no puedo dejar de notar un contexto que les es común: escriben en español, en su mayoría provienen de la Ciudad de México y Guadalajara, lo cual no es ni por mucho representativo de la diversidad étnica y lingüística del país; si se les presenta en conjunto es porque así conviene a las prioridades y gustos del comité de selección, de las lecturas que alcanzan su radar. Esto ofrece una visión peligrosamente consensual de la poesía mexicana, pues hace suponer que dentro del aparato de apoyos del Estado caben todas las voces, estéticas y lenguas en que se escribe hoy en el país, lo cual es falso. No se trata de un argumento estético ni de calidad literaria, sino de la política editorial del Estado, extensión natural, como trataré de argumentar más adelante, de su política de blanqueamiento de imagen.

Recordemos que en 2015 tuvo lugar una polémica parecida en torno a México20, antología de narradores menores de 40 años comisionada por Conaculta a Cristina Rivera Garza, Guadalupe Nettel y Juan Villoro para ser distribuida en el mercado inglés. Entonces como ahora los comentarios no son muy diferentes: se habla sin conocer los textos, es cierto, pero tampoco se acierta a poner el esfuerzo crítico en el papel del gobierno en la supuesta promoción de la literatura, ni en la manera en que esta promoción opera como un lavado de imagen (esto es, del PRI, del PRIsidente Peña Nieto y de la realidad social donde cada media hora una persona es asesinada).

¿En 2017 nos encontraremos en similares lides de redes sociales a respecto de “México20: los ensayistas contraatacan”? ¿En 2018 “México20: el regreso de los dramaturgos”? ¿Y para cuando los cronistas?

El argumento “oficializante”, esgrimido con particular insidia por Heriberto Yépez contra La nouvelle se convirtió en algunos casos (como en el decepcionante intercambio de descalificaciones que sostuvo con Julián Herbert en Twitter), no debe ser tomado a la ligera, pues lo “oficial” no sólo se refiere a esta antología, sino sobre todo al carácter nacionalista del programa de literatura de la Secretaría de Cultura, que da continuidad a la preceptiva de la que participa la antología de narradores del 2015. Lo oficial se refiere, pues, a la operación metonímica mediante la cual el aparato de Estado trata —infructuosamente, esperemos— de englobar la complejidad y diversidad de voces de la literatura mexicana actual (ese monstruo mitológico y precarizado que el Estado ordeña aunque no se preocupe por comprender) a través de unos cuantos exponentes “exportables” y que no harán quedar mal al cuerpo diplomático hablando de la grave situación social, económica y política que atraviesa el país a través de su obra (espero tragarme estas palabras y que los convocados en libros como La Nouvelle sean realmente sensibles a la situación del país, así como capaces de reflejarla fuera de él).

En lo personal, me da gusto que muchos de los incluidos vean su trabajo en traducción, y espero que el trasvase de lengua fomente una discusión y lectura críticas de sus obras tanto en México como en el extranjero. Mi señalamiento no se refiere —por el momento— a las obras ni nombres incluidos en La Nouvelle porque, como traté de hacer evidente líneas arriba, creo que todos los incluidos forman parte del proyecto cultural de blanqueamiento de conciencia e imagen que el gobierno está promoviendo, a sabiendas o no. En otras palabras, la Secretaría de Cultura, creada por decreto presidencial y anunciada durante el pasado informe de gobierno, no los promueve a ellxs ni a sus obras, sino a sí mismo.

Podría hacer sonar las campanas de la paranoia y decir que es una estratagema del gobierno en turno, pero es fácil darse cuenta mediante una somera revisión histórica que el vínculo entre los escritores mexicanos y la cultura —ahora sí— oficial siempre ha padecido del lastre exotista, de hacer que las mejores plumas del país conformen un penacho atractivo para los inversionistas extranjeros, de modo que el gobierno pueda transformar el capital simbólico de la cultura en capital económico. Pensemos rápidamente en la tradición de mandar escritores cual emisarios diplomáticos para que el así llamado primer mundo deje de vernos como salvajes que se matan a la menor provocación y se animen a abrir sus changarritos transnacionales en el país a costa de los recursos naturales y el trabajo mal remunerado de los mexicanos. Lo malo no es que un escritor mexicano sea traducido y viaje a otros países, sino que el gobierno en turno se pare el cuello a costa de su trabajo. Los salones y ferias internacionales del libro son la versión literaria de esas ferias agropecuarias donde los ganaderos exhiben a las reses más fecundas y los sementales más desarrollados. No está de más recordar que la voz griega antholegein se traduce como “ramillete de flores”: el peligro que percibo es que el gobierno trate de “descafeinar” la poesía mexicana volviéndola oficial, museificándola más que censurándola, volviéndola un objeto decorativo o colocándola dentro de un jarrón durante las recepciones oficiales o exhibiéndola como el último de los quetzales en peligro de extinción. En este punto estoy de acuerdo con quienes dicen que es necesario leer La Nouvelle para criticarla: los poemas —y no el discurso complementario que sus autores hagan de ellos— hablarán, o no, por sí mismos.

Mientras el aparato de becas, premios y publicaciones oficiales no sea criticado principalmente por aquellos que se benefician de él y que en tanto mexicanos están en su derecho de beneficiarse de él, escribir en México seguirá siendo una labor irrelevante políticamente, y las facciones en pugna dentro del gremio seguirán convenientemente divididas. Está de más decir que sí, que en lo personal creo que el ejercicio de la palabra implica una responsabilidad y una conciencia política, en tanto que el lenguaje siempre parte y siempre vuelve a una comunidad de sentido a la que los escritores no podemos (ni podríamos, bien visto) ser ajenxs.

Esta situación se repetirá cada año en el gremio literario que seguirá discutiendo, como si de futbolistas se tratase, a los seleccionados para ser empaquetados e importados a expensas del erario. ¿No sería mejor concentrar nuestras energías en fortalecer la discusión estética en vez de usar la estética para justificar las estrategias exotizantes del gobierno? Por fortuna creo que gremios como el de los músicos, los artistas plásticos y multimedia y el del teatro están mucho más avanzados y sanos en ese sentido, pues conforman comunidades vitales y colaborativas que no temen luchar por los derechos de todos en lugar de favorecer resentimientos personales (es cierto, no siempre pasa) y disputarse cotos de poder. Mientras no aprovechemos los recursos que el Estado sigue disponiendo (cada vez menos) para el ejercicio de nuestra profesión, y mientras no aprendamos a hacer frente común con otrxs compañerxs, el arte promovido por el estado mexicano seguirá siendo tratado como una actividad elitista, o populista (mientras escribo esto, frente al monumento a la Revolución se levanta una réplica de la Capilla Sixtina). Recordemos finalmente que nuestras pequeñas guerras civiles y egóticas tienen lugar en medio de la peor crisis de derechos humanos que ha vivido el país en su historia reciente; no aprendamos del gobierno a ser ajenos e insensibles —nosotros, los que se supone que hemos hecho de la palabra y su ejercicio una vocación.