Por Alejandro Vázquez Ortiz

 

El dilema de la democracia no está en la selección del candidato o partido a votar. Ni siquiera en el dilema de la abstención o la participación desaforada en las urnas. Esas discusiones son poco más que discreciones en vacío, inoperantes e inútiles. Votar o no votar, votar por azul, amarillo o rojo, monta tanto.

El debate sobre la democracia tiene que partir de otros derroteros. El de intentar entender por qué no solo no funciona, sino que se ha convertido en una justificación perfecta de la sinrazón global, una dictadura del analfabetismo funcional, una idiocracia incuestionable. Poner nombres de partidos o políticos no solo distrae, sino que es la herramienta por medio del cual la democracia se parcha a sí misma. Si creemos que el nombre tiene la culpa, insinuamos que hay alguien que podría no ser malo. En la experiencia nacional de 15 años de democracia (y en la observación del escenario mundial) ya deberíamos saber que la alternancia ya es sólo una caricatura.

No. No hablamos de entes particulares, meros ejecutores y administradores del Estado Democrático. Ellos son meros engranes. Si uno llega a faltar, alguien más lo reemplazará con la misma capacidad de torpeza o efectividad (según se mire). Lo que me interesa es la constitución misma de la idea de democracia, pues en ella está inscrito su destino a fracasar.

En efecto, la inoperancia no se basa en una condición infraestructural, sino en una contradicción de suyo insalvable. Esto es, que la preminencia se encuentra en el individuo y no en el pueblo.

Esta contradicción ya la señalaba Antonio Machado en el Juan de Mairena: que los individuos no se pueden sumar. Y que, definitivamente, la suma de los mismos no puede ser algo ni remotamente parecido al pueblo.

Agustín García Calvo resumía esta contradicción de forma más tajante descomponiendo la palabra: démos y krátos: ¿cómo el pueblo iba a tener el poder? Si el poder solo sirve para una cosa: aplastar al pueblo. No, señores, el poder no le puede servir al pueblo. No se lo puede detentar. Quienes lo detenta son los individuos, y en tanto nos identifiquemos nosotros con los individuos seremos esencialmente reaccionarios.

He aquí la contradicción intrínseca de la democracia: procurar el bien público apelando a la soberanía individual.

Podríamos pensar que la idea griega original no era tan mala. La democracia griega es una experimentación de las colonias en las zonas occidentales de Turquía en la antigua Jonia. Y no parece descabellado considerar una conexión entre el nacimiento de la filosofía, la crisis de los reinos micénicos y la experimentación de sociedades más horizontales.

Pero hay una diferencia crucial: la democracia griega se basaba en la despersonalización del ciudadano. Es decir, la elección de los funcionarios se hacía por azar. El azar es el mejor antónimo que se pueda imaginar contra la parafernalia estúpida del voto, la campaña electoral y la elección representativa.

Hay que decirlo para enmendarle la plana a las campañas: de abstencionismo, electorales o de voto razonado: ¡usted no importa! Su voto, no importa. Y entre menos importe, mejor aún. No tenga miedo en confundirse con esa cosa sin nombre donde nada de lo que es usted importa, el pueblo.

Que ya lo dijo mejor que yo Víctor Jara: Usted, no es n’a, ni chicha ni limon’a.

Si deja de votar, tampoco importa. Si vota después de un férreo análisis, no interesa. No hay prisa por los cambios. El pueblo, y creo que eso es lo más asombroso de todo, sobrevive a los políticos, genocidios, guerras, pestes y hambrunas… nos sobrevive a usted y a mí sin espavientos demasiados.

Reconozcamos la gran mentira del individuo: cuando necesitábamos Ilustración, nació el Capitalismo. Cuando necesitábamos horizontalidad y despersonalización; nació un individualismo de pirotecnia reaccionario.

Contra esto y contra la democracia solo hay una vacuna: recordar que lo que uno haga, no importa. Repetirlo como un mantra… y mentir lo menos posible.