Por Javier Raya

 

¿La diarística puede servir para algo más que el rumiar de la experiencia? ¿El diarista es una vaca —el cuaderno uno de sus múltiples estómagos? ¿Qué deja entrever la metáfora digestiva? Escribir mierda —mucha— pero escribir. Lo que el día no alcanza a digerir abona para el día siguiente.

 

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Tuve mi primera página de Internet en 1997 en GeoCities. Estaba obsesionado por entonces con los bestiarios medievales, por lo que el blog consistía en una serie de entradas —entre informativas y fantásticas— sobre dragones, grifos, catoblepas y esfinges. El siguiente blog fue en el 99 sobre lenguas muertas —sólo puedo escribir desde la obsesión, no para curarla sino para prolongarla— y alfabetos que nadie ha usado en siglos, el caldeo, el arameo, el egipcio antiguo. La piedra Rosetta fue mi santo grial. Luego vino la turbulencia: la mudanza de ciudad, el cambio de casa, la soledad del Bajío mexicano, de su clasismo normalizado, de la preparatoria y mi primer empleo no remunerado (el primero de muchos) como moderador de un foro literario, agonia.net. Me refugié de la vida social en la historia de la filosofía de Coppleston, y en la obra de un médico vienés que mató a uno de sus pacientes al prescribirle cocaína, Sigmund Freud. «La casa invisible» fue mi blog de ese tiempo, que borré por ignorancia y asco. Luego hice «Saldos» y finalmente «Cuaderno de Raya», que cumple 10 años en 2016 sin bombo ni platillo de ningún tipo, silenciosamente como un loto de pantano. A veces me piden que redacte mi curriculum vitae: ¿cuenta como experiencia laboral el haber perdido mi juventud no en los burdeles, como Gonzalo Rojas, sino en las bibliotecas?

 

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El lenguaje es una forma de presencia: estar en el lenguaje es estar en presencia de otro latente, supuesto, presentido o convocado en la mera aparición de los caracteres. Es la soledad compartida con ese otro que nunca termina de aparecer pero que deja su huella en la dirección —en el sentido— en que los alfabetos occidentales van de izquierda a derecha, en fuga perpetua. Me tradujeron unos textos al árabe y no me reconozco en esos garabatos que van de derecha a izquierda. ¿Cómo decía Ajmátova? No importa la lengua que utilice para estar solo.

 

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«Esta palabra nada significa (la significación es una categoría lingüística). Ríe. Ríe silenciosamente como un personaje de Sartre —Eróstrato— ante las piernas abiertas de una prostituta (el habla). Ríe, o lo que es lo mismo, Comunica: lo que logra incendiando el templo de la Prostituta —Diana, el habla—, o disparando contra él, con certero dardo, con el arma dotada del más eficiente silenciador: la escritura, que es esa Palabra Aparentemente Vacía cuando está puesta sobre el papel.»

—Leopoldo María Panero, del prólogo a Matemática demente de Louis Carroll.

 

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Tengo un minuto libre. Mientras lo escribo, el minuto se hace más corto, mecha que se acorta y cuyo reguero de ceniza son estas palabrejas. El Sebas lee a Pessoa en la sala, el plomero arregló la fuga y ya tenemos ducha, terminé una cantidad razonable de trabajo como para que mis empleadores se olviden de mí por unos días, y en vez de salir a caminar o ponerme a hacer cualquier cosa lejanamente productiva me vengo a encerrar en este rectángulo de papel. La escena de la escritura, la llama Derrida. Una postal cuyo destinatario siempre es un fantasma. El minuto está a punto de concluir.

 

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En la fiesta de ayer perdí una pluma que amaba. Hoy compré esta Waterman en el baratillo y funciona bien. No se le puede llamar colección a estos instrumentos de escritura que terminan por dejar de funcionar tarde o temprano, como la Parker que me regalaron el año pasado y me aguantó dos cuadernos nada más. Parecen máquinas hechas para firmar tratados internacionales, acuerdos de paz (declaraciones de guerra), para salir en la foto. Pero las plumas fuente dan toda la comodidad de la que carece el acto de apersonarse en la página, operación siempre incómoda, intrusa, interruptora. Y también sumamente placentera. Incluso decir en voz alta mi rubro laboral («escritura») me produce un gozo indefinible.

 

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«Un hombre va al saber como a la guerra: bien despierto, con miedo, con respeto y con absoluta confianza. Ir en cualquier otra forma al saber o a la guerra es un error, y quien lo cometa vivirá para lamentar sus pasos.»

—Carlos Castaneda, Las enseñanzas de don Juan.

 

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Ayer vino Tania. Se fue. Vinieron Sebas y Rafa. Se fueron. No hice nada, no escribí nada, no trabajé nada. Fui muy feliz.