Por Alejandro Vázquez Ortiz

 

¿Se les ocurre nada más detestable que el mortal tufo de aburrimiento que destila el deporte? Sea para la profilaxis y salud de los individuos, o para desgañitarse en la pasión televisiva del encuentro deportivo, pocas cosas se me figuran tan fascinantes como el gran triunfo del deporte como actividad central de nuestra sociedad.

Las pasiones e identificaciones: en los equipos y los atletas de alto rendimiento. Los regímenes y propósitos de superación: en los maratones militares y los levantamientos de peso gimnástico. Todo eso siempre me ha provocado inquietud.

No tanto por su desarrollo. Que eso, francamente, no le importa a nadie. Como el bostezo que damos al apagar el despertador o la breve calistenia antes del café. ¿A quién le importa el desarrollo de lo que no es información?

Puesto que lo que parece importar del deporte es su capacidad de convertirse en información. Por ello es necesario que todo acontecer deportivo esté cubierto a su vez por métricas y estadísticas precisas. No sólo se trata de jugar, desarrollar o correr. Se trata de medir, producir y emitir. Cuánto porcentaje de posesión de la pelota tuvo cada equipo, porcentaje de efectividad en conexión del cuarto bateador, minuto preciso de la anotación ganadora, conteo exacto de la vuelta 493 al óvalo de supervelocidad.

El deporte no es un desarrollo sino una producción. Es un evento dispuesto a rellenar de tinta los periódicos. E incluso, más allá del efecto separatista (entre rivales de equipos y barras de apoyadores), me inquieta más el efecto homogeneizador.

Es decir, la forma en que un atleta, un récord olímpico, una proeza atlética, hermana a los hombres y engendra un sentimiento de pertenencia a la humanidad como un ente perfectible que se labra con cada récord. El culto a los superhombres, a la evolución de la especie, a la labor intermediaria entre los atletas y los dioses (que ya desde Píndaro se cantaba), es la forma más pura de humanismo y, a la vez, la forma más edulcorada del nacionalismo universal.

Claro, quizá también podríamos estar de acuerdo que hay una experiencia meditativa (incluso de disolución) en la práctica del deporte. En lo que podría llamarse un momento de concentración al levantar una pesa o correr desesperadamente. O incluso, también creo que es justa la pregunta sobre si una proeza deportiva puede ser tratada como un objeto estético. Si se puede decir de ella que es bella como lo decimos del Quijote o de una sinfonía.

Son problemas válidos. Pero su tratamiento es a costa de que el deporte no sea información, que no sea producción (aunque sea para el espectáculo privado del mejoramiento de tiempos), sino entendido como experiencia.

Claro que ello no esconde que toda la parte visible del deporte, no sea sino el triunfo del aburrimiento modelador de nuestras sociedades. Y nunca el aburrimiento es más poderoso, más sutil y más invencible que cuando no está ahí. Al fin y al cabo, todos vemos los deportes porque no suele haber nada mejor que ver en la tele los fines de semana.