Por Alejandro Vázquez Ortiz

 

Contra ella por ser la murga más pesada de todos los tiempos. Tábano insufrible y aburridísimo. ¡Contra la educación maldita!

Pero aclaremos: no estamos contra la educación primara ni secundaria. Esas pobrísimas instituciones raquíticas que no pueden sino intentar formar un dique de aburrimiento y que no saben combatir de forma clara y eficaz a la verdadera educación. Valga decir aquí que, sin imaginación alguna, transforma la sabrosa sabiduría del libro en poco menos que polvo, muerte e historia.

¿Qué son ellos sino un complemento insuficiente de otra educación más grande y más perfecta?

Tan poco estamos contra la educación superior. Aunque recibamos con bostezo y somnolencia la mayoría de sus investigaciones y textos inútiles. La producción de conocimiento científico que sirve solo para llenar las bibliotecas y justificar los presupuestos del estado destinados a las becas para investigadores. También, como decía Machado sobre la especialización de los saberes: lo que sabe uno solo no puede ser saber o, mejor dicho, no lo sabe nadie.

No. Estas educaciones son poco menos que resabios. Nichos inoperantes que apenas funcionan para nada. Lo mismo que la educación de los padres o la moral de las religiones.

Hoy el único órgano educador es la televisión y los medios de formación de masas. Ellos son los pedagogos perfectos. Ante ellos los padres, maestros y libros no son más que meros agentes extraños. Ineficientes por completo para deseducar y extirpar una idea que arraigue en la persona.

Siempre me ha parecido de muy mal gusto llamar ignorante a un idiota. Es decir, a alguien que actúa como si supiera lo que está haciendo. Es imposible que la ignorancia no puede tener esa consecuencia.

Cuando se propagó la historia sobre Sócrates, de que era el más sabio de todos los griegos (siendo que él solo sabía que no sabía nada), lo que se hizo fue la de establecer el primer paso de una metodología pedagógica:

A saber: que el primer requisito para aprender algo es una verdad de Perogrullo: no saber ese algo. Reconocer que no se puede aprender lo que ya se cree que se sabe.

Imagínense si de pronto viniera sobre nosotros una ola de pura ignorancia. Un velo tupido que nos borrara de golpe los saberes del mundo. La fascinación y asombro nos acosarían a cada paso. No podríamos dejar de sorprendernos ante el más anodino de los fenómenos, como el que por qué al soplar, el aire de nuestra boca sale fresco; y sí solo exhalamos, sale caliente. Acaso recuperaríamos la sana e insaciable curiosidad del niño: del no-formado, del deseducado.