Por Javier Raya

 

Caer: la súbita anulación de una distancia. La imagen no es mía. ¿Quién la explica? ¿Lezama Lima sobre las oscilaciones de Saturno? ¿Tesla sobre el perpetuo equilibrio? ¿Un ghostwriter que me dice que diga cosas? No decimos «se cae» en amor [to fall in love], aunque el amor en castellano se vive como una serie de tropiezos. Se anula una distancia, también, es cierto, pero tratando de conservarla. Es como el deseo de Schrödinger-Orfeo: vértigo de verla y no verla, a la que cayó para siempre, a la que construyó una distancia inmediata e infranqueable con el mundo de los vivos. Eurídice («la que es justa»), la que cae en su lugar, como un significado. La palabra dice justamente lo que ha caído, expresa la marca de una ausencia. No tiene mucha más resonancia en lo auditivo que la que tendría un fantasma en lo visual: el sonido que hacen las cosas cuando caen, su eco. (El rugido atronador del rayo de Zeus no es sino una cadena amplificada de ecos.)

 

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Resonar es la acción propia del eco, que no encuentra en sí mismo el origen del sonido, sino que se limita a reproducirlo. Lo que resuena en la boca abierta del cielo a mi alrededor: sonido de agua tirándose en un departamento cercano, balones rebotando en las canchas, una alarma perenne de un auto siempre a punto de ser robado, conversaciones entre pájaros, gritos de albañiles, pregón del garrafonero, ladridos varios, una olla (¿exprés?) silbando, el tránsito de Reforma a medio día como una marea, mis dedos tecleando sobre la máquina, deteniéndose, retomando el impulso del texto, conectados con los ojos que vagan de aquí para allá siguiendo las intermitencias del ritmo, conectados también mediante cadenas de ecos nerviosos al oído en donde se proyectan todos estos sonidos para transformarse, resonados, en enumeración, en imagen. En instante que se va más rápido de lo que le toma a un mono tipeador describirlo.

El aparato fonador humano está compuesto de una serie de cámaras huecas donde un aire invisible que viene de nosotros mismos adquiere resonancia. La concentración de lo no visible deviene sonoridad; la invisibilidad reforzada por esas oquedades del cuerpo aparece en el mundo. Cuando hablamos, «nuestra voz» y su aparente unidad, no escuchamos más que una resonancia en bloques arracimados que organiza un hálito vital en formaciones de sentido. Nuestra voz grabada nunca es nuestra sino del otro que somos para quienes la escuchan. El aspaviento frente a los micrófonos también se ha exagerado, existiendo una explicación acústica suficiente y bastante natural: «nuestra» voz es un promedio de aquello que escucha el otro y aquello que escuchamos nosotros al escucharnos; nuestra voz se escucha diferente porque sale de nosotros y vuelve a entrar, pero la escuchamos con los mismos instrumentos que utilizamos para producirla. Al escucharnos, el aparato fonador del otro no permanece pasivo, sino al contrario: nuestra voz resuena en las oquedades del otro, la concha hueca de la oreja deviene amplificador y el sonido que captan se clarifica en el interior del cráneo, se decodifica, se le asigna un sentido y se establece casi de inmediato una percepción: oímos lo que el otro dice, pero ese oír es un acto de inusitada hospitalidad, pues llevamos dentro de nosotros nada menos que el decir ajeno resonando; le prestamos nuestro cuerpo y nuestra atención para que su voz efectúe el drama de su deseo. Aristóteles llama al amigo «el otro yo», porque en efecto, al hablarme, parte de su yo ya no me abandona, pero si él o ella se escucharan como yo los escucho tampoco se reconocerían. En otras palabras: nunca sabrás realmente cómo te escuchan los otros, y la verdad que no es tan grave. Nuestra voz, al conversar, no es tanto nuestra como el resultado de ecos y resonancias compartidas con ese otro que también dice yo para referirse a sí mismo, como yo.

 

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Mi abuela Esther de Raya, Mejía de soltera, falleció la mañana del 13 de agosto del 2015 a los 89 años. La velamos hasta la mañana siguiente. Sus dolencias fueron múltiples —sus últimos días cansados. Unas horas repartidas entre el dolor y la duermevela química de los sedantes. Una legión de hijos montó guardia las 24 horas, como si el conjunto participara de la vigilancia individual. No parece que hayan hablado sobre las partes de la película donde estaban enojados o distanciados, donde libraron añejas batallas por cuestiones hace mucho olvidadas; reencuentran en los nuevos nietos los rasgos conocidos, vagamente familiares, de antiguos muertos. Nuevos nombres para la lista de bautizos y defunciones. Algo en ellos sana con la enfermedad (de la vida) que al fin remite. Papá disecciona sus emociones como si leyera el índice de las partes de un motor de combustión interna. Su elocuencia práctica describe muy bien el estado de su alma: me duele. Un día como hoy pero de 1521, el rey Cuauhtémoc rindió Tlatelolco al ejército de Hernán Cortés, del cual el cronista escribió que eran tantos y tan feroces que la ciudad de los muertos rebosaba, y los muertos se dispersaron por la ciudad de los vivos y cubrieron todas las calles, las alamedas, la calzada del mercado, los alrededores del templo, los jardines y el sistema hidráulico que los alimentaba para terminar desbocados templo arriba como una inundación, y sobre los cuales marcharon hasta subir al altar por una nueva escalera hecha de cuerpos. La mañana siguiente también fue un día como hoy.