Por Alejandro Vázquez Ortiz

 

Ninguna norma tan paradigmática y contradictoria como el mandato de originalidad. En algún punto el Estado y el Capital confundidos se dieron cuenta que no había forma más eficaz para el control de las masas que fomentar la creencia en la originalidad individual.

Es decir, que cada ciudadano (en tanto votante y consumidor) es una pieza irremplazable de aparato socioeconómico. Y que, dotado de la sacrosanta razón deliberativa, estamos imbuidos de una soberanía, dignidad e individualidad inalienable.

Tonterías.

Estas ideas que se repiten una y otra vez cuentan con una larga lista de falsaciones: 1) las votaciones democráticas, 2) los ratings televisivos, 3) los destinos turísticos, 4) las hileras de tráfico en las calles, 5) los pasillos de los supermercados.

Todos los caminos para las decisiones y el ejercicio del líbero árbitro parecen colmarse de lugares comunes, de repeticiones en forma de copia e imitación.

En el trabajo diario de oficina y de fábrica se ejercita el faccere factum (hacer lo hecho, o en todo caso, hacer lo que estaba destinado a hacerse dese siempre: dinero, fundamentalmente), y por tanto, quien lo realice es irrelevante. Puede ser que yo tome su lugar y usted el mío en nuestros respectivos trabajos y, más allá de una más o menos breve curva de aprendizaje, el cambio no se notará en lo más mínimo.

Sin embargo, el pregón es ser lo que quiera ser: ejercitar las elecciones (sin que te fijes demasiado en que son prácticamente iguales al resto de la gente), que seas tú mismo y original, y hasta con una saludable chispita de rebeldía. Que personalices tus redes sociales y tu automóvil. Ser único.

Y no. No es verdad. Eres igual a cualquiera y tus sufrimientos y alegrías, tan simples como significativas, son terriblemente parecidas (por no decir iguales) a las de cualquiera.

Esta uniformidad no debe inquietarte. No es tal. Más que una copia en las particularidades individuales, se trata de una falta de particularidades. De eso se trataría negarse a ser original. Pues eso ocurre cuando descubrimos que no somos individuos soberanos, sino instrumentos de gramática.

Y así nos intentamos deshacer de la peste de las originalidades, la murga de la individualidad y la idiocia de las decisiones personales. Basta con no saber muy bien lo que hacemos. Con negarnos a creer que las decisiones que tomamos son nuestras. No saber lo que se hace. ¡Poseer una resuelta vacilación en todo quehacer de la vida!

Acaso así, en esa confusión, nazca algo de razonamiento que, cuando se usa bien y a fondo, no puede pertenecer a nadie, ni ser una particularidad del genio personal sino más bien el resultado de pensar como cualquiera.