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Tzompantli

Adiós al chiricagua de las cacayacas o a dónde van los amigos que se van, ¡a la vi!

Por Genaro Huacal

 

a Silvia
Mi alma no se cansa de arrastrar un cadáver, ¿hasta cuándo, mi amor?
—GH

 

Recordamos a Sergio Durán con un cariño tatuado en el pensamiento, sus amigos me corroboran. Su recuerdo amanece desde la noche de mis tiempos surgiendo por un pasillo de la sala de redacción del periódico El Porvenir al que acudíamos a entregar nuestras colaboraciones literarias o periodísticas culturales para ser publicadas en el suplemento «Aquí Vamos» cuando soñábamos ser escritores en aquella juventud de 1985.

Amigo de todos Sergio se brindaba a los demás por inercia, corazón tendido al Sol supo ser amigo de verdad y guardar fidelidad. Ante cualquier agresión a sus amigos o a cualquiera saltaba primero como buen chiricagua, siendo chihuahuense no era chihuahueño.

Entonces solíamos el domingo el puente del papa, tianguis enorme, parián inolvidable donde Sergio ofrecía cacayacas. Íbamos por libros viejos y lo que saliera, lo saludábamos. Sonriente, amable, experto en rock y entresijos matizaba su discurso a carcajadas.

Vendía libros, discos y cacayacas: fierros, herramientas, et cetera (y lo de más). De ahí comíamos en el mercado Colón y pasábamos la tarde en el Niko’s Bar del mismo sitio. Su autor favorito, entre muchos, era Malcolm Lowry, a quien releo desde el día de muertos pasado, sin saberlo, en su honor.

Negro como la tumba donde yace mi amigo, repetía para sí mismo interminablemente.

Fue amigo de todos, nunca discriminó, de José Jaime Ruiz, director del suplemento cultural del periódico, y de cualquiera que conociera en la calle como aquellos hermanos Tamayo a quienes refugiaba en su recámara en el segundo piso de la casa de su hermana en Monterrey, yo siempre de pilón.

Amanecíamos los cuatro como si nada escuchando rock atentos a su clase magisterial, a veces mexicano como Real de Catorce con todo y la vida de José Cruz, su líder. Sergio educó a más de cuatro centenas, nada más por estar junto a él y prestarle atención. Muchos corrían a comprar los discos mencionados.

Mi filia por el progresivo se la debo, no tuvo desperdicio. Como escritor, tampoco. Nunca publicó un libro aunque los escribiera, cuentos, crónicas. Tuvo en su corazoncito alguna novela o varias, muchos cuentos.

Lo saludamos en el café Flores de la plaza Hidalgo en diciembre pasado, comimos y bebimos, jamás olvidaré aquella madrugada que me dejó preso en el bar de su cuidado frente a la plaza de los enamorados, de once a cuatro de la mañana, por irse a un antro de La Purísima con los hermanos Tamayo a un toquín de Arturo Meza y yo, corredor incanzable, preferí quedarme para atender en el televisor a los mexicanos en un maratón olímpico. Así era Sergio Durán.

El Chino me compartió su viaje eterno emprendido la mañana del 15 de mayo con felicidad, al anochecer me cayó lo oscuro de las tumbas donde yacen los amigos; su hermana viajó a Zacatecas, su último sitio, lo cremarán en Monterrey. Estaremos pendientes. ¿Hasta cuándo, mi amor?