cambodian rockers
 
 

Por Rafael Zamudio

 

Un hombre escarba entre pilas de cassettes y vinilos en la bodega del ala asiática de la Biblioteca Pública de Oakland, en California. Cartuchos desgastados, sin etiqueta, sin títulos. Algunos con apenas una cinta que cataloga la música como «soul» o «funk», la mayoría sin una sola seña. Su intención es recopilar, de entre más de trescientas cintas, material suficiente para una antología (quizá dos, con algo de suerte). Hasta ahora ha escuchado más de mil horas de música. La mayoría de las canciones son baladas suaves y aburridas en una lengua extraña, pero la rola que él busca, con el toque de fusión y vigor exacto como para empezar su disco no ha aparecido por ninguna parte. Está listo para acabar el día, a punto de sacar la cinta de su Walkman para irse a su casa y tal vez seguir con la tarea mañana o el próximo lunes. Esa canción debe de existir en algún lugar. Entonces suena «Blue Basket», una canción que ha sonado ya varias veces en distintas versiones, pero hasta ahora ninguna con letra. Mark Gergis escucha la voz nasalizada bailando sobre marimbas y guitarras eléctricas. Una batería sencilla pero decidida acompasa el cuello de Mark, que decide moverse por sí mismo. La rola suena como una cumbia psicodélica peruana, suena como a una selva en las montañas, como a montar un elefante al lado de un río. La rola suena a Camboya.

En 2004 Mark Gergis sacó con su disquera, Sublime Frequencies, su recopilación de música de Camboya, Cambodian Cassette Archives, Khmer Folk and Pop Music, Vol. 1. Después de diez años la información de algunas canciones se ha actualizado gracias a internet. En la versión original del disco todas salvo dos piezas venían etiquetadas como «Unknown Track 3» por «Unknown Artist». Ahora al menos se conocen cinco artistas más y tres canciones. La mayoría son grabaciones posteriores a la dictadura de Pol Pot, de personas en el exilio. Algunas cintas fueron grabadas en estudios caseros por los miembros de las bandas, formadas tanto en la diáspora como en el mundo urbano de la Camboya de los cincuenta y sesenta. Algunas cintas, incluso, habían sido traídas desde la Indochina, y olvidadas con el tiempo.

Mark Gergis se ha encargado durante más de veinte años de rescatar y resucitar música de Asia (sobre todo del Sudeste Asiático y Medio Oriente), tanto por amor a la música como por activismo. «Muchas personas han perdido contacto con sus raíces culturales. Para las personas que son hijos o nietos de quienes se exiliaron o fueron expulsados de su lugar de origen, muchas veces no encuentran maneras de reconectarse con la cultura de sus padres o abuelos. Ya sea que las historias sean demasiado dolorosas como para contarlas o que, al crecer en un país radicalmente distinto, como los Estados Unidos, los jóvenes sienten vergüenza de acercarse al pasado difuso de sus ancestros, porque son «americanos» ahora. Por la razón que sea. La cosa es que de pronto te encuentras con un disco en una tienda, lo escuchas, y no puedes creer que esos sonidos ácidos y azules, que esas melodías psicodélicas, que esas guitarras eléctricas distorsionadas y un xilófono, sean la música que se escuchaba en los tiempos de tus abuelos en una ciudad que ya no existe pero de donde tú vienes. Creo que es importante conocer nuestro origen.»

Cuando escuché el disco por primera vez, casi diez años después de su publicación, también sentí una conexión con mis orígenes. Hay algo en esta antología que me suena muy familiar. No sé si es la tropicalidad, el ritmo, la alegría que expresa la música o qué cosa, pero algo en estas rolas me hace sentir en casa. A diferencia de Saigon Rock & Soul (otra de las antologías de Sublime Frequencies, de la cual hablaré en otra ocasión), cuyas letras se encuentran en internet y son, sobre todo, canciones de desamor, tristeza y pérdida a ritmo de funk y psicodelia vietnamita, las canciones de Camboya son indescifrables. Salvo «Two Wives Are Twice The Problem» de Prum Mahn (y cuyo título habla quizá de una idiosincracia tropical compartida aquí y en Asia, análisis que dejaremos para otros tiempos) no tengo idea (y al parecer nadie en los internets lo sabe) de qué trata ninguna de las canciones, pero parece ser que de cosas felices. Eso, o cantan de manera feliz la tristeza los camboyanos, que vendría siendo lo mismo y, quizá, seguro que sí, el punto de familiaridad que siento con el disco.

Cambodian Cassette Archives es como montar un elefante por la selva camboyana, armado hasta los dientes, lanzando granadas a diestra y siniestra. Es como jugar Far Cry después de comerse un ácido. Es como volver a mi tierra en Sinaloa después de un año de no salir de la ciudad, de no salir de las reglas del concreto y del acero, de la supuesta civilización, de trabajar todos los días en mi estudio, en mi computadora, con una taza de café y galletitas y, de la nada, encontrarme con los suelos de Badiraguato cubiertos de mangos, mangos maduros, dulces y suaves, picoteados por las gallinas. Esa extrañeza que se siente al principio desaparece pronto. Los ríos, las iguanas, los árboles de fruta, los olores, montar la parte trasera de una troca, las marimbas, las voces gangosas, los elefantes y los complicados tocados ceremoniales de oro, dejan de parecer extraños y vuelven a sentirse, a respirarse, a escucharse de nuevo como a casa.