Por Alejandro Vázquez Ortiz

 

Es muy triste que argumentos tan anodinos sobre biología hayan orillado el debate público sobre el aborto a un nivel tan deplorable como la encrucijada de «sí a la vida o sí a la decisión».

De entre los dos síes, no alcanzo a descubrir cuál es peor o menos engañoso. Por eso no se debe permitir que el personal se distraiga tanto en cuestiones tan discutibles sobre que si el embrión es un niño o es un cúmulo de células; o cuándo el óvulo fecundado recibe el alma intelectiva (que según Santo Tomás es a partir del día cuarenta).

Hay que enfocar la cosa desde otro lado. La preeminente necesidad de despenalizar el aborto parece inobjetable. Pero las razones  que adopta el discurso que aboga por lo mismo son dudosas y contradictorias.

Es verdad que es algo grave que el Estado evite, a través de la coerción, el aborto. También pareciera más que prohibirlo, evadir cierta responsabilidad de salud pública. Ya que el aborto se sigue practicando con regularidad.

Hay, por lo tanto, una justa indignación porque el Estado se dedique a determinar los asuntos de sus súbditos. Pocas cosas me parecen más saludables que un pueblo indignado.

Lo desconcertante es cuando se pasa de la indignación y la negativa a aceptar las reglas del Estado, al discurso de convencimiento o labor de venta de la despenalización del aborto. Pasar de una negativa a aceptar los mandatos del Estado, a un alabamiento positivo de la decisión sobre el aborto mismo. Que, tal y como reza, como el cuerpo es de uno, uno es quien decide. (Uno o una, tanto da si mujer o individuo).

Aquí la cosa ya se me complica. ¿Cómo el cuerpo es de uno? ¿Mi cuerpo es mío y por tanto yo decido sobre él? ¿Es mío como lo es mi carro o mi reloj? ¿No será más bien que yo mismo soy mi cuerpo? O, mejor formulada la pregunta, ¿puedo suponer que sé qué es mi cuerpo y así decidir sobre él, como se decide la programación de la televisión o las elecciones legislativas?

Bueno, esto ya de entrada es bastante confuso. Que uno y su cuerpo sean dos cosas separadas tal que una pertenezca a la otra, es algo que no se entiende sin muchos presupuestos.

Pero, vamos a concederlo. No nos meteremos en berenjenales. Lo aceptamos. Mi cuerpo es mío. Para ello, lo primero es reconocer que hay individuos: «yoes» metafísicos a parte de los cuerpos que los habitan y los controlan. Ojo: esto conlleva la implicación de que mi cuerpo no puede identificarse conmigo mismo. Porque si yo soy mi cuerpo y además lo que lo controla, entonces el individuo no sería tan indivisible como se supondría y entonces tendríamos uno que en realidad es dos, dos que no pueden ser uno. Es decir, una contradicción lógica palmaria.

La cuestión se retuerce más cuando preguntamos quién es ese «yo» que decide. ¿Cómo ha venido a ser en el mundo? ¿Cómo se sabe que uno es uno? ¿Cómo se demuestra?

Si escarban lo suficiente, se darán cuenta de que lo que regula la individualidad y la potencia es precisamente el Estado. Es a través de las instituciones estatales (y su burocracia) que se establece la demostración de que uno es quién es y no cualquier otra persona. ¿Nunca han intentado demostrar que usted es quien dice ser con un pasaporte caduco? Le garantizo que no es nada fácil.

En los centros comerciales, en el rating televisivo o el tráfico de la hora pico de la mañana será tan fácil confundirse. La individualidad y la soberanía del alma racional le parecerán tan sospechosamente similares que se dará cuenta de que al primero que le demuestra la identidad la identificación oficial es a usted mismo.

Por lo tanto, las decisiones son igual de discutibles y están sumergidas en el mismo proceso de regulación estatal que la criminalización del aborto. El yo puede desaparecer si el Estado (y el Capital también que tienen tantas diferencias como la papa y la patata) lo desconocen, pues lo incitan a ser usted, a tomar sus elecciones, a limitar la libertad a escoger entre una marca de detergente u otra, un político X o un político Y. El engaño está servido.

Mientras se aboga por la decisión o se lucha por la vida, se esconde la patraña y falsedad que una y otra opción representan. El Estado y el Capital siguen siendo los principales promotores de las elecciones y se siguen interviniendo en los asuntos personales. Claro que, ¿cómo no iba a intervenir si Él mismo es el que funda a la persona? Toda intimidad está preformada por Él.

Así la decisión del aborto disfraza de ejercicio del líbero árbitro y derecho humano la constatación de un hecho horroroso:

La vida se ha terminado. El verbo encarnado en el perpetúo ciclo de la vida se ha detenido. La maravilla nueva de la renovación de la raza no ocurre más. Lo que nace se antoja más bien como mano de obra desocupada, ciudadanos consumidores, trabajadores, soldados para el Estado y el Capital.

Y por eso alguno tenga a bien la necesidad de abortar y mutilar las posibilidades. Quizá porque se presupone de antes que las posibilidades vienen mutiladas desde siempre y el destino del niño está sabido desde el embrión: nacer para administrar su muerte y trabajar para su tumba.

Por eso, aunque sea necesario descriminalizar el aborto; no es menos necesario dejar de disfrazarlo de una decisión positiva (como la elección de una pantalla plana o una serie de televisión) sino reconocerla con la indignación ante la muerte del nacimiento de las posibilidades.