Watanabe Seitei (1851-1918) . Nabo y ratón.

Por Ensō Rōshi (円相 老師) 

 

Cuando mi abuela salía a su campo de nabos, toda mañana, repetía «el trabajo dignifica». Nunca estuve de acuerdo. El trabajo es una ilusión obligada. La dignidad es una trampa del ego. El trabajo se realiza con el paso del tiempo y el tiempo es una ilusión. El trabajo no existe.

Decía ella que mientras araba el campo, sembraba semillas, regaba la tierra, limpiaba la maleza o cuando cosechaba los nabos, se olvidaba de su existencia. Mi abuela dejaba de existir, dejaba de pensar, y era sólo el acto de arar, sembrar, regar, limpiar o cosechar. Dejaba de pensar, dejaba de articular palabras en su mente, para sólo Ser. Algunas de las cosas que llamamos «trabajo» tienen esta cualidad.

El «trabajo» que elegí según lo que asumí mis cualidades e intereses cuando entré al monasterio, fue escribir. Creía que podría escribir todos los días, todo el día, hasta alcanzar la Iluminación. Creí también que lo disfrutaría. Y sí. Disfruto escribir. Pero no siempre tengo ganas.

Pero Maestro, usted es un maestro, ¿no debería tener ya un control total y disciplina absoluta?, me preguntará algún discípulo. Mi carácter nunca fue dócil y aprendí a dejarme ser demasiado tarde. Todas las mañanas, después de meditar, acepto que pasaré la mitad del día escribiendo caracteres que no tienen ningún sentido. Que durante seis horas describiré de manera exhaustiva mis pensamientos mediante palabras escritas. Escribo una observación, una pequeña historia, un poema. Mi pensamiento desaparece, se hace a un lado para capturar lo que llamo «mi espíritu», después de pasar por un filtro que traduce todo a palabras. Todo es palabras.

Si hubiera elegido barrer en vez de escribir, cada mañana saldría con una ración de arroz cuesta abajo, barriendo los peldaños de la montaña hasta que diera el mediodía y caminaría de regreso. Pienso por un momento que sería sencillo tener una ruta fija todos los días, un ir y venir perpetuo. Escribir, aunque el método sea el mismo todas las mañanas, es una paradoja tras otra. No digo que barrer no tenga sus sutilezas. Podría tardarse el doble o la mitad en un tramo una persona distinta, o en diferentes estados de salud. Podría encontrarse un pegoste complicado de quitar un día. Podría haber pájaros muertos o demasiadas hojas secas en el camino. Ningunos dos días barriendo la misma escalera durante un millón de años podrían ser iguales. Ni dos nabos. Ni dos hojas repletas de letras. Pero siento que son cosas distintas porque para mí barrer pudo ser un trabajo, pero escribir no lo puede ser.

Escribir es fluir como el agua, como el aliento de las montañas. En una cueva hay ciertas piedras, en otra osos cavernarios.

En una caverna de mi memoria vive mi abuela. Mi abuela y sus nabos. En otra Ensenada. El desierto. La chica de la bicicleta. Las uvas. Más allá de mis alientos mundanos está, en otro sistema de cavernas más difícil de acceder, la memoria de mis ancestros. Más allá todavía se encuentra mi memoria mineral. Más allá de una serie de transmutaciones en reversa hay un resquicio de huella del comienzo de los tiempos, un eco de la nada. Escribir, cuando se tiene eso presente, me parece una broma.

Pienso este tipo de cosas sólo cuando vengo a la ciudad.