Por Alejandro Vázquez Ortiz

 

Aplico la duda metódica. Dejo correr la sospecha si se quiere vender a la ecología como si se tratara de una Coca-Cola: la panacea, la utopía, lo indiscutiblemente bueno.

Se aplica una metodología que, aunque radical, suele funcionar la mayoría de las veces. Si a lo bueno lo llaman malo; al revés la cosa también desenmascara: a lo malo se empeñan en llamarlo bueno una y otra vez.

Claro está que nunca debemos de confundir la ecología con la rabia que sentimos unos y otros al contemplar con pasmo y desolación cómo el Estado y el Capital (¡encuentre usted las diferencias!) destruyen, explotan, consumen y arrasan los espacios vivos que nos quedan.

La rabia está bien. ¡Está más que bien! Pocas cosas se me ocurren más hermosas que un pueblo rabioso.

Pero, ¿ven el cambio sutil? Pasar de la rabia contenida por la destrucción a la callada aceptación de la administración de la muerte.

Así la ecología nace para llamar al orden la devastación. No la detiene: la disimula y la regula. La mirada que se arroja sobre el espacio es bastante similar a la del empresario que con el borrador borra los árboles del plano de construcción: la sumisión de la naturaleza a los micos pelones.

Así se avocan a la dulce tarea de conservar y delimitar los espacios verdes (y delimitar tiene la doble función, por un lado, de conservar, pero también la de contener, es decir, evitar que se desborden). Abogar por un reciclaje que más bien parece esconder una forma de abaratar los costos de la materia prima para las empresas. O determinar los grados de polución que tiene permitido producir un Estado determinado, siendo que estos bonos se puedan intercambiar y regular a través de la compra.

Al final el discurso ecológico intentará siempre demostrar la utilidad de los espacios verdes. Demostrará que son pulmones de nuestras ciudades, reguladores de temperatura ante el cambio climático, hermosos paisajes para embellecer el concreto urbano, o incluso espacios polideportivos para el encuentro público y la edificación física de los ciudadanos.

Así el árbol, la planta, el pájaro, el pez y la ardilla quedan circunscritos a la mirada que le otorga un papel y una función en la necesidad perenne para la Realidad de que no exista nada inútil. La ecología se cría en la sumisión de la naturaleza al hombre.

El sometimiento del área verde a su condición de paisaje es otra forma más de jerarquizar la relación entre el ambiente y el hombre. Hombre que se transformará en un usuario o cliente, lo mismo que en un centro comercial. Paysage es una noción nacida de la pintura que se traspone a los objetos. Como si el crecimiento de los árboles y bosques fueran el ambiente ideal que nace para agradar al ojo del cliente de un bosque mientras hace footing.

Siempre se abocará a descubrir que la funcionalidad del área verde es tan o más necesaria que un complejo de departamentos, un estadio de fútbol nuevo o una plaza con locales comerciales. Los árboles están ahí para reciclar nuestro dióxido de carbono o bajo el ominoso título de recursos naturales (como si la naturaleza no fuera sino un gran almacén de materia prima a disposición de la producción).

Así se puede ver que discutir sobre si es necesario o no que una empresa privada regule un área verde dentro de un área metropolitana o debe ser el Estado o debe ser nadie, es una pregunta que nos distrae del verdadero horror: que la ecología (parafraseando a Gadamer) es la reconciliación de la ruina y su disimulo. Sus triunfos siempre tienen el tufo a la aceptación universal de la transformación del mundo en un parque temático o área de esparcimiento con asadores.

La sospecha es poco tranquilizadora. Pero no estamos aquí para producir programas ni parches para que la buena conciencia de los ciudadanos siga operando.

Y claro, seguirá siendo necesario que algunos busquemos las formas de poner coto a la sistemática destrucción del mundo. Aunque sería bueno no olvidar que cada triunfo (o fracaso) lleva la amarga constatación de que, a la vida, como mucho, se le puede conservar, confinar a la mirada y al servicio y administrar la lenta muerte del mundo.