Estación lluviosa en Ryoshimachi, Shingawa, Tokyo. Kawase Hasui, 1931.

 

Por Ensō Rōshi (円相 老師) 

 

Un cangrejo en una red, entre sus pinzas su último alimento. El cangrejo muere horas después sin saber, por un instante siquiera, dónde estuvo. Quien pesca sólo sabe que estuvo en su red. Quien lo come, en el plato. ¿Quién sabe dónde estuvo el cangrejo? Quien observa en el muelle, al menos, sabe que estuvo ahí, en el agua, en la bahía, antes de estar en una red sobre el muelle. Antes de estar en la red el cangrejo es un misterio. Después no puede ser.

El cangrejo viene de alguna parte pero no va a lado alguno. Develar el origen es un retorno innecesario; predecirlo, una probabilidad entre infinitas teorías. Mirar el cangrejo cuando aparece en el muelle es lo importante ya que no tiene relevancia. Es menos importante mirar a los barcos que navegan entre los puentes de la bahía, aunque también están ausentes de relevancia.

No hay ciudad más allá del muelle hasta que volteo. Ahora no hay muelle. No hay cangrejo. No hay red. Sólo en mi memoria estas cosas están. Mi atención está en la ciudad. Mi mente se estira de mi cuerpo y observa los tranvías, los caminantes, los aromas de especias, crema de almeja y café. Cristales y vigas de acero. Pasos. Palomas. El viento entre las hojas y el rumor del mar. La chimenea de un barco. Miro mis pies y estoy en el muelle. Miro de nuevo la red y ahí sigue el cangrejo, al lado otro más pequeño y rojo, rodeados de ostras con percebes.

Abro los ojos. La ciudad, el muelle, la bahía, los cangrejos, las almejas, los percebes, los aromas, las voces, los pasos, todo desaparece.

¿A dónde voy cuando nadie, ni yo mismo, me observa? Al muelle que no está. Soy otra voz incomprensible, otros pasos indescifrables. Me voy en mis recuerdos a una banca que flota sobre el agua de la bahía, oscura, cubierta de niebla. Observo al frente a mis ancestros, a mis padres, a mi abuela. Más allá pasa una chica en bicicleta. «Esto no es la práctica correcta», me digo, «vivir en el pasado, añorar ceniza». Esta no es la forma perfecta. Mi mente se aferra a alientos disueltos.

Cada vez con más frecuencia volteo atrás con el rabillo del ojo. No me preocupa el futuro ni me angustia el presente, pero recuerdo. Envejezco, me dicen. Desde que nací. Muero sobre la montaña, lejos del muelle y del desierto, en la tierra del Sol Poniente.

 

Atrás, el muelle.
Adelante, la muerte.
Hoy, la montaña.

Despierto y me pregunto:
¿En dónde está el cangrejo?

Muy lejos del mar
espumea el cangrejo
dentro del monje.

Quien imagina tiene
consigo un espectro.

Entre mis sueños
baila un cangrejo rojo
bajo las redes.

Tenazas y ocho patas
escalan mi memoria.

Como en el muelle
el día frío y sin sol
que lo pescaron.

Si lo dejo de observar
todo desaparece.