Kisokaido Ono no bakufu

Cascadas de Ono en el camino a Kisodaidō (Kisokaido Ono no bakufu), de la serie «Cascadas de varias provincias» (Shokoku taki meguri), Katsushika Hokusai, c. 1833.

 

Por Ensō Rōshi (円相 老師)

 

Una gota es un Buddha de un billón de partículas que bailan. Un billón de Buddhas bailando dentro de Buddha son las nubes. Un billón de Buddhas cayendo mientras bailan es Buddha. La lluvia es Buddha.

Buddha se condensa cada mañana sobre las hojas de las plantas, sobre las espigas del pasto, sobre la barba del viejo maestro. La barba es Buddha lo mismo que las plantas y la tierra y el maestro. Buddha cuando el viento sopla y rebota sobre el agua, cuando una voz nada sobre un río cuesta abajo. Buddha cuando el agua hierve, cuando el agua fluye, cuando el agua rompe la piedra.

Cuando fui joven creí estar lejos de Buddha. Viví en el desierto. Había agua, sólo que yo no sabía verla. En mi interior Buddha bailaba todo el día y toda la noche. Mi sangre, mi saliva, mis lágrimas, mi sudor. Yo era ciego: el agua se evapora de la piel y de la boca, de la nariz, bajo las uñas, al abrir los ojos. Agua me rodeaba, yo era agua. Pero yo era ciego. Mis ojos sólo miraban las grietas saladas de la arena. Mis ojos pensaban que el desierto era estéril, que la arena estaba seca y desprovista de vida, de agua. Abrir los ojos hubiera bastado para ver que en cada grano de arena hay gotas de vida, hay moléculas y hay átomos que bailan todo el día y toda la noche. Que las estrellas de la noche son átomos bailando, incontables Buddhas bailando y chocando entre sí, riéndose de la Nada. Pero yo era ciego.

Después viví en la playa y creí que eso me acercaba más a Buddha. El océano es infinito cuando circula. Se evapora y se condensa, se evapora y llueve. El océano está lleno de peces. Yo creía que esto era una verdad, que los peces y las ballenas, los caracoles, las medusas, los camarones, las langostas y los cangrejos eran vida. Pero yo era ciego. El agua es agua. La vida es vida. Buddha es todo y es nada. Los átomos bailan indiferentes de si son parte de un grano de arroz o de una estrella o de un camarón o de una muchacha en bicicleta o de una cortina. Los átomos bailan en el canto del grillo, en una hoja que es llevada por el viento desde el Himalaya a Tassajara. Los átomos son vida. Los átomos son Buddha. Pero yo estaba ciego.

Luego me mudé a esta montaña. Empecé a meditar y a escribir poesía. Dejé de fumar porque lastimaba a mi cuerpo pero no entendía. Creía que lastimaba a mi cuerpo porque lastimaba a mis pulmones, porque era un vicio, porque me hacía perder la calma y la concentración querer un cigarrillo, porque mi garganta despertaba adolorida. Pero también Buddha baila en el humo y en el fuego, en los átomos del tabaco ardiente. Buddha sigue bailando cuando un cuerpo muere, cuando un cuerpo torna ceniza, cuando un cuerpo deja de ser un cuerpo y vuelve a ser billones de cuerpos microscópicos viviendo sus billones de muertes sincronizadas. Pero yo era ciego. Todavía pensaba que para que hubiera vida tenía que haber agua, que sólo el agua daba vida y que sin vida no habría Buddha porque Buddha nunca hubiera nacido.

Lastimar mi cuerpo es imposible. El dolor es una ilusión. Mi pensamiento es nada. Un billón de átomos bailan en cada pensamiento y también cuando no pienso. Soy una estrella materializada. Soy nada. Soy agua. Soy un desierto y un océano. Soy el espacio vacío entre un planeta y sus lunas. Soy las lunas, los cometas, los asteroides. Soy luz y oscuridad. Soy no soy. No soy y soy nada. Soy todo. Soy una ilusión. Soy átomos que bailan. Cuando fumaba no tenía piedad hacia las células de mis pulmones. Cuando viví en el mar, cuando viví en el desierto, no tuve piedad hacia las células que llamo «Yo». Yo no soy yo. Yo no soy un ser vivo. Soy un billón de células que trabajan, un billón de células que respiran, un billón de células que beben, un billón de Buddhas compuestos de un billón de Buddhas a su vez compuestos de un billón de Buddhas. Soy todos los átomos, sus protones, electrones y neutrones, sus billones de partículas aún más diminutas que conforman esas partículas que conforman esas partículas. ¿Qué soy Yo? Un suspiro del viento, un suspiro del Sol, un suspiro de la Vía Láctea. Yo no sufro. Yo creo que sufro. Al creer que sufro inflijo la idea del sufrimiento. Pero nada de esto lo sé. Yo no sé nada. Yo soy ciego. Yo soy agua. Soy un poema escrito en la superficie de un río.

 

En Tassajara
llueve cuando no hay niebla.
El Sol descansa.

En este monasterio
no hay silencio, sino agua.

Escucha al viento:
por él hablan las aguas
en Tassajara.

Soy un mar, soy un lago,
canta una gota al viento.

Buddha baila en mí,
fui estrella en otra vida:
canta el rocío.

La gota es gota
hasta cuando es cascada
en Tassajara.