Por Alejandro Vázquez Ortiz

 

Hay un aprendizaje de la decepción que se produce diariamente sin que nadie haga algo al respecto. Es un evento tan cotidiano que pasa desapercibido. Sin embargo, bien mirado, es un síntoma palmario de la decadencia de la cultura occidental.

Me refiero a la diferencia del aspecto de la comida que llega a nuestra mesa respecto de su fotografía en el menú o en su empaque.

No ocurre siempre ni ocurre en todos los casos, pero cuando pasa suele venir aderezada con la indiferencia del comensal. ¿Es común ver en los restaurantes de comida rápida a un cliente que se queja del aspecto de su hamburguesa y enumera, una a una, las diferencias que encuentra entre su platillo y el que brilla en el letrero luminoso del menú?

Es como si anticipáramos el fraude. Como si la mentira y el engaño fueran todo lo que podemos esperar al momento de cerrar una transacción de compra-venta de una pizza para microondas o una hamburguesa.

Pareciera un efecto análogo a la celebración de la democracia representativa en las urnas. Se presiente el timo y la chapuza. Por eso, supongo, a nadie le escandaliza que la mentira se muestre con candor e impudicia. Desde el principio, antes de firmar el pacto, ya se sabía que todo era mentira.

Pienso esto ante el plato de un buffet. En el plato, como en una ciudad cosmopolita de primer mundo, conviven unas costillas de res, paella, mini hamburguesas, un poco de asado de puerco y unas rodajas de sushi. Si les sorprende la variedad del plato, en las fuentes hay aún más: cremas y guarniciones, pan y otros acompañamientos, pizza y pollo frito, incluso crepas saladas o dulces, cebiche, alitas de pollo picantes, arroz frito y blanco. Toda una enorme gama de comida a elegir con sólo un común denominador (exactamente igual que las ciudades cosmopolitas): su insipidez.

La comida puede parecer apetitosa, quizá es la mezcla sin sentido de sabores de mi plato. O quizá es que la comida está elegida con las propiedades necesarias para lucir bien en las fuentes de los guisos, pero no para tener buen sabor. Imagino incluso que las recetas actuales han pasado por una especie de selección natural darwiniana, en donde se sobrevive aquella que puede reportar mayor beneficio en la reducción de costos sin dejar de lucir bien.

El resultado es la consagración de la chapuza de la fotografía que crea falsas expectativas. El platonismo del mundo de la idea que desprecia al cuerpo, pasa a una segunda fase en la que el cuerpo mismo es pura apariencia.

El buffet se consagra bajo el lema «Todo lo que pueda comer». No se consume un producto, sino una sensación. Comer en un buffet se acerca más a realizar una operación de mercado en donde se pretende obtener el máximo rendimiento posible por la inversión de una sola comida.

De lo que se trata es el cumplimiento del sueño que ha engendrado en nosotros el capitalismo: estar, aunque sea durante un momento, colmados. Plenos. Rebosantes del simulacro de la comida y poder decir que al fin estamos llenos.

El problema es que no hay comida para comer. De lo que se trata en la gran franquicia, es la de eliminar todos los procesos para dejar la comida despojada de sus propiedades ontológicas. De todas, excepto una: su capacidad para generar plusvalía.

El comensal come y bebe una forma residual de dinero. Quizá por eso, por más que come, siempre intenta exceder el límite de su propio apetito. De lo que se trata es de no dejarse timar. O timar a la vez que se es timado. Si los refrescos se venden aparte, no pedirás más de uno. Si los platos son pequeños, te levantarás cuantas veces sea necesaria. Se aceptan las reglas a la par que se combate contra ellas.

El truco reside en que el timo estaba fraguado desde antes. Nunca hubo comida en su plato. Nunca hubo materia de veras, ni buenos y magros cortes de carne, ni caldos vigorosos y humeantes. Sólo un simulacro.

Es la forma que ha tenido la transformación del Dinero en hipóstasis divina: ha conseguido neutralizar toda forma de pecado. Así como la pornografía es lujuria sin cuerpo; el buffet es gula sin comida. La virtualidad pura. Un pecado que es pura penitencia. Un simulacro pactado y ridículo.

El comensal acepta la chapuza. Incluso la provoca. Nada resume mejor esto que una frase célebre que le escuché a un comensal anónimo en la fila de unos tacos.

Al preguntarle el taquero de qué sería su orden, el comensal preguntó, señalando una fuente con un guiso: «¿De qué es éste?». «Chicharrón». «Ah, no. Es que yo no como puerco. Mejor de asado». El taquero tomó la tortilla, pero a medio camino dudó: «El asado también es de puerco», dijo. «Sí, pero como que es menos puerco que el chicharrón».