Girasol y gorrión amarillo. 1891, Imao Keinen (1845-1924).

Girasol y gorrión amarillo. 1891, Imao Keinen (1845-1924).

 

Por Ensō Rōshi (円相 老師)

 

Si en la nevada alguien escucha el canto de un gorrión, ese alguien está enamorado. Si ese amor no es correspondido y la ausencia causa dolor, el sufrimiento florece en primavera como una planta carnívora que se alimenta de moscas. El mal de amores torna fétido y echa raíces hasta que depreda un campo entero de girasoles. Si no se tiene cuidado el despecho toma la forma de un demonio que rondará los campos en busca de gorriones que comer, hasta que crezca lo suficiente como para devorar al ser amado con pasión dañina. Eso dice una leyenda de la tierra de mi abuela, del monte Kyōga.

Mi abuela murió mucho antes de poder explicarme si existía un demonio que creciera del deseo de tomar una taza de té con alguien que ya no estaba presente. Si existe ha de parecer un muñeco de trapo mojado con larga cabellera de estropajo negro. Deambula sobre todo entre monasterios, donde los monjes añoran, más que nadie en el mundo y en secreto, tazas de té con sus amadas muertas o la familia que abandonaron.

Meditamos para acallar los fantasmas que habitan nuestro corazón. Sentado sobre una piedra, el maestro Gorū suspira los recuerdos de su esposa, muerta en Tokio en otra vida. Pero ese no es el Zazén, nos dirá algún discípulo joven. ¿Crees que Buda sólo meditaba para sonreír? Las montañas lo hacen para acallar la sangre que las vuelve fértiles, para darle sosiego a sus muertos. También se medita para sufrir en silencio, para sufrir con el mundo. Para sufrir con gozo.

 

Llueve en el valle
tras sangrienta batalla:
el monte llora.

Florecen cadáveres
en el sendero a Saga.

Los girasoles,
hijos de acero y jade,
ignoran su ayer.

Nada saben las flores
del penar de su abono.

Buda en el Loto
medita sobre el cuerpo
que engendra a la flor.

 

Si yo añoro ahora una taza de té es porque descanso sobre el loto de mi memoria. Ella ha fertilizado mis recuerdos. Medito sobre ella para no olvidarla, como medito sobre un grano de arena o sobre una partida de Go. Nunca beberé esa taza ni la volveré a ver: no vivo en el pasado. Cuando quiero paz sólo pienso en el mar y dejo que mis pensamientos desaparezcan entre las olas. Pero hay veces en que uno no quiere paz, no quiere pensar en el mar, no quiere la iluminación. Hay veces en que un monje quiere ser una persona de la ciudad y se mezcla entre ellos y se sienta en un café y pide una taza de té de Ceilán. Eso también es Zazén. También es meditar. También es ser humano. También es ser Buda. Buda está en todos los actos, todos los actos son Buda. Tenerse compasión a sí mismo es ser Buda y tenerse compasión a sí mismo es permitirse el sufrimiento y el recuerdo de vez en cuando.

Querer una taza de té, nada más. Una taza de té con esa muchacha que si aún vive será vieja como yo. Vieja y arrugada. Vieja y marchita. Una taza de té de Ceilán y ninguna palabra. Sólo ojos frente a ojos. Eso añora mi corazón, cuando me acuerdo.