Amapolas. Hokkusai, 1832.

Amapolas. Hokkusai, 1832.

 

Por Ensō Rōshi (円相 老師)

 

En algún momento de mi vida errante conseguí un trabajo como velador de una plantación. El dueño me había visto en una cantina de Hermosillo, tomando agua con mi cuaderno y mi lápiz al lado. Se me acercó con una botella y me preguntó si sabía leer y escribir. Le contesté que sí, en español. Tras dos aullidos de coyote dormía en un invernadero, con una cobija en el piso, durante la mayor parte del día. De noche caminaba entre la siembra, dando rondas de quince minutos antes de volver al invernadero a tomar notas. Mi trabajo era registrar toda actividad nocturna en la plantación en una libreta de hojas tan grandes como pergaminos. Durante dos semanas hice mi trabajo. Un día el jefe me visitó y me pidió ver la libreta. Me pidió que se la leyera cuando la tenía abierta frente a él. Ahí descubrí que él no sabía leer, que podía inventarle cada que viniera a mí una supuesta narración de lo ocurrido. Durante el resto de mi tiempo ahí hice mi trabajo con más celo.

Empecé a detallar cada ventisca, cada canto de búho. Una parvada de murciélagos cruzaba dos veces sobre la plantación, la última en silencio. La primera marcaba la medianoche con una respiración sibilante. El canto conjugado de los murciélagos formaba una cobija de metal y agua. La exhalación de la noche era en silencio, rumbo a la digestión comunitaria en un sistema de cuevas sobre la sierra. El aleteo conjunto cantaba al amanecer. Cuando volvía el silencio el cielo sangraba. Las piedras nacían entre lengüetadas amarillas. El canto de los pájaros era mi canción de cuna. Volvía al invernadero con ellas, a una caverna improvisada con mis cobijas y mi antebrazo.

Los días eran idénticos. Las noches crecieron. La ventisca, la brisa del aleteo de los murciélagos, era el aliento para la música de las plantas. Entre un grillo y yo vibraban mil flautas en cada una de mil hojas de pasto. La voz de uno mueve a todos los demás. Las plantas son tambores al salto de la rana, a los pasos subterráneos de un topo.

 

Árbol, orquesta.
Árbol, comes palabras.
Árbol. Silencio.

 

Una mentira
no rebota en las hojas:
ellas son mudas.

 

Pasaron tres meses entre las plantas y yo. Cuando mi jefe me pedía que le leyera la libreta le desglosaba el eco de las patas de una araña en cada uno de los pétalos de una flor de amapola. Él se sentía satisfecho y volvía quince días después. Para entonces podía narrarle los sentimientos de cada vena de clorofila de cada una de las hojas de un maizal. Lo último que le recité de mi libreta de observaciones fue cómo los alveolos de una célula enquistada en celulosa respiraba al mismo ritmo que el aliento colectivo que le soplaba a la hoja de la que era parte. Después de esa lectura me entregó un fajo de billetes y me pidió que siguiera viajando.