Shoun Yamamoto (1870 - 1965) - Cuervos en una noche de luna llena

 

Por Ensō Rōshi (円相 老師)

 

Quien camina con los ojos cerrados escucha el consejo de sus pies. Quien camina entre la niebla con miedo a golpearse la frente ignora el consejo de la incertidumbre. Quien camina entre la niebla con los ojos cerrados respira mejor.

La abuela de nuestro pueblo salía temprano a su huerto, sobre un risco en las montañas. El pepino más fresco es el que se esconde mejor de la vista, decía ella. Pero abuela, uno de estos días se va a tropezar y va a rodar cuesta abajo. Tarde o temprano así será, concluía la anciana. Uno de esos días, entre las parras cuesta abajo de su huerto, anocheció muerta. El pueblo entero lloró la pérdida. La pira funeraria se encendió sobre el espacio en el que nació el último pepino que llegó a cortar, encontrado en su mano izquierda al morir, y del que no lograron separarla ni tras la muerte. Quemaron el cuerpo y quemaron el pepino. Al final, de entre la ceniza, el sacerdote sacó un pequeño ojo de jade y un diente de ámbar. Todos en el pueblo quisieron ver en eso una metáfora de algo. Una razón para algo. Una prueba de algo. ¿Qué significa, sacerdote? ¿Puede decirnos, hombre sabio? El sacerdote peinó sus larga barba que caía hasta el piso, la enrolló en su cuello y dijo: «no sé». El sacerdote se retiró a su cueva en la montaña. El pueblo entero se fue a dormir, decepcionado.

Diez años pasaron cuando el discípulo del hombre sabio anunció al pueblo que había encontrado la respuesta. Ya nadie recordaba la pregunta pero el pueblo entero quería saber qué debían hacer para enterarse. El viejo maestro me pidió que les dijera que, si todavía quieren saber, suban al Monasterio de la Cueva de la Montaña y él mismo les explicará. Después de votar a favor, todos en el pueblo se prepararon para subir la cuesta, que involucraba un trabajo de siete días. Prepararon comida para el camino. Llenaron sus bules de agua. Amarraron sus ropas en una sábana y partieron todos, hasta los enfermos, los ancianos y los niños de brazos. Ya nadie recordaba qué le habían preguntado al anciano sacerdote. Muchos, los más jóvenes, ni siquiera recordaban al hombre sabio, algunos ni siquiera lo habían conocido. Aún así todos subieron la montaña. Durante siete días el pueblo entero subió y subió por la cuesta hasta que se les acabaron la mitad de los víveres y la mitad del agua y ansiaban un baño. Por fin llegaron al Monasterio. El discípulo señaló una abertura en la roca de la montaña. Esta es la casa, dijo el discípulo señalando el hueco en la Tierra. Uno a uno los habitantes del pueblo cruzaron el umbral. Algunos tropezaron en la oscuridad pero no fue nada grave. No como cuando murió la anciana de los pepinos, dijo alguien, y todos recordaron. Eso es. Qué significaba la ceniza. El jade y el ámbar. Pronto lo sabrán, anunció el discípulo. Allá donde se ve la luz de una vela. Allá se encuentra mi maestro.

Uno a uno los habitantes del pueblo se acercaron a la luz. Uno a uno el pueblo entero se enteró de todo. Cuando todos se encontraban reunidos alrededor del antiguo maestro, quien sostenía la vela en las palmas de sus manos como un Buda sostiene al mundo, se miraron unos a otros y asintieron con la cabeza. Uno a uno giró y salió por donde entró. Uno a uno recorrió durante siete días la cuesta de la montaña hasta que al pueblo entero se le acabaron los víveres y el agua y la ropa y todos llegaron al pueblo a bañarse y descansar. Todos menos el discípulo quien, después de despedir a cada uno de los habitantes del pueblo personalmente, se quedó a preparar el cuerpo de su viejo maestro para su funeral. Al día siguiente, después de remover las cenizas, el discípulo encontró entre ellas varias piedras pequeñas de jade. Después de ese día la niebla cubrió la montaña durante doscientos años.

Cuando murió mi abuela no sentí tristeza. Pensé que era muy vieja y que hacía tiempo que no descansaba bien. Mi padre la regañaba porque salía a caminar en la playa por la mañana, cuando la niebla es tan densa que puede morderse. Déjame, le decía ella, sólo la niebla me comprende. Pero te vas a golpear, te vas a tropezar y vas a caer. Déjame, no me da miedo morir. Cuando ella decía esas palabras, todas las mañanas, yo me decía a mí mismo que tampoco me daba miedo la muerte. Pero no podía engañar ni a uno de mis cabellos. Después de decírmelo imaginaba una bomba sobre San Francisco y un escalofrío recorría mi espalda. Si muero ahora, me decía, cuándo voy a volver a México, cuándo voy a conocer Japón, cuándo Nueva York. Mi abuela se iba a caminar entre la niebla y yo me sentaba en mi habitación a leer, temeroso de la incertidumbre, de no saber si mañana o pasado moriría sin haber hecho lo que quería hacer.

Cuando murió mi abuela mis padres lloraron. Las lágrimas cayeron de mis ojos pero yo no sentí tristeza. La muerte de mi abuela me pareció digna y hermosa. Resbaló en la playa y se fracturó la cadera. Antes de ser descubierta se arrastró, entre la niebla, hacia el mar para morir ahogada. Mis padres lloraban porque ya no iban a poder verla, porque sus advertencias no habían bastado para evitar que ella saliera esa mañana a caminar entre la niebla. Si se hubiera quedado quieta, en casa, sentada, aquí estaría ahora. En el funeral, cuando ardía la pira y el sacerdote esparcía incienso y aceite por el aire, una densa niebla cubrió el huerto de la familia y siguiendo el ejemplo de mi abuela eché a caminar. Entré a la casa, cogí en una sábana la ropa que tenía a la mano, un cuaderno y un lápiz y me fui. Caminé hasta donde pude. Después estiré el pulgar. Después me di cuenta de que no tenía dinero para comer. Después seguí viviendo.

Quien camina entre la niebla con los ojos cerrados aprende a escuchar. La niebla de la mañana nutre al pasto y baña al vagabundo.

 

Por la mañana
nadas entre la niebla,
cuervo en el aire.
Salúdame a mi abuela
quien duerme en tu graznido.