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Reiji Hiramatus, Calm Sea of Spring

 

Por Ensō Rōshi (円相 老師)

 

Ser exiliado de un lugar donde eras extranjero y que, pese a todo, era tu única nacionalidad. Eso era ser Nisei en 1942. No tengo recuerdos de entonces. No tengo recuerdos de aprender a hablar inglés. Mi infancia descansa en la memoria de Ensenada, donde no éramos perseguidos ni extranjeros, sólo extraños, refugiados. Mis padres hablaban de Japón como si una parte de ellos nunca se hubiera subido a un barco para cruzar el Pacífico. Los escuchaba contar historias de la abuela Yoshimura, del monte Kyōga, del castillo de Saga. Mis padres abandonaron Japón porque no estaban de acuerdo con las políticas Imperiales, pero su corazón nunca dejó de vivir en Japón. Eran espectros que habitaban dos mundos: el ahora, en el exilio, en México; el ayer, en el Japón inexistente de la idealización, en el inexistente pasado. Mientras ellos rememoraban, yo pensaba en qué otros lugares existían más lejos de Japón, en qué lenguas extrañas se hablaba en esos lugares. Yo soñaba con el futuro imposible.

Soñaba con el mar. Me sentaba en la arena mojada a escuchar las olas y ver a los pájaros.

 

El picopando
saborea la arena
buscando peces.

 

El pelícano
pesca al vuelo en parvada
y en gran cantidad.

 

La gaviota es
el carroñero del mar,
no discrimina.

 

Los miraba y escuchaba las olas. La brisa me refrescaba la cara. El sol me tostaba la piel. Más allá, en una playa de piedras, sólo se podía bajar con sandalias. Playa de piedras, playa de caracolas, playa de conchas. El mar me hacía feliz. Sentía que la fuerza de las olas era el pulso de la naturaleza. Y en algún lugar de esa arena las cenizas de los volcanes y de los muertos del Japón de mis padres llegaba hasta mis pies. Era un secreto que yo tenía con ellos. Ni mis padres ni yo lo decíamos, pero el mar era el mismo mar que bañaba las islas de Japón, el mismo mar que rodeaba al archipiélago, que llegaba hasta China y Corea. Ensenada, el Océano Pacífico, Genkai-nada, Ariake-kai, Nihon-kai. En ese mar yacía mi abuela. Ella me acariciaba los pies sumergidos en la arena. Ensenada, para mí, era Japón. Estaba el mar y estaba mi familia. Estaban las otras familias. Nos llamaban japoneses, nos llamaban nipones. Nos hablaban en español y para mí el español era un variante de la lengua japonesa. Ensenada era todo. Después cumplí diez años y nos mudamos a San Francisco. Después me mudé yo sólo a Ensenada una vez más.

En Ensenada me enamoré dos veces. En la primera las olas picaban en una playa de piedras. Era yo un chico. Este es mi recuerdo más viejo del mar. La sal acariciaba mi boca. Mi padre me cargaba sobre sus hombros. El sabor del mar era asoleado y cristalino. Mi madre sonreía. Una gaviota se cruzó entre ella y nosotros. Su cabello largo se encendió con el sol y pude ver cómo la primera cana de mi madre nacía con el destello plateado del mar.

La segunda vez ocurrió muchos años después, cuando volví a México tras salir corriendo de casa de mis padres. Me había instalado en una pequeña habitación en Valle de Guadalupe. Ese día el sol era más fuerte, los colores se deslavaban. Estaba sentado en el pórtico de la casa. Observaba las montañas y a una columna de hormigas que caminaban por la pared. Cantó un halcón. Del horizonte surgió una bicicleta azul. Sobre ella una muchacha un par de años menor que yo. Pedaleaba sin esfuerzo. Sus ojos eran aguamarina, como el mar en las mañanas de primavera. Su cabello castaño, quemado por el sol. Su piel tostada cubierta de sudor. En cada gota se reflejaba el valle entero, cada uva, cada grillo.

Después supe que su nombre era Nadia, que su familia había llegado a América de Rusia mucho antes que la mía de Japón. Escribí una novela en uno de mis cuadernos y se la regalé antes de volver a San Francisco. Fue la única novela que escribí. Nadia. Su nombre significa todas las uvas, todas las libélulas, todo el sol de Baja California

 

En un viñedo
el nombre del exilio
vuela otoñal.
El valle es polvareda,
es recuerdos y rubor.