Seifert_Jaroslav

 

Jaroslav Seifert nació un 23 de septiembre de 1901 en Praga, (entonces parte del Imperio Austrohúngaro). Fundador del grupo de vanguardia «Devětsil» y del Partido Comunista Checoslovaco con el que rompió relaciones en 1929, como protesta por las tendencias bolcheviques de los dirigentes del partido, siendo hasta su muerte un fuerte crítico al régimen checoslovaco. A partir de entonces trabajó como periodista, hasta 1949, cuando lo abandonó para dedicarse sólo a la literatura. Fue Director de la Unión de Escritores Checos. En 1977 fue uno de los firmantes de la Carta 77 que pedía a los dirigentes de Checoslovaquia adherirse a los principios que se habían comprometido a ratificar en la Declaración de la ONU sobre los Derechos Humanos. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1984. Murió un 10 de enero de 1986 en su natal Praga. A su funeral asistió una gran comitiva de la Policía Secreta con el fin de suprimir cualquier indicio de disentimiento por los asistentes. En Posdata lo conmemoramos con una selección de sus poemas.

 
 
Una vez fui corriendo detrás de mi padre
 
Una vez fui corriendo detrás de mi padre
a una concentración popular.
Allí se oía otra canción:
No habrá ni reyes ni emperadores,
¡y romped las cadenas!

Hubiera querido romperlas
pero entonces aún no sentía su peso
y tan sólo me gustaban
el gorro frigio,
los tambores y sus correas
y los harapos de la bandera deshilachada a tiros.

Y al día siguiente corrí hacia el castillo presidencial
por las escaleras más hermosas del mundo
y, emocionado, contemplé la ciudad.
De tener un laúd y saber tocarlo,
en aquella ocasión me hubiera puesto enseguida a cantar,
mientras con el azul del cielo
y las sonrisas,
que no me pertenecía,
tejía mis deseos. Eran juveniles
y hacían reír.

Luego, lo borré todo
y empezó lo mismo de nuevo.
Por dónde vagué,
ya no lo recuerdo,
pero un momento me vuelve siempre ante los ojos:

Por la puerta entreabierta vi una sala donde se bailaba.
Las cortinas de las ventanas eran solemnes
y era como ver a la juventud bajo palio.
Muchachas vestidas de blanco, muchachas vestidas de rosa
y bailarines en negro traje de etiqueta
giraban alrededor de hermosos presentimientos.

Un hechizo así puede hasta cortar la respiración.
Y luego alguien de golpe cerró la puerta.
 
 
¡Qué difícil me fue!
 
¡Qué difícil me fue
abandonar para siempre
los muros amados! Hubo momentos
en los que pensé que no podía vivir
sin sus sombras, que en tanto superan
a nuestra breve vida.

La rosa de los vientos ya no invita
a lejanías extrañas
y sus destellos tal vez para mí se han extinguido.

Y los árboles verdes
con raíces ampliamente agarradas
van al mismo paso que yo.
 
 
El barco en llamas
 
Emprendí el camino al anochecer.
El que busca
suele ser esperado.
Al que espera, le encuentran.

Fui dejando detrás pequeñas ciudades dormidas,
rincones tejidos de hiedra,
donde quedaba aún algo de la música
de primavera,
hasta que me atrapó la noche.

En su oscuridad estalló una llama.
Alguien gritó:
¡Arde el barco!
La lengua apasionada de la llama
rozaba la desnudez del agua
y los hombros de la joven
temblaban de placer.

Bajo las nerviosas ramas del sauce
que daba sombra a la fuente,
en cuyo fondo se oculta la tiniebla
cuando hay luz,
vi a una joven.
Empezaba a amanecer.
Ella intentaba bajar del brocal
un cubo mojado.

Tímidamente le pregunté
si había visto la llama.
Me miró con sorpresa,
volvió hacia atrás la cabeza
y un momento después, dudando, asintió.

 
 
Tórtola, cállate…

Tórtola, cállate, deja de arrullar,
en estos parajes a nada procurarás dulzura
y golpea la piedra con el ala indefensa
para que se levante el rabino,
lleva ya mucho rato durmiendo.

Con ondulación de tumba, que vaya a la sinagoga,
pues aquellos que marcharon hace tiempo
algunas veces regresan,
que los vivos se van siempre
y el mundo se quedaría vacío.

Que entre en el umbral y peine el crepúsculo
de barba gris.
Aquí está la primavera, el tiempo de Pascua empieza
y ha llegado ya el momento
de cantar el Cantar de los cantares
delante del cortinaje de la Torá.
Que empiece el cantar,
escucharemos aquel grandioso cántico de muerte,
el cantar más triste de todos los cantares
escritos no hace mucho sobre la pared húmeda.

Que los nombres de los asesinados
pegados con sangre
caigan en la cúpula del cementerio y que le entierren.
Ya es bastante viejo.

Las piedras que en pie seguían
se inclinan e inclinadas caen al suelo.
¡Qué se oiga su voz
en el valle del silencio
y esparza ya aquellas manchas
que bailan entre las tumbas!
Su capa
está tejida de hedor de putrefacción
y los huecos de sus ojos con escamas de peces
están pegados.

Cuando ya incluso la mezuza tan sagrada
ha perdido su poder,
cuando ya ni siquiera las oraciones llegan
y caen atrás como flechas a mitad del camino,
quizá se abra paso su cantar
hacia el cielo cerrado.

Un arco iris de siete cintas
se tiende en el paisaje de primavera.
¿Qué es lo que huele? , huele el aire
y algo más huele en mayo:

la rosa silvestre.

Esas hojas suyas inocentes
son el saludo de antaño para mí tan querido.
No, no te cambiaría por otras,
ya fueran las más bellas rosas,

rosa silvestre.

Veo a mi madre cuando era joven.
Va por la hierba y lleva una rosa.
Mas cuando cae la flor del arbusto
la imagen de nuevo se desvanece,

rosa silvestre.

 
 

El grito de los fantasmas (fragmentos)

I

En vano nos agarramos a las telarañas flotantes
y al alambre de púas.
En vano apoyamos el talón en la tierra
para no dejarnos arrastrar con tanto ímpetu
hacia las tinieblas, que son más negras
que la más negra noche
y carece ya de corona de estrellas.

Y cada día encontramos a alguien
que involuntariamente nos pregunta
sin abrir siquiera la boca:
¿Cuándo? ¿cómo? ¿y qué viene después?

Bailan y danzan aún un poco más
y respiran el aire perfumado,
¡aunque sea con el dogal al cuello!

 

V

Los labios de la joven se iban marchitando
como una flor arrancada
cuando se le escapaba el alma por la boca
y se diluía en el azul.

Tanagra sonreía
y la querida muñeca de la joven viviente,
iba sonriendo con la muerta hasta la tumba
para contemplar al punto
como el ángel de la putrefacción
se acercaba a su cuerpo
y le iba desgarrando la piel
con las uñas moradas.

Durante mucho tiempo aún vagaban espectros
por allí, y espantaban con sus voces a los vivos
que pasaban cerca.
Ahora hace tiempo que todo está tranquilo.

Apenas si detrás del matorral de retamas
descansan los viajeros a veces
y a los labios llevan flautas de caña
que guardan bajo la capa.

 

VI

¿Dónde he leído la canción
de esa fina túnica de muchacha?
De tan poco que se defendiera,
habría sido fácil de vencer.
Tan difícil que hubiera podido evitar su pecho
y deslizarse por la curva de la espalda,
pues el pecho mismo estaba en una palma
como anillo inocentemente atrapado
en la trampa del lobo.

Apenas si quedó un puñado de polvo
y basta.
Se alzaba y caía otra vez en lo oscuro
por todo el espacio del sepulcro.
Y por una grieta entre las losas,
como un ladrido de perros,
penetraba, cada tanto, el aroma de las violetas.

 
 

Ante la puerta de Matías

Con la barbilla apoyada en las rodillas solía sentarme ante la verja del castillo y miraba pelear a los gigantes, uno con un palo, el otro con una daga, tenía tiempo de sobra, esperaba el final de aquel combate. La guerra, por entonces, poco a poco retrocedía; me sonaban las tripas, y había hambre. Pero ¿qué le importa al cielo cuando llega la primavera?, en los tejados, los palomos rondaban a las palomas, arrullándose ridículamente, y suaves lloviznas rosas, azules, caían sobre Praga. Bajo el funicular, sobre la hierba, las violetas sonreían a los zapatos, y el vagón se caía entre las flores bajo el tejado, donde sonaba el timbre. Y en ese momento la fuente antigua me salpicó de agua, como con una gota de leche la mujer que amamanta, al darse cuenta de que no miro amorosamente sólo al rostro del niño. Por lo demás, la belleza de las mujeres abrió hasta los ojos ciegos de Homero, pero ya era viejo. Luego me limité a esperar pacientemente a que cayera el mazo y rugiera el cráneo, a que el viento arrebatara el sombrero cardenalicio del pórtico de palacio dónde se había posado una mariposa, a qué las gárgolas vomitaran delante de mí las vedijas de plata del cielo limpio, sobre el que no había ni una mancha, y alguna uniera a mis pasos los ojos de su sonrisa. Esta es toda la historia, no satisface, pero no hay asesinatos en ella, por lo menos no muchos, y aún espero, y es que ni siquiera la daga, que la mano sostiene en alto, se ha hundido en las costillas, que es lo que anhela.