Por Alejandro Vázquez Ortiz

 

Siguiendo el modelo que usó Jean Baudrillard para explicar la teoría del simulacro, podemos tener la tentación de crear un mapa lo suficientemente adecuado para describir la obra de Panini. Baudrillard se inspira en Borges. Más exactamente en el cuento «Del rigor de la ciencia» en el apartado de «Museo» en El hacedor. Donde los cartografistas de un imperio son tan quisquillosos que no les satisface ninguno de los mapas que pueden producir por más detallados que sean. Se arriba pues al extremo de crear un mapa de tamaño real. Es decir, un mapa que coincide de forma completa con el territorio.

La reseña idónea sería la que calcara, palabra a palabra, la novela El uranista en esta página web. Así el mapa, como señala el sociólogo francés, acabaría reemplazando el territorio. La carne sería suplantada por la idea.

Antes de comenzar con la reseña propiamente, me tomo un momento con esto. Creo que Panini tiene una intención con lo escrito, lo cual es digno de celebrarse. El mensaje está ahí encerrado y es nuestra labor decodificarlo. El problema con la noción de hiperrealidad es la propensión a confusiones.

Hiperrealidad no quiere decir una forma hiperbólica de la Realidad. Sino una forma de interpretación de la realidad de las sociedades posmodernas. Eso en el sentido restringido que le da Baudrillard. El equívoco ocurre cuando salimos de la teoría y oponemos sin más la hiperrealidad a la realidad.

Creo que este equívoco, dicho sea de paso, es alimentado a la poca formación en teología de la que gozan nuestra filosofía contemporánea que tiene cierto celo a tocar el problema de Dios en la misma como si fuese un problema superado. Todo el problema de la filosofía es el problema de Dios remasterizado.

Esto es, que al oponer la hiperrealidad a la realidad se corre el riesgo de caer en la dicotomía de que hay algo que se puede conocer y tocar que es real y no un simulacro. Por eso, esa dicotomía induce a equívocos. Dios es el ens realissimum, es decir, el origen y destino de toda la Realidad. Todo existe gracias él. Decía en el razonamiento vivo, el maestro Agustín García Calvo: «¿Cómo vamos a decir que Dios no existe, si precisamente ese verbo se inventó para Él?». Esto es, que cualquier oposición entre simulacro y realidad, será falsa en tanto que lo Real siempre será un simulacro. Y la virtud de lo Real se adquiere gracias a su capacidad de simularse, de falsificarse, de contabilizarse. Por eso (y esto es algo que confunde mucho a nuestros filósofos contemporáneos), la Realidad está hecha de ideas: ella misma es una idea, un mapa, un simulacro, una televisión haciendo zapping.

Hago esta aclaración para que se entienda que el comentario a la novela de Panini se hace en esa clave: no en la tensión de hiperrealidad v.s. realidad¸ sino la de Realidad v.s. lo-no-Real.

Por más que el título y la portada así lo sugieran, El uranista (término popularizado en la Inglaterra victoriana para referirse a los homosexuales varones) no trata del sexo, sino de otra cosa.

La prosa de Panini, lenta y precisa, pareciera (en una capa superficial) realista. Al menos en el sentido del movimiento literario. Una prosa fría y metódica. Y sí, es metódica, pero su método funciona a partir de la hipérbole y el absurdo. Las analogías sacan de quicio la lectura. Recuerda, con mucho a Flaubert, en la prosa en que, de un cuadro realista, consigue destacar un detalle inverosímil, nimio y absurdo para producir la más inesperada de las relaciones.

El protagonista, el viejo, es un hombre que solo siente pasión por dos cosas: los muchachos y los rompecabezas.

Pero no por ello se entrega a las pasiones. Su sexualidad es un catálogo de simulacros del encuentro con el deseo. Así, desde el primer momento, el viejo lo que hace es desviar sus pasiones a través de acciones sustitutivas, como encontrar un vello púbico de un adolescente, lamer el sudor de un joven en el canto de su mano o recortar y pegar las figuras de púberes masculinos en un álbum, asegurándose de colocar piedrecillas o garbanzos en los genitales para simular una tridimensionalidad en la entrepierna.

Así también el viejo se muestra como un voyerista. Un hombre que está al acecho de cualquier oportunidad de tener contacto físico (no necesariamente sexual) con cualquier joven. Lo mismo cargando un niño lastimado hasta el domicilio de sus padres para que le procuren atención, o simular una avería en su televisor para que un joven del edificio pueda ir a su departamento a repararlo.

La única ocasión que está frente a un joven desnudo se muestra tímido, incluso pudoroso. El acto real del sexo parece rehuirlo.

Así la tensión que va fraguándose en la novela es la de lo-no-Real contra la Realidad. Los pequeños y diarios disgustos de la vida posmoderna ante la que los cuerpos y la materia (lo-no-Real) se enfrentan a la formación y producción en forma de idea.

La odisea monumental del viejo que intenta lavar su ropa, el hurto de una tarjeta de crédito, la forma en que una puerta giratoria o una escalera eléctrica repele el movimiento de su cuerpo, el sometimiento de la profesión de ilustrador a la digitalización omnipresente de la imagen, la auscultación de las cavernas del cuerpo al trazo del mapeo profiláctico de las enciclopedias médicas, son algunos de los detalles (que al fin dan cuerpo a la novela completa) que revelan esa tensión.

Hay que aclarar que lo-no-Real no se puede describir claramente. Su condición ontológica es casi nula. Lo mismo que el sexo o los cuerpos, carecen de determinaciones hasta convertirse en ideas. Estamos obligados a guardar silencio ante lo que está pero que, al describirse, perdería su condición de no-Real para formar parte de la constelación ontológica de Dios.

No ha habido jamás ningún teólogo (cristiano, es decir, que crea en la omnipotencia) que haya podido explicar la alteridad (la multiplicidad, la carne, el mal) sino por la ausencia de Dios. Es decir, la ausencia de Realidad. Un solo caso hay en la historia que podría acercarse a ello, pero tristemente no está bien documentado. El de David de Dinant, del que nos dice Santo Tomás de Aquino que se atrevió a hacer coincidir a Dios con la materia prima. Es decir, que la forma vacía de la idea pueda reemplazar a Dios. Los textos del de Dinant no se conservan. Se conserva, sin embargo, la famosa Carta de la nada y las tinieblas de Fridegiso de Tours, en donde se aprecia bastante bien la forma en que opera esta capacidad de la Realidad de incorporarlo todo. En ella el abad de Tours intenta demostrar que la nada, las tinieblas y lo informe son también parte de la Realidad, son conceptos emanados con su propia cualidad ontológica dada por Dios.

Así queda sentado que cualquier cosa que intente decirse de lo-no-Real automáticamente lo hará Real y lo someterá a la idea.

Panini sabe esta relación. Por eso se entretiene en narrar en una recreación los detalles más nimios y pequeños. Desde el aroma a menta expedido por el chicle que masca uno de sus personajes, o la forma y pliegues de las tetillas masculinas del objeto del deseo del viejo. Es decir, Panini sabe que hacer funcionar a la literatura como una pequeña Realidad (un gran simulacro).

Esta tensión aparece a lo largo de toda la novela y es su núcleo duro. La forma en que el viejo desvía su pasión del objeto (el cuerpo masculino) hacia los sustitutos. El combate del protagonista con su propio olor corporal. El mapeo del cáncer en el intestino a través de un dibujo. La lucha del cuerpo y la materia contra el mapa, el territorio ideal, el diseño: la Realidad. Así aparecen aceras desquebrajadas, puertas giratorias intransitables, escalones desnivelados, ascensores averiados, hamburguesas que no se parecen a su anuncio publicitario. El viejo es entregado como la materia informe a un mundo Real que lo somete a su producción. Que lo moldea. Moldea su acercamiento a los jóvenes y su sexualidad, su forma de adquirir mercancías para su sustento, su forma de lavar la ropa o hasta la forma en que se transita por las calles o se saca el dinero de la billetera.

Toda acción pasa por el tamiz de la idealidad y su simulacro.

Al final se resuelve de forma que el espectáculo de producción de simulacros (hiperrealidad o Realidad, da lo mismo en tanto se salve el equívoco) produce un desdoblamiento final. Un mapeo perfecto: el doppelganger. El doble que reduce la vida a una forma de espectáculo. O, como dice el epígrafe de Baudrillard: una película en la que se proyecta «la historia de una vida en la pantalla de un cine infernal». Que, por cierto, bien podría ser el scroll perpetuo de uno mismo en su red social. La producción de la vida de uno como la imposición de la luz (de la fotografía, o mejor dicho, del selfie) desplegada en nosotros.

La procesión de la novela, como lo ha dicho Panini en una entrevista, es la del espiral. Su circularidad es aparente. El regreso al tiempo tiene su diferencia de nivel, su descenso. Comparte la estructura con la procesión de las hipóstasis de Plotino. El descenso de la Realidad a la carnalidad lacustre de la materia, la que el neoplatónico llama «la frontera de la nada», el límite de Dios, de su Realidad.

El viejo es, al fin, es mucho más que una parábola de la posmodernidad. Es el fracaso perpetuo de la carne para entrar al Reino de Dios.